Andrés Trapiello: «La libertad es una condición necesaria para escribir»

Andrés Trapiello es un literato y, por ello, un hombre solitario. Desde su salón de los pasos perdidos, donde recopila todo tipo de vivencias y pensamientos, hasta el más que famoso y reconocido fetiche: las armas y las letras. Nos encontramos ante uno de los mejores escritores de la literatura hispana de los últimos 25 años. Además, ha optado recientemente al Premio Princesa de Asturias de las Letras. Trapiello, al igual que su Quijote traducido, es el mayor ejemplo del significado de literatura.

Andrés Trapiello entrevista

Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

Has optado este año al Premio Princesa de Asturias de las letras, pero al final no pudo ser. ¿Cómo lo viviste?

Estas cosas se viven como una cosa más del día a día, algo más excepcional. Si te lo dan bien y si no te lo dan pues también bien. Los premios no te hacen escribir mejor, aunque estoy muy agradecido porque haya habido unas cuantas personas que han pensado que he merecido o merecía tener algo así. Incluso a aquellos que hicieron lo posible para que no me lo dieran, porque trabajando para ello pensaban que hubieran podido dármelo. Al contrario que me sucedía a mí, que nunca contemplé esa posibilidad.  Quizá cuando eres más joven uno piensa que los premios son más importantes. Los que tengo, los he tenido bastante mayor y ninguno en general han sido institucionales excepto los que me otorgaron mis dos comunidades: Castilla y León y la Comunidad de Madrid, premios más bien honoríficos. No le dedico mucho tiempo, ni creo que se le deba dedicar mucho tiempo, pero siempre que piensa alguien en ti de esta manera simpática, incluso antipática, es de agradecer.

¿Cómo empieza un escritor? Savater me dijo que él se consideraba ante todo lector…

Carlos Pujol, que era un escritor estupendo, siempre hacía la distinción entre lector y escritor, él decía que se sentía más lector que escritor. Realmente la tentación de la lectura es en casi todo el mundo muy superior a la tentación de la escritura. Hay algo en la lectura, aun recibiendo de nosotros una actitud activa, que hace que la lectura sea mucho más placentera que la escritura. En la escritura se ponen muchas cosas en juego, además tienen que aclararse cosas antes y tantear el camino por el que se quiere llevar, por tanto, es menos agradecida la escritura para el que la hace que para el que luego la lee.

Creo que casi todo el mundo obtenemos en las lecturas placeres que nos están vedados en cierto modo. En la escritura hay algo que se produce y es que nunca sabes a ciencia cierta si aquello que has hecho está bien o no… y cuando tienes conciencia de que no está del todo mal, por lo menos en mi caso, lo que pienso siempre cuando encuentro algo con lo que estoy conforme, es que no es mío, que ha sido un poco regalado, que he sido una correa de transmisión no se sabe muy bien de qué. En cambio, cuando cometes errores, o encuentras algo que es una equivocación o que está a medio camino, uno se siente en plena conciencia de propiedad. Este libro (haciendo referencia a Las armas y las letras) está escrito en un rato, en tres meses; y en cambio hay otras obras como la traducción del Quijote que me ha llevado catorce años. No sé muy bien porqué unas cosas tan rápidas y otras tan esforzadas.

¿Cuándo se produce ese momento en el que decides dedicarte profesionalmente a un mundo tan complicado?

Eso no lo sabes nunca. Creo que son decisiones complejas, por un lado, pero por otro compuestas. No hay respuestas simples a algo que tampoco es simple. No siente nadie un llamado, una especie de llamado que te indique que debas ser escritor, no te sientes elegido como los profetas del Antiguo Testamento. Esto, en general, no ocurre así. En mi caso ocurrió de una manera más o menos nítida, desde muy pronto, quizá desde los dieciséis años me tomé en serio que quería ser escritor. El primero libro que compré fue una edición para niños del Quijote, soy uno de nueve hermanos y el único que se compra ese libro soy yo, no lo digo en demérito de mis hermanos, pero había una inclinación digamos natural o providencial. Ellos compraban otros libros y tebeos, parecidos también a los míos, pero ¿por qué yo compré el Quijote? Luego a medida que tienes dilucidado eso, la realidad te presenta muchas cosas y vas eligiendo y descartando. Te das cuenta cuando pasa mucho tiempo, ves que has descartado muchas que te hubieran impedido ser escritor y que las que has decidido hacer para poder cumplir esa vocación tampoco te han costado tanto. Puedes tener muchas cosas en contra, críticas, dificultades, pero si realmente tienes vocación el interés va haciéndose mayor a medida que pasa el tiempo. Te das cuenta de que tampoco es tan penoso.

Andrés Trapiello entrevista

Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

Acabo de prologar las cartas de Ramón Gaya, a mi modo de ver uno de los mejores libros que se han publicado en estos quince últimos años en España, ahí él dice que lo pasa mal y lo presencias, no tenía dinero, pasa hambre incluso. Llevaba una vida terrible en el exilio e iba de un lado para otro como un apátrida. Bueno, pues todo ese esfuerzo… no se nota en la obra y apenas persona, no se queja de ello porque está cumpliendo una llamada y todo lo demás importa poco. En mi caso empecé muy pronto a querer ser escritor, a los veintidós años ya estaba en Madrid queriendo ser plenamente escritor. Al principio las cosas no fueron sencillas, pero si tengo que pensar hacia atrás veo que las cosas no me han costado mucho, llevando una vida bastante dura de trabajo, de soledad, y a menudo de aislamiento, de lucha constante, pero no diría propiamente que ha sido un combate, sino que las cosas se acaban haciendo un poco solas. Todo sucede un poco por milagro, por casualidad, por unos caminos bastante azarosos que no sabemos explicar, podría intentar explicarte realmente el asunto, pero es que no lo sé.

Te he leído decir que, en tu caso, paradójicamente escribir te ha hecho leer menos.

Sí y eso es una elección. Estoy leyendo la correspondencia de Galdós, un hombre que escribió cuarenta y cinco Episodios Nacionales, treinta novelas, dieciséis obras de teatro, fue diputado a Cortes, escribió miles de cartas… lógicamente llega un momento en que has de decidir entre leer o escribir. Pero la escritura se nutre de lecturas, de la vida y de la literatura que han escrito otros. Lo que desarrolla uno cuando ha escrito mucho es no perder tiempo en cosas que no te ayudan a tu propia vida. No puedes estar comiendo a todas horas, el escritor termina desarrollando un instinto, en mi caso los libros que busco están todos cortados por el mismo patrón y están vivos, tienen algo de criaturas vivas. Pero no sólo libros, también entrevistas, mi mujer me acaba de decir que ha leído una entrevista estupenda con Giorgio Agamben en el periódico de Buenos Aires y estoy deseando leerla porque sé que me va a gustar, y en definitiva me va a hacer mejor.

¿Qué literatura consumías de niño?

¡Fíjate! Sin querer acabas de utilizar una palabra que es precisamente todo lo contrario de la literatura: consumir. Yo no he consumido… Es que estamos en un punto en el que la literatura, el arte, se están convirtiendo en un bien de consumo. De consumo quiere decir que es algo que aprovechas y te deshaces de ello inmediatamente, un ciclo muy corto. Lo introduces en el organismo y al rato lo excretas. En general, he tenido cierta predilección por autores que casi siempre han sido los mismos. Todo el mundo tiene una docena de autores que son a los que vuelve una y otra vez porque son inconmensurables, cada vez que vuelves a ellos más te dicen.

En mi caso el mayor acierto es haber sabido desde bastante pronto qué cosas me gustaban, que cosas me ayudaban a entenderme mejor y a entender mejor el mundo, qué cosas iban a formar parte de mi vida. En el caso de la poesía española van desde romances anónimos antiguos, pasando por San Juan, Garcilaso, Bécquer, Juan Ramón, Unamuno o Machado. Entre medias de ellos hay poetas que me han gustado mucho, llamados menores, y están mezclados con estos grandes como Leopoldo Panero padre o López Velarde, por poner un ejemplo. En poesía extranjera vuelvo con frecuencia, en realidad no me voy de ellos nunca, a Homero, las Geórgicas de Virgilio, Horacio, Dickinson, Keats, Leopardi… en novela Cervantes, Tolstoi, Galdós, Dickens, Stendhal o Proust. Eso no quiere decir que entre medias no haya leído muchas novelas, El gatopardo, por ejemplo y cien más, unas mejores y otras peores.

Hablando de niños y literatura, se ha perdido ese magnífico hábito de tener una pequeña biblioteca en casa. Ayudaría a fomentar la lectura desde bien pequeño.

Yo tengo una biblioteca porque cuando empecé a escribir la mitad de los libros que quería leer estaban agotados o no se encontraban, no por cuestiones de censura política sino estética. La literatura española estaba demonizada, excepto aquellos tres o cuatro escritores que habían mostrado sus simpatías con el bando republicano, lo que no había sido republicano estaba condenado, incluso el franquismo había hecho un uso bastante ridículo de la literatura clásica. La gente aborrecía a Santa Teresa o San Juan, porque decían que era franquista ese tipo de literatura y ya no digamos Unamuno, Azorín o Baroja. Esto es lo que hace que yo y algunos de mi generación hayamos tenido que hacernos de cero una biblioteca, en Las armas y las letras la mayor parte de los libros que se nombran o los buscabas en primeras edicionesen almonedas, la cuesta de Moyano o el Rastro, o no encontrabas nada. Ni quiera la Biblioteca Nacional los tenía, este país es así. El problema para los muchachos jóvenes es que no podéis tener libros en vuestras casas… mis hijos viven en casas de setenta metros cuadrados, como no pongan los libros en el balcón… Eso, por un lado, por otro sí creo que han cambiado los hábitos, no sólo de lectura sino los hábitos de todo.

Andrés Trapiello entrevista

Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

Las tentaciones, entre comillas, los reclamos de Internet, los móviles, las tabletas… en este momento lo más difícil es permanecer atento mucho tiempo sobre una cosa porque los reclamos son constantes y está todo el mundo con el teléfono en la mano todo el día, todo el mundo te está interrumpiendo y esto favorece muy poco cualquier tipo de lectura. De ahí se deriva que haya muy pocos libros, la gente no es hipócrita: si no voy a leer para qué voy a tenerlos. Al final, se prefiere tener un móvil o tableta con una serie de cinco temporadas, que son un poco la función que hacían los folletones antes. El hábito de lectura es pasivo, pero mucho más ver una serie. De todos modos no quiero lanzar una especie de jeremiada sobre lo que la gente lee o no, porque creo que la lectura siempre ha sido de pocos, en mi tiempo leía muy poca gente. Eso de quer en mi generación se leía mucho… en fin, una bonita leyenda, como la de la mayor parte de las luchas antifranquistas.

Precisamente por eso, ahora tenemos todos cierto nivel educativo e incluso en esos móviles o tabletas se puede leer.

Ya, y Suiza tiene democracia desde hace cinco siglos y como decía Orson Welles lo único que han dado es el reloj de cuco (risas). Finalmente, todos tenemos más cultura, educación, un ambiente más tranquilo para leer, no tienes que quitarte de en medio una dictadura y tenemos cierto bienestar, pero para lo que estamos hablando da igual. La decisión de una persona por leer un libro es muy personal y sin truco. Requiere de un poder de concentración grande y esto es así. Ahora y siempre las personas decididas a dedicar su tiempo a un libro han sido muy pocas, hay que contar con esas personas que leen y no pretender que todo el mundo lea.

Lo que sí tenemos que hacer es cultivar más a la gente, instruirla y de ahí se verá si la gente leerá o no con más atención. Pero sobre todo que cuando la gente salga a la calle no escupa, no tire papeles, que sea delicada, que respete los jardines o que no orine en los botellones y que tenga respeto por el trabajo superior de otras personas. Que se acepte que hay gente que desarrolla un trabajo cualitativamente superior al tuyo y esto es digno de respeto. Lo que veo ahora es que todo el mundo considera que todos somos iguales, no en el sentido de que todos tengamos los mismos derechos y deberes, sino haciéndole creer a la gente que todos tenemos el mismo talento y que si no somos premio Nobel es sólo porque no hemos tenido las mismas oportunidades. En esa clase de demagogas se basa el populismo.

Cuando todas las estatuas las ponen al nivel de la acera, no es más que un halago a las masas, al final estás diciéndole a un hombre común, común en el sentido de vulgar, no en el noble sentido de común, que Fernando Pessoa es igual que tú, acabará haciéndose un retrato sentándote en las piernas de Pessoa y poniéndole un cigarro en la boca. Si es una persona ejemplar por algo, merece estar a un metro de altura y que su espíritu, como diría Nietzche, esté a seis mil pies de altura y gracias a que está a seis metros de altura nosotros todavía podemos ver la luz de sus escritos o de su lucha en todas las partes del mundo. Hay que educar en la excelencia, que un ordenamiento vertical de la sociedad no es malo, que la superioridad y la aristocracia, en el buen sentido, es algo envidiable y ejemplar. No podemos decir que todos somos iguales y modelos de algo.

Estuviste una temporada en un internado, ¿te afectó en cuanto a tu vocación temprana a la escritura?

En nada, era muy frecuente que hubiera internados en la época, colegios de curas, frailes…

Hablando de frailes he leído que llegaste a ser novicio de un convento.

Sí, dos meses… hasta que me echaron.

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Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

¿Cómo fue esa inspiración espiritual?

Bueno… son locuras de juventud, entonces no tenía demasiada importancia. Una gran parte de la juventud de entonces, sobre todo rural o de origen humilde, encontraba en esa clase de colegios el modo de estudiar y salir adelante.

En tu juventud fuiste partidario de una revolución maoísta-estalinista. ¿Me explicas esta combinación?

No es que sea una combinación, combinación es lo de Podemos que es socialdemócrata y comunista, esa sí es una combinación de fantasía. En la mía todo venía en un pack, Mao era marxista y engelsiano, por un lado, por otro leninista, y por otro estalinista, es la línea orgánica directa del comunismo hasta ese momento. El que era maoísta, como era mi caso, era al mismo tiempo leninista, estalinista, marxista, engelsiano… lo mejor de cada casa (risas). Una demencia.

¿Por qué tan radical?

Estábamos en un ambiente horrendo desde el punto de vista moral y político. El franquismo dio lugar a este tipo de monstruosidades, propició, como dices tú, que jóvenes que teníamos que haber dedicado nuestro tiempo a estudiar o a ver museos o leer pues estuviéramos entretenidos en hacer la revolución. Hacer la revolución de manera inconsciente, porque al final lo que pedíamos era mucho peor que la España de Franco, menos mal que no acertamos con la revolución porque lo que habríamos traído a este país hubiera sido mil veces peor que lo que teníamos en ese momento, una dictadura decrépita, ridícula y muy desprestigiada incluso entre la mayor parte de sus partidarios.

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Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

¿Crees que Podemos cae en ese error de juventud y radicalismo?

Pablo Iglesias me pone bastante nervioso, no tanto porque diga las tonterías que decía yo con su edad, sino porque las dice cincuenta años después, parece que la historia no le ha servido de mucho. He criticado por escrito uno de sus discursos del veinte de diciembre, cuando terminaron las elecciones, él decía que estaba oyendo las voces de Margarita Nelken o Clara Campoamor que son exactamente el agua y el aceite, o de Andreu Nin y José Díaz que precisamente es el asesino de Nin. Con lo cual me dio la sensación de que hablaba sin saber mucho de lo que hablaba, ellos necesitarán primero aclararse lo que de verdad quieren. Creo que no lo saben muy bien, o si lo saben, lo camuflan bien, como hizo Castro en 1959 o Chávez en los noventa. Copian el nombre de su partido, Podemos, del se puede del presidente de unos Estados Unidos, que detestan, y meten su programa en el catálogo de una empresa del capitalismo, con el que quieren acabar… No hay nada original. Todo son ideas recalentadas y recocinadas del totalitarismo comunista de los años treinta. Decía alguien que cuando todo es plagio, la sospecha se extiende a todo, en ese caso incluso a su coleta, sus camisas y sus corbatas, todo parece marketing. Por suerte el resultado de las elecciones del 26J parecen haberle desencajado un poco y ese desconcierto de momento ha moderado bastante su logorrea, un descanso.

¿La muerte de Franco supone una liberación literaria?

Sí, fue una liberación, sí. Gaya decía sobre la libertad que es una condición necesaria para escribir, no quiere decir que no se pueda escribir en una dictadura, claro que puedes, pero desarrollar toda tu vida en un ambiente en el que no hay libertad es muy difícil. Cunqueiro o Pla desarrollan la mayor parte de su carrera profesional durante el franquismo y hacen una literatura extraordinaria. ¿Habría sido mejor en un país libre? ¿Quién puede saberlo?

Empiezas con poesía, pero pronto te pasas a la novela.

Pero sigo en la poesía, que es lo más importante. Yo me considero poeta, un poeta que ha hecho muchas cosas, pero soy poeta y sigo publicando poesía.

¿La prefieres a novela?

No es que prefiera, es que es lo que eres, es lo que te sientes y yo me siento poeta. La condición de poeta es la que te forma, mi cabeza está hecha como un poeta. Pienso de una manera irracional sobre cosas que no lo son, cosas que tienen un sentido y tratas de buscar ese sentido con unos mecanismos especiales como son la música de las palabras, pero también indagando con el sentimiento. Un poco lo que decía Unamuno, que la poesía es sentimiento que piensa y pensamiento que siente y esto es exactamente lo que siente un poeta.

María Zambrano hablaba de la razón poética, es decir, un nexo inseparable entre razón y poesía.

Es que creo que es muy parecido, tanto la poesía como la filosofía abordan problemas muy parecidos: el sentido del mundo.

El propio Nietzche.

Sí, también. No es que sean hermanas es que son casi, en muchos momentos, la misma materia. La realidad del poeta no es la de alguien que está en las nubes sino la de quien es capaz de ver de una manera mucho más significativa lo real. Es alguien que es capaz de leer las cosas, las personas, las relaciones de unos con otros, lo que significa cada cosa. Proust lo expresa muy bien, cómo el tiempo hace que seamos diferentes habiendo vivido en la misma circunstancia histórica, de todo esto se ocupan la poesía y la filosofía. Yo soy un poeta o creo serlo, pero no de un corte realista pero sí de lo real, de lo que existe, de aquello que nos ayuda a vivir lo que vivimos de manera intensa. Jugamos a permanecer, todo el mundo querríamos que nuestros instantes fueran de plenitud, que fueran constantes y así durante toda la vida. Lo que deja más tranquilo a una persona es saber que se ha hecho todo lo posible por vivir con atención en aquello que estás viviendo y no te distraes mucho.

Con El buque fantasma…

Ramón Gaya decía una cosa muy divertida de este libro. Decía que no me pensase que era una obra maestra, el libro estaba muy bien, pero sólo las grandes obras maestras habían sido tan maltratadas como ese libro (risas).

A esto iba… sobre todo por una parte de la intelectualidad.

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Detalle de una mesa de Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

Una parte no, toda.

Sí, de la intelectualidad progresista.

Progresista no, progre. Al final venía a denunciar que nosotros habíamos sido luchadores antifranquistas pero no demócratas.

Los que hoy sois intelectuales, una gran mayoría, habéis tenido una transición desde el extremismo político hasta una actitud moderada.

La moderación suele llevarte más lejos que el desorden. En la famosa frase de Goethe, prefiero la injusticia al desorden, el sofisma está en que injusticia y desorden son la misma cosa.

Si hubiérais triunfado en vuestra revolución, no hubieras sido lo que eres hoy.

Ni tu tampoco, hubieras sido un gañán con la cabeza completamente lavada. Queríamos sistemas totalitarios y esto afortunadamente, en mi caso fue breve, pero fueron cinco o seis años cruciales.

¿Eras consciente de que tus posicionamientos eran completamente contrarios a la libertad?

Sí, sí claro, era plenamente consciente. Además, teníamos la famosa frase de Lenin: “¿Libertad para qué?” que es lo que está diciendo Podemos. Vamos a hacer arte para el pueblo, un teatro para el pueblo, un Estado para el pueblo y al final el pueblo queda totalmente aniquilado por la maquinaria del Estado, en aras de una especie de idea de la historia muy hegeliana… vamos a hacer un paraíso, pero vamos a necesitar de una especie de trituradora de carne humana y de libertades, proyectos humanos y humanismo porque si no esto nos va a estorbar. Vamos a suponer que el paraíso comunista es realmente un paraíso, es realmente un oxímoron o es paraíso o es comunista, pero supongamos que es un paraíso, el camino que hay que recorrer hasta llegar ahí es atroz, y al final sólo hay camino. Jamás se ha llegado a nada. Han convertido tu vida en una larga marcha, en un infierno. Cuando leo cosas sobre la revolución cultural china me quedo realmente helado, es que no les temblaba el pulso para matar a cuatro millones de personas.

El mismo Pol Pot.

Sí, también. Pero Pol Pot es una caricatura del maoísmo, un caricatura grotesca y enloquecida. El problema es cuando encuentras a intelectuales sesudos que diseñan desde el partido o la cúpula, diseñan cómo destruir o aniquilar a millones de chinos y lo hacen. Utilizando además a muchachos y muchachas de entre catorce y veinte años como verdugos. Todo ello en aras de su idea de progreso que finalmente no lo es. Por suerte no conseguimos absolutamente nada, éramos una pandilla de personajes bastante ridículos, con una pedantería grandísima. Convencidos, como buena parte de la izquierda actual, de una cierta superioridad moral que hacía que mirásemos por encima del hombro a todo el mundo.

Prepotencia pseudointelectual.

Una prepotencia absoluta y llega hasta hoy día… cuando llega alguien y dice que los grandes intelectuales se pusieron del lado de la República durante la guerra civil. Es una de las mayores mentiras de la propaganda comunista y el mantra funcionó durante años.

De la República no quiere decir del socialismo.

No, no, estamos hablando de Azaña, por ejemplo.

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Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz

Por eso digo que intentan confundir un sistema político de gobierno o Estado, como es el republicano, con una ideología como es la socialista.

Claro, a una persona como Azaña esta gente del tipo Podemos le atacarían. Soy republicano y azañista. Decía Chaves Nogales: soy un escritor  pequeño burgués, demócrata, liberal… Es un buen programa: la defensa de los principios de la Ilustracón. Creo ser tolerante y trata uno dejar vivir a todo el mundo conforme a las reglas que nos hemos dado, y por eso pide también que le dejen vivir. Por eso me he posicionado de manera muy activa contra el nacionalismo. Son gentes que han decidido decidir por mí, ellos quieren ejercer un derecho a decidir, pero en base a mi derecho a decidir. Ahí sigo siendo igual de radical que cuando era joven porque he aprendido que el principio más importante es el de la libertad y el de la igualdad ante la ley. Todos hemos de ser libres e iguales.

Ciudadanos te propone como vocal para el Comisionado de la Memoria Histórica de Madrid.

Me propone Ciudadanos y yo no soy de Ciudadanos, yo apoyaba a UPyD y a Savater. En ese sentido Ciudadanos ejerció libremente, algo que no suele ser muy corriente en este país donde la gente es muy partidista y sólo apoya o propone a aquellas personas que son de su cuerda. Yo no soy de Ciudadanos, donde tengo a muy buenos amigos, y por tanto estoy sumamente agradecido de que lo hayan hecho, dice mucho de su talante democrático y liberal. Dicho esto, a nosotros nos llaman para aplicar una ley, una ley con la que yo no estoy muy de acuerdo en cómo está hecha, pero es una ley y yo soy un demócrata y creo que esa ley se debe aplicar de la mejor forma posible y para eso estamos, para aplicar la ley lo mejor que nosotros sepamos.

¿En qué punto la historia debe quedar como tal y en qué punto debe ser politizada?

¿Cuál es el problema? La ley mal llamada de memoria histórica incluye dos conceptos, memoria e historia, que se repelen un poco, porque la historia trata de hacer algo objetivo, basado en hechos, y la memoria es muy subjetiva y ficción con frecuencia, y por tanto a menudo la memoria y la historia van en direcciones opuestas.

Vamos con la última, ¿sigues yendo al Rastro los domingos?

Sí, sigo yendo. Sigo encontrando cosillas, algunas veces más curiosas que otras, pero sí.

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Andrés Trapiello || Fotografía: Antonio López Díaz