Los problemas de igualdad de género en la sociedad actual siguen siendo muy importantes. Cuestiones como la violencia machista o la brecha salarial están identificadas como lacras a eliminar. Pasos que quedan por recorrer en un camino en el que, no hace tantos años, la meta era tener derecho a sufragio: el derecho a votar de las mujeres.

Y es que la historia del sufragio femenino comenzó hace relativamente poco tiempo. Fueron los neozelandeses los primeros en reconocer el derecho de las mujeres a votar, en el año 1893. Seguidos muy de cerca por sus vecinos australianos, en 1902. Todo ello, sin contar el “error” de redacción de Nueva Jersey en 1776.

Estos hitos despertaron las voluntades de las mujeres con ansias de igualdad, siendo su lucha especialmente relevante en Reino Unido. Allí, Hubertine Auclert y Millicent Fawcett había fundado, todavía en el siglo XIX, sendas asociaciones sufragistas más bien moderadas.  Pero no fue hasta  1903 cuando Emmeline Pankhurst fundó la Unión Social y Política de las Mujeres, y la cosa cambió.

Emmeline Pankhurst, una de las principales heroínas de las sufragistas inglesas. <em>Fuente</em>: <em>mic</em>.<em>com</em>.

Emmeline Pankhurst, una de las principales heroínas de las sufragistas inglesas. Fuente: mic.com.

Estos hitos despertaron las voluntades de las mujeres con ansias de igualdad, siendo su lucha especialmente relevante en Reino Unido. Allí, Hubertine Auclert y Millicent Fawcett había fundado, todavía en el siglo XIX, sendas asociaciones sufragistas más bien moderadas.  Pero no fue hasta  1903 cuando Emmeline Pankhurst fundó la Unión Social y Política de las Mujeres, y la cosa cambió.

En Estados Unidos pasó algo muy similar. La influencia de la lucha de las mujeres inglesas inspiró sus propias organizaciones sufragistas, logrando su objetivo en el año 1919, usando la I Guerra Mundial como frontera.

España y el sufragio tardío

España, por su parte, no fue ni mucho menos de los países pioneros en esta cuestión. No fue hasta la II República, en el año 1931, cuando se reconoció el sufragio total a todas las mujeres del país. Antes, durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), se aprobó que pudieran votar las cabeza de familia en las elecciones municipales. Unas elecciones que nunca se celebraron durante este periodo.

De lo que sí pueden presumir los españoles es de tener a su propia heroína del sufragio femenino, Clara Campoamor.

Con todo ello, hay casos todavía más llamativos en lo negativo. Sin ir más lejos, en Francia las mujeres no pudieron elegir a sus gobernantes hasta el año 1944, no haciéndose efectivo hasta un año después. Y qué decir de Suiza. Una de las sociedades más evolucionadas del mundo, sí, pero no permitió que las féminas votaran hasta el año 1971.

Y esta lucha continúa. Por ejemplo, hasta el pasado 2015, las mujeres de Arabia Saudí no podían votar. Ahora lo hacen en las elecciones locales. O en Kuwait, donde el sufragio femenino está reconocido desde el 2005. Por no hablar de esos países en los que este derecho no está reconocido o está condicionado, como Brunéi o Los Emiratos Árabes Unidos. Amén de los lugares en los que no está reconocido ningún tipo de sufragio.

Mujer votando por primera vez en Arabia Saudí. Foto: CNN

Mujer votando por primera vez en Arabia Saudí. Fuente: CNN

Esta es la historia. Una historia que recuerda que cuando se hablaba de la Primavera Pueblos, las mujeres estaban todavía en su propio invierno. Y que cuando se pedía el sufragio universal, ellas no formaban parte del universo. Se hablaba de democracia, pero los hogares seguían siendo absolutistas.

Con todo ello, ahora, hay posibilidades de que la gran potencia mundial esté presidida en un futuro cercano por una mujer. Hubo y hay Damas de Hierro en Europa y España lleva dos vicepresidentas seguidas. Pasos firmes de un camino aún largo.

Discurso de Clara Campoamor
ante las Cortes el 1 de octubre de 1931, donde quedaría aprobado el voto femenino en España

“Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.

Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?

¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.

No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto –que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado–, como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.

Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien, en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.

Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer.

A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.

Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer.

Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino.

No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención.

Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.

Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española.”

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