Ni uno, ni dos, sino tres: de lo orwelliano a lo barojiano

Uno de los mejores atributos de la lengua española, que no son pocos, es la mimetización a la que se exponen sus componentes. Las palabras evolucionan y sus atributos varían a la par que sus hablantes. Los adjetivos florecen, maduran con el fin de luchar contra el dicho tan manido de que “una imagen vale más que mil palabras”. De hecho, hay palabras que valen más que miles de palabras. La literatura lo ha conseguido. La adaptación del castellano para expresar en un vocablo tantas sensaciones es una hazaña, cuanto menos, reseñable.

Un suceso kafkiano. Un pensamiento orwelliano. Una historia barojiana. Lo que pueden esconder estas afirmaciones es digno de estudio. De este modo, la obra de tres autores de tal calibre está presente en la cotidianidad del hablante. Aun sin haber leído nada de ellos, mil imágenes con sus mil palabras, se anteponen al pensamiento del que desenvaina esta palabra.

Lo barojiano

Se antoja complicado desbrozar el concepto de lo barojiano. Sobre todo cuando ello implica sumergirse en la sensibilidad de Pio Baroja, componente de la Generación del 98. Podrían destacar conceptos tan esenciales como el anhelo de sinceridad o de independencia. La obra del donostiarra está en el estante más cercano para corroborarlo. Era necesario decir la verdad, el principal sustento de los noventayochistas. Los españoles merecían conocerla. La libertad reclamada en La sensualidad pervertida justifica la animadversión del autor por partidos o ideologías de cualquier tipo.

Pio Baroja orwelliano
Pio Baroja

Asimismo, se llega a esa noción de lo barojiano. Un actuar sereno, despreocupado. Una filosofía entre el estoicismo y el desprecio. Lo barojiano es un modo de ver las cosas. Un modo de hacerlas y de comportarse. Se da forma así a esa alegoría de la realidad española tan recurrente. Si hay algo que agradecer al escritor, es su afán de historiar el devenir de España hasta la Segunda República. En palabras de Luis Murguía, protagonista del libro mencionado, “no he pretendido la gloria, ni el dinero, ni la importancia social. Vivir y contemplar. Ese ha sido mi ideal.”

Lo kafkiano

Hablar de lo kafkiano requiere coger aire y prepararse para un mal trago. Muchos de los que usen tal término sienten angustia al describir lo que ven o sienten. Dificultades o un muro infranqueable tras ellos. Experimentan la vida del escritor checo a cada paso que dan. La existencia de Kafka estuvo marcada por ese absurdo sempiterno. El mejor diccionario para conocer esta palabra sería la obra El proceso. El protagonista se enfrenta a su propia condena. Quién sabe si a su propia vida. Un mundo complejo basado en preceptos incomprensibles.

orwelliano kafka
Kafka en 1906

La falta de amor en su vida o la necesidad del beneplácito de su padre marcaron su vida. Se le suele honrar al describir situaciones complicadas y absurdas. Esas escenas que marcaron a fuego su obra literaria. Fantástica y expresiva, como ninguna otra, de las ansiedades y la alienación del hombre contemporáneo. No hay genialidad comparable a rebajar a un comerciante a escoria y atrapar en un ambiente degradante a todo un planeta.

Lo orwelliano

Eric Arthur Blair, o George Orwell para sus enemigos, fue el moldeador de lo orwelliano. El término se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones totalitarias como las representadas en su novela más representativa, 1984. Está inspirada en Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. El leitmotiv de esta obra, asimismo, es el relato de sucesos acaecidos en Rusia durante la Revolución Bolchevique. El hablante tiende a usar este término, orwelliano, cuando desea expresar en una idea 352 páginas de distopía e inconformismo social.

Actualmente, existe más de una interpretación disponible. Por un lado, la ya mencionada de denuncia a la represión. Por otro, la importancia que desempeña el lenguaje en la formación de pensamientos y emociones. Según Noah Tavlin, la primera interpretación no sólo no alcanzaría a transmitir la idea original sino que incluso se podría caer exactamente en el sentido contrario. Todo va ligado a los conceptos de “doblepensar” y “neolengua” expuestos en la obra. Así pues, bastaría con un uso del lenguaje simplificado y multifuncional por parte de las autoridades, así como eufemismos políticamente correctos, para estar ante una sociedad orwelliana.

No con esto deben olvidarse otras muestras muy sugerentes de este fenómeno. También anidan espíritus lorquianos y figurines cartesianos. Todos ellos fueron concebidos como herederos de estas imágenes, hoy en día, demasiado reales. Está en la mano del hablante la opción de emular o intentar imitar al referente homenajeado por la lengua española.

Juan Ramón Rodríguez

Músico a tiempo parcial. Escritor en los días de fiesta. Sé leer y escribir, mal que pese.