Podía ser cualquier cosa, lo que quisiera. Un loco en un manicomio rodeado de locos. O peor, un cuerdo encerrado en un manicomio rodeado de locos. O peor, peor, aún: un loco en un manicomio, rodeado de cuerdos.
Podía ser una chica de ahora, una que usa vaqueros y no debe explicaciones a nadie. Morena, con el pelo corto. Llevaría una camisa de cuadros y debajo una camiseta negra. Podía ser una maruja de esas que van al mercado y hablan con las vecinas. Una de esas que por las noches, mientras ve un programa aburrido en la tele, fantasea en secreto con el frutero.
Podía ser noche oscura, luna llena. Primavera. Podía ser un invierno de esos que hace mucho, mucho frío. Pero un invierno de esos en los que los rayos de sol le calientan a uno las mejillas y hacen cosquillas al alma.
Decidí ser hombre. Uno de mediana edad. Uno de esa edad en la que ya has asumido que no tocarás la guitarra como Hendrix, que no escribirás como Neruda, que Macondo ya se ha inventado, que no salvarás al mundo del Hambre, ni conseguirás el reparto equitativo de las cosas. La peor edad.
Tenía esa edad en la que uno puede contar con varios dedos de la mano los abandonos, las despedidas, los fracasos. Esa edad en la que sabes que no te enamoras. O al menos no como pensabas que te enamorarías. Se sentía bien al pensar que tenía esa edad en la que necesitaba algo más de dos manos para contar las mujeres con las que había follado y bastantes más de dos manos para contar las tetas que había conseguido tocar. Apareció un nubarrón al ser consciente de la resta entre los triunfos de las tetas y las mujeres que había conseguido llevar a la cama.
Esto le llevó a pensar por qué odiaba las matemáticas. No se le daban mal, como habían pensado sus padres toda la vida. Es que no le rentaban. Si se trataba de llegar a fin de mes, la cifra también daba negativo, números rojos. Esto le llevó a pensar en las sinestesias. Y en el orden establecido de las cosas. En por qué le habremos dado este sentido a esto o este otro a esto otro. Por qué una silla se llama silla y no mesa. Por qué los billetes valían 10, 20, 50, 500… ¿Por qué? ¿Quién lo habría decidido? ¿En qué momento? ¿Por qué valdría más el oro que la piedra? ¿Por qué se estudia en los libros a Miró o a Picasso? Por un momento se sintió genio de sus pensamientos. Luego recordó su edad.

Todo esto le llevó a pensar en las casualidades. Probablemente, de las inquietudes que había enumerado su mente, la casualidad hubiera jugado un papel importante en todas ellas. Incluso en los fracasos. ¿Acaso no fue casualidad que el padre de Orianita, aquella muchacha pelirroja de orejas algo grandotas, les pillara justo en el momento de la teta derecha (muy pecosa, por cierto)? ¿Qué habría pasado si no les hubiera interrumpido? Quizá la resta entre tetas y camas no habría dado un resultado tan desastroso… este último pensamiento le hizo sentir mucho mejor.
A la casualidad le había dedicado grandes y profundos pensamientos. Largas horas de clase ensimismado en el murmullo y letanía de sus profesores. Juan, que así decidí o decidió (a estas alturas ya no sé si es su historia o la mía), que se llamaría, le había dado muchas vueltas a esto de las casualidades. Si, por ejemplo, se encontraba con alguien inesperado, en un lugar más inesperado todavía, recreaba (hasta donde sabía) el camino que habrían seguido ambos hasta llegar a ese preciso lugar en ese preciso momento. Qué conversaciones se habrían producido, cuántas decisiones se habrían tomado… Se los imaginaba como a hormiguitas en un mundo de arena donde podría seguir su rastro hasta averiguar por qué allí, por qué ellos, por qué a esa hora.
Le había dedicado horas a pensar por qué las casualidades se suceden y sin embargo no se pueden provocar. Evocaba la de veces que se había paseado cerca de la casa de María durante los años de instituto. Cuántas excusas gastadas: pasear al perro, hacer unas fotocopias, tomar el aire, salir a correr un rato… Los resultados, casi siempre nulos, le hicieron aventurarse a salir, el último año, sin ningún tipo de excusa entre las manos. Sabía que daría igual. Sin embargo nunca se rindió a rendirse sin saber muy bien por qué. Le mataban aquellas historias ficticias, contadas, leídas o vistas en alguna película, esas en las que un cúmulo de casualidades escondía la carta necesaria, la palabra clave, el momento adecuado. Si dos personajes se cruzaban en trenes opuestos cuando se buscaban, o cruzaban esquinas contrarias estando uno al lado del otro… apagaba la tele y se declaraba en huelga de final. Le hacían sufrir demasiado, más que todas las guerras, más que las películas sobre el Holocausto. Había llegado a la conclusión, estas alturas de la página, de que los principios no eran lo suyo y los finales, menos todavía. Se sentía atrapado en esa edad, también media. Atrapado in medias res.
Tan ensimismado se encontraba en sus propios pensamientos que casi sintió que despertaba al entrar en una cafetería. Habíamos decidido que era cerca de la una de la tarde. Una hora también tonta, también pausada en el medio del día. Era demasiado pronto para comer, demasiado tarde para desayunar. Si era laborable, el día no estaba todavía perdido, pero tampoco tendría todo el día por delante. Decidió que definitivamente odiaba la una de la tarde. Menos mal que yo había decidido que fuera sábado. Juan pensó que se daría un capricho: un cruasán de chocolate. Los cruasanes de chocolate le traían siempre malos recuerdos, por obra, otra vez, de la puta casualidad.
Quiso la casualidad que un día, por segundo de carrera más o menos, encontrara en la cafetería de la facultad a María. Ella, según le explicó, estudiaba veterinaria, pero tenía a una de sus mejores amigas estudiando Filología («Querrás decir, jugando a las cartas», dijo él, queriendo hacer un chiste). María no se rió. Juan se preguntó muchas veces si el chiste no habría tenido puta la gracia, o es que María no habría entendido que entre los estudiantes de Filología, además de mucho, mucho amor por las palabras, sentían mucho, pero que mucho amor por los dioses Mus y Sol. La conversación, entonces, sucedió de lo más insulsa y Juan se fue de allí sintiendo que nunca conseguiría nada de María. Nada de nada. Abotargado, se metió en el baño, no sabía muy bien si para hacer tiempo, para refrescarse la cara o para poder darse una colleja sin que nadie lo viera y … oh… horror… descubrió en el espejo que tenía una mancha de chocolate entre los dientes. Pu-to cru-a-sán de mierda…
-¿Sabe ya lo que quiere?
-Sí, -contesta Juan mirando la carta y pensando que HOY y no otro día, HOY y no más tarde, se comerá ese cruasán de chocolate sin cuidado, manchándose la cara, las manos…
-Un cruasán de chocolate, por favor. –Había en su voz un tono distinto al de siempre, era seguro, vital, enérgico. Al devolver la carta a la camarera no pudo evitar fijarse en su uniforme, blanco, con un bordecito bordado en rojo. La camisa, un poco desabrochada, dejaba ver un generoso escote, blanco y pecoso. Ella se agachó un poco para recoger el vaso sucio de la mesa… y allí estaba, bendita casualidad… era la teta izquierda de Orianita.

