Conforme el lector mira al calendario y acto seguido por la ventana, parece inferir una esperanzadora conclusión: el verano vuelve a acercarse a la puerta. Así, lentamente comienzan a florecer las propuestas y planes del qué, cuándo y cómo hacer. Por supuesto, ello incluye todo lo relacionado con la lectura, o mera compra, de libros. El trabajo o los estudios pueden dificultar esta tarea a lo largo del periodo laborable. No obstante, la llegada del estío aviva las llamas del latente lector en busca de experiencias nuevas.

Proust lectura verano

Compartment C Car 193, de Hopper || artchive.com

Dichas vivencias pueden relacionarse con introspecciones biográficas o el grato recuerdo de tiempos pasados. Tal vez sentado en el porche. Acompañan una taza de té y un par de magdalenas. La emulsión del conglomerado de harina y huevo junto con la infusión de hierbas puede desencadenar toda una ingente e inefable epopeya. La anterior pedantería puede resumirse en una palabra: proustianismo. Propia de Marcel Proust, se entiende. Este escritor de origen francés es el autor de uno de los ochomiles de la literatura contemporánea: En busca del tiempo perdido o À la recherche du temps perdu en la lengua del amor.

Proust: de cara a la galería

Saber de su existencia se encuentra entre lo más general de la cultura general. Sin embargo, pocos son los osados que se aventuran a perderse entre sus páginas. No es para menos. Consta de siete partes, publicadas entre 1913 y 1927. Sólo su primer tomo, Por el camino de Swann, cuenta con la intimidante cifra de 560 páginas. Su principal protagonista es un hombre que responde al nombre de Marcel. Parisino y burgués, decide abrazar el sueño del escritor. A través de continuas analepsis, o flashbacks, Proust reflexiona sobre celos, amor, mezquindad o la marginación.

Pasan las páginas y se puede percibir una falta de acción al estilo de la actual narrativa. En su lugar, la descripción de comportamientos y mentalidades es conector evidente de escenas. Asimismo, lidiar con los cuadros naturales y sociales de dichos personajes supone un largo cometido.

 Proust

Marcel Proust || bookfans.net

Resulta interesante mencionar la alusión a acontecimientos reales intrínsecos a la política internacional francesa de fines del XIX. Un ejemplo podría ser el conocido como Caso Dreyfus. Judíos y homosexuales son colectivos a los que Proust presta especial atención.

Abarcar esta obra, atendiendo a los datos expuestos, puede advertirse como un ocio de algo riesgo. Puede decirse que carece de cualquier acción trepidante. La editorial Gallimard devolvió el libro a Proust tras un amago de diagnóstico con una escueta nota: “No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”. Sin embargo, cierto sector de lectores en cuarentena puede encontrar ahí la genialidad de Proust. En efecto, resalta la aparición de técnicas narrativas habituales en el siglo XX, como el monólogo interior.

Una obra. Una conciencia especial y única. Proust allanó el camino que más tarde tomarían Virginia Woolf, Joyce o Faulkner. Búsquese un símil para entender la grandeza de En busca del tiempo perdido. Como si de una Sagrada Familia literaria se tratase, lentamente se erigen múltiples posibilidades artísticas de la escritura y dispares interpretaciones. Entre sus miles de páginas, puede encontrarse una autobiografía de Marcel Proust, un tratado psicoanalítico de Freud o un ensayo de teoría del arte de Roland Barthes.

James Tissot – La Hija del Capitán

La Hija del Capitán, de James Tissot || arte.sky.it

“Bueno, pero me imagino que algo se contará en el libro…”

A lo largo de las tres mil páginas de En busca del tiempo perdido no hay mucho. En la primera parte se trata la infancia del protagonista. A la sombra de las muchachas en flor muestra a un narrador adolescente. Durante unas vacaciones en un balneario, conoce a unas muchachas que le inician en su despertar sexual y artístico. El mundo de Guermantes muestra el interior de la clase alta y burguesa de la Francia de fines del XIX, continuado en Sodoma y Gomorra. El amor abarca los tomos La prisionera y La fugitiva.

Por todo ello, En busca del tiempo perdido puede verse como algo más que una novela. Quizá una experiencia vital. Un universo, un laberinto, con miles de mecanismos internos que lo convierten en un libro difícil. Difícil y aburrido. Si en 1913 poca gente lo leyó y entendió, la situación actual puede ser irrisoria.

Sin embargo, es una obra maestra. Y de las grandes, para más inri. Apta para un gran verano y una merienda de alta alcurnia. Por supuesto, es bien sabido que al lector exigente siempre le gusta degustar una buena magdalena.

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