Le Bluff de Francia

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Últimamente se tiende a generalizar Tour con ciclismo. Cierto es que el Tour de Francia es la carrera ciclista más importante cada año, pero también la que más viene decepcionando a los aficionados. Se podría discutir durante horas sobre el estado de salud del ciclismo.

Habría opiniones para todos los gustos. Habría gente que defendiera que este ciclismo es mejor que el de hace años. Habría nostálgicos que argumentaran que el ciclismo actual está desvirtuado con tanto dopaje mecánico y tanto drogadicto. Es posible que a ninguno le falta razón si generalizan y hablan de ciclismo como tal, en el sentido más amplio del deporte.

Es innegable que este Tour ha sido el más soporífero de los últimos años. Y existían excusas y alicientes para que fuera de lo más divertido. De hecho, el de 2016 fue un Tour de Francia que nos dejó imágenes para la historia. Todo aficionado a la bicicleta recordará la carrerita de Froome en el Mont Ventoux o a Adam Yates comiéndose el arco del último kilómetro.

Froome en Ventoux. Tour de Francia. LeMiauNoir

Froome y su carrerita por el Ventoux. || Team SKY

Y ya. Ya porque no hubo absolutamente nada más. Con Alberto Contador fuera de combate después de una caída cuando solo se llevaba disputada ¡media etapa! del Tour, la lucha tan esperada entre Nairo Quintana y Chris Froome se quedó en eso, en esperada. Ni entre Quintana y Froome ni entre nadie. No hubo lucha. Fue el Tour más cicloturista de la historia.

No hubo ataque ni del líder de la general que fue Froome casi siempre. Su equipo, el SKY le llevó en volandas hasta París. Sin sobresaltos. Pedalada a pedalada. Sorprendido el público y sorprendido el propio Froome, que llegó a afimar que «no entiendo por qué la gente no ataca». Algo inusual.

Como inusual es que Valverde diga que no se puede ir más rápido. Como que Quintana afirme que no le responden las piernas o que la planificación del Astaná para el Tour haya sido de risa. De risa todo lo que ha girado en torno a este Tour. El amigo Prudhomme no debe estar muy contento, su Tour de Francia ha sido lo más irrisorio de lo que llevamos de año ciclista.

Pero el Tour no siempre fue una marcha cicloturista. El pasado 19 de julio se cumplieron veinticinco años de la decimotercera etapa del Tour de Francia de 1991. Una etapa que salía desde Jaca y terminaba en el Val Louron. Un día marcado a fuego para todo el ciclismo español. Se cumplían veinticinco años de la primera vez que Miguel Indurain se vestiría de amarillo. Desde aquel día, muchos españoles sudaban junto al navarro, el encima de la bici y el resto encima del sofá.

Revisionando la etapa de aquel día, uno entiende el cabreo del aficionado al ciclismo con todo lo que rodea a la actual ronda gala. En los últimos años, toda planificación deportiva de los grandes del pelotón ciclista gira en torno a acabar de amarillo en los Campos Elíseos. Los grandes patrocinadores exigen una notable participación de sus equipos. Demasiada radio, demasiada planificación y demasiado miedo. Los ciclistas de hoy en día son unos mierdasecas.

Volviendo a 1991, asombran los ataques de Bugno o Chiapucci durante el avituallamiento. Sorprenden casi tanto como los ataques en puertos intermedios, a muchos kilómetros de la meta. Y sobre todo, celebrábamos que la estrategia de equipo en carrera brillaba por su ausencia. Los más fuertes acaban arriba. Uno por equipo y sálvese quien pueda. No pinganillos pero mucha fiesta.

Parece que sin el Tour no hay paraíso. Pero existe. El ciclismo está a salvo. Confíamos en los locos del pavé. De los Muro de Huy y de la lluvia y barro. Siempre nos quedarán las Clásicas

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