El poeta James Dickey dijo una vez: “Nosotros los poetas somos gente desvergonzada”. Descarados fueron también, en su día, los creadores de “The Paris Review”, cuando fundaron una revista que es hoy una institución de la literatura occidental. Un proyecto que, para disfrute de los adictos a las letras, ha sabido adaptarse sin prejuicios a los nuevos tiempos, más de sesenta años después de su fundación en París.

George Plimpton The Paris Review

George Plimpton, editor de “The Paris Review” || writersatwork.com

Una voluntad moderna y antiacademicista fue el motto inicial de los fundadores. Eran conscientes de que iban a inaugurar una nueva era  respecto a lo que el periodismo literario había sido hasta el momento. Salieron de la torre de marfil de una crítica literaria institucionalizada, especialmente en USA, y crearon un espacio de difusión trimestral de artistas y nuevos valores.

Fundada en París, en 1953, por tres americanos expatriados que buscaban su espacio en el mundo artístico, “The Paris Review” fue concebida como una revista centrada en la creación.  Los artistas eran el centro, fueran noveles o  consagrados. Los grandes nombres de la literatura del siglo pasado publicaron en el dietario: Hemingway, Dinesen, Roth, Calvino… Una lista epatante con lo más granado del canon occidental contemporáneo.

Entre los entonces recién llegados, nada menos que Philip Roth o Jacques Kerouac publicaron por primera vez con ellos. Tal vez no se hubiera tenido On the road si no hubiera habido un previo, el relato corto The mexican girl en el número 11, en la edición de invierno de 1955.

The Paris Review

Portada del número 3 de “The Paris Review” || The Paris Review

¿Por qué escribe usted?

Eso preguntaban los redactores a autores, como, por ejemplo, Vladimir Nabokov. El resultado fue una sección, The art of of fiction, consistente en largas entrevistas a escritores en las que se conversaba sobre su trayectoria artística, su proceso creativo o sus lecturas preferidas.

La confección de las piezas requería de varios encuentros entre los redactores y el escritor, quien podía revisar el resultado final. Al principio eran dos los entrevistadores, que tomaban notas respectivamente para luego consolidar el resultado. Lo fidedigno o no del contenido del relato puede quedar en suspenso, si se analiza la objetividad periodística del encuentro. Vila-Matas, buen conocedor de “The Paris Review”, ya lo apunta.

En todo caso, el toma y daca de preguntas bien enfocadas y respuestas irónicas, brillantes o provocadoras, convierten a estas entrevistas en un tesoro literario. También en una inestimable fuente de recomendaciones y pura inspiración para aquellos que sientan la llamada creativa.

The Paris Review

Citas de varios autores entrevistados por “The Paris Review” || etsy.com

“The Paris Review”, un lugar donde hablan los grandes

Así, en la larga lista de encuentros, se pueden encontrar descripciones costumbristas de los útiles del escritor. “Las herramientas que necesito, (…para escribir) en mi experiencia son papel, tabaco, comida y un poco de whiskey”, dice Faulkner. O estilos y hábitos particulares, como relata Capote: “Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a no ser que esté echado, sea en la cama, o recostado en un sofá con un cigarrillo y un café a mano”

Se hallan coincidencias como las de Dorothy Parker y Simone de Beauvoir, que elegían los nombres de sus personajes del listín telefónico o las esquelas. O finos análisis de literatura comparada, como Borges, disertando sobre los puntos en común entre Kafka y Henry James.

Resulta curioso conocer los gustos o disgustos de los grandes sobre sus supuestos correligionarios de Párnaso. Como un Nabokov que manifiesta sin pudor su total desinterés por Brecht, Faulkner o Camus.

En suma, un voyeurismo para literatos que sigue vivo en una publicación que aprovecha al máximo los recursos de la revolución tecnológica. Gracias a ello se puede disfrutar de más entrevistas, más relatos, más poesía. Más literatura. En mayúsculas.

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