Les salonnières o las anfitrionas femeninas de la cultura

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Los intelectuales han buscado durante casi toda la historia relacionarse con seres como ellos. Gente que compartiera sus intereses o, más concretamente, que fueran capaces de debatir a su nivel. Ya fuera en foros públicos, tertulias literarias, encuentros al finalizar un espectáculo o espacios creados para ello, la cultura debía ser intercambiada. Sobre todo, debía fluir para evolucionar y crecer.

En los siglos XVIII y XIX, en torno a esta idea de compartir la sabiduría, se desarrollarían los salones literarios. Salotti letterari en Italia, salons littéraires en Francia. El concepto no era totalmente novedoso pero sí vio crecer su importancia. De hecho, su presencia aparece reseñada en la mayoría de las historias de la literatura. Su papel histórico no solo estriba en que fueran lugar de grandes encuentros artísticos, sino en el hecho de que la presidencia de estas reuniones estaba en manos de una mujer.

El papel las salonnières no se reducía al de la simple anfitriona encargada de supervisar que todo funcionara en su casa. Fueron partícipes activas de los debates artísticos y algunas de ellas se convirtieron en auténticas mecenas de la época. Normalmente, se trataba de mujeres de un rango social elevado. Dichaposición les permitía salirse de las normas impuestas por la sociedad a su sexo.

Salón de la salonnières Madame Geoffrin

Lecture de la tragédie de l’orphelin de la Chine de Voltaire dans le salon de madame Geoffrin (1812) de Anicet Charles Gabriel Lemonnier || wikipedia

Madame de Geoffrin y los creadores de la Enciclopedia

En plena Ilustración, un salón concreto se convirtió en un auténtico hervidero de grandes ideas y desarrollos artísticos: le salon de Madame de Geoffrin. Esta maestra de ceremonias no tuvo una gran formación intelectual, pero llegó a codearse con autores tan ilustres como los creadores de la Encyclopédie: D’Alembert, Diderot o Voltaire. No solo fue su anfitriona durante los encuentros en el salón que llevaba su nombre, sino que desarrollaría gracias a esta actividad su capacidad intelectual. Además, recibió a personalidades extranjeras de la talla de Benjamin Franklin. También se cartearía con la mismísima zarina Catalina II de Rusia.

Las conversaciones ilustradas darían paso a los debates románticos. El desarrollo del concepto “salón” llegaría a Alemania e Italia con renovados modos. Ahora las mujeres no solo presidían sino que incluso intervenían en los debates políticos o artísticos que se daban entre los intelectuales masculinos que asistían a estos lugares de conversación.

Madame de Staël, literata y renombrada propulsora de debates artísticos a nivel europeo, fue dueña de un salón. Su papel de anfitriona aún le dejaba tiempo para escribir sus reflexiones e, incluso, para la creación de un periódico cultural. El empoderamiento cultural de les salonnières iba aumentando al tiempo que los salones literarios se multiplicaban. Y esto no solo ocurrió en Francia.

Contessa Maffei y el Reino de Italia

En Italia, las luchas políticas y las continuadas guerras de independencia no acabarían con la literatura. Mucho menos con il salotti. Más bien al contrario, se convertirían en lugares de encuentro para mantenerse al día sobre los acontecimientos de una Italia en pleno proceso de unificación política. Clara Maffei, o la contessa Maffei, se establecería como una de las mujeres más influyentes en los círculos literarios milaneses.

Salotto de la Contessa Maffei

Salotto della Contessa Maffei in Via Bigli, de Raffaello Barbiera (1895) || braidense.it

Personalidades como el compositor Giuseppe Verdi o el novelista Alessandro Manzoni, el francés Balzac o los rebeldes escritores de la Bohème italiana (Scapigliatura) serían asiduos de la casa Maffei. Su nombre está, también hoy, presente en las vidas y producciones artísticas de sus célebres huéspedes.

Un lugar como el salón se convirtió en germen de grandes debates e ideas artísticas o políticas. Generaron mujeres que supieron hacerse presentes en el desarrollo intelectual. Lograron hacerse visibles a pesar de las largas sombras proyectadas por los intelectuales que las visitaban.

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