«Orden, Libertad, Justicia» de Federico Melis

Usted ha mencionado el interrogatorio según las normas legales. Pero ¿qué importan estas normas, que en más de un caso resultan sencillamente absurdas? A veces, una simple charla amistosa da mejores resultados

Franz Kafka. El proceso

I

La policía llama a la puerta de Dani a la hora de la cena. Cuando abre, siente el agradable olor de los jazmines del jardín de su casero.

Un policía de paisano, corpulento, con bigote, camisa blanca, mariconera. En segundo plano, sobre su hombro, la gorra de otro agente, uniformado. Le llama la atención a Dani, en el frontal de la gorra, el velero de doble mástil que preside el escudo nacional, bajo el cuarto creciente y la estrella de cinco puntas.

Su primera reacción es de extrañeza. No de recelo. Lleva meses viviendo en el país  y no ha tenido ningún contacto con las fuerzas del orden. Y eso que es uno de los países del mundo con más policía por habitante. A muchos de sus amigos y conocidos los han parado innumerables veces, en controles rutinarios que tienen como objeto comprobar la identidad, verificar la documentación o recabar una pequeña mordida. A Dani, nunca. Tampoco en España. Es un tipo discreto.

En el momento en que ha sonado el timbre, se disponía a cenar delante del televisor, viendo una película del canal por satélite al que está abonado. Cuando abre la puerta, lleva en la mano una servilleta.

―¿Sería usted tan amable de acompañarnos a comisaría para hacer unas comprobaciones? ―le pide, en francés, el agente de paisano.

El tono del policía es neutro, ni afable ni áspero, pero a Dani le parece que hay algo de poco natural en su manera de mostrarle la placa. Si en lugar de un extranjero, se tratara de un lugareño, probablemente se habría dirigido a él con mayor rudeza. Pero él es un occidental, un huésped. La hospitalidad es un precepto que no debe ser despreciado. Ni siquiera por las fuerzas del orden.

Así, tras el saludo, la placa y la amable invitación, a Dani no se le ocurre otra cosa que pedir permiso para coger su cartera con el pasaporte y apagar el televisor. No quiere hacer esperar a los agentes recogiendo la mesa y guardando la cena en el frigorífico. No va a tardar mucho en volver. Media hora o tres cuartos, a lo sumo.

Ashland and 21st Street: Water Main Break.
Ashland and 21st Street: Water Main Break. || Connie Ma

En la calle los espera un vehículo celular. En su lateral, puede reconocer la palabra shurta, policía, y el escudo de armas con la galera púnica. El barquito navega sobre una cinta con las tres palabras que constituyen el lema de la república. Le abren la puerta trasera y se sienta junto al agente uniformado. Le incomoda ver que un vecino está observando la escena a través de su ventana. «Quizás al cotilla ese le dé por creer que me han detenido», piensa.

Él también se ha quedado mirando, más de una vez, a las personas a las que la policía para en la carretera por alguna infracción, aquí o en España. Suelen ser rostros contrariados, compungidos o suplicantes. Es la típica escena que presencias y de cuyos protagonistas, en el fondo, opinas que «algo habrán hecho». Pero Dani no ha hecho nada. Él no. Va a comisaría atendiendo una petición de la policía local. Colabora con las autoridades de un país árabe muy occidentalizado. «Túnez es el país más occidental del Magreb», les había dicho a sus amigos y a su familia cuando les comunicó que iba a pasar un año allí. Y un país árabe occidentalizado era una garantía para un occidental como Dani.

Durante los cinco minutos del trayecto hasta la comisaría central de Cartago, está pendiente de la conversación en árabe que mantienen los dos agentes. Intenta reconocer alguna palabra que le pueda revelar el motivo de su inesperado traslado, pero solo identifica isbani, español, y markaz, comisaría. Hay otras que le suenan pero cuyo significado desconoce: istiyuab, maalumat, mújbar

En mitad del camino piensa que debería haberles pedido algún tipo de explicación antes de acompañarlos. Lo lógico habría sido preguntarles qué clase de comprobación se disponían a hacer o por qué era necesaria su presencia un sábado al atardecer en la comisaría de Cartago. ¿No lo podían convocar el lunes por la mañana? ¿A qué venía tanta premura?

Pero ahora ya no es el momento de hacer preguntas. Tanta suspicacia puede parecer descortesía. Van a pensar que se está poniendo a la defensiva. Que oculta algo. Y para nada es el caso. Él no ha hecho nada. No tiene nada que reprocharse.

II

Comisaría de Cartago. Aparcan y salen todos del coche. Continúan sin dirigirle la palabra. Cuentan con su mansedumbre y Dani los sigue hasta la recepción del edificio. ¿Qué va a hacer? No se va a negar a entrar a estas alturas.

El agente de paisano que lo ha traído levanta una parte del mostrador del vestíbulo y se adentra en la zona administrativa. El policía que hace las veces de recepcionista le indica que se siente en una de las tres sillas pegadas a la pared de enfrente.

Al fondo, preside la sala el omnipresente retrato del jefe del estado, junto a un enorme escudo nacional. El barquito sigue surcando los mares con sus velas henchidas. Dani pregunta a un señor que espera sentado, a su lado, el significado de las tres palabras en árabe que adornan la cinta del escudo de la República.

«Niẓām, Hurriyya, ʿAdāla» ―lee el hombre― «Orden, Libertad, Justicia».

―Ah, gracias.

―¿Viene también a presentar una denuncia?

―No, yo vengo por otro asunto ―le responde seco Dani, a quien no le apetece entablar ninguna conversación.

En el vestíbulo reina cierta animación. Parejas de patrullas entran e intercambian algunas frases con los colegas de la administración. Un policía de paisano, con el mismo aire displicente de todos sus colegas, empieza a increpar a los presentes. Dani lo observa todo, entretenido. Al día siguiente lo contará, ufano, a alguno de sus amigos expatriados.

―Colega, ayer me llevaron al cuartelillo. Como lo oyes. Toda una experiencia. No veas lo cutre que es.

Al cabo de veinticinco minutos, ya está harto. Le parece poco serio que lo tengan aún esperando. Es una falta de respeto. Lo han sacado de casa y lo tienen allí sentado sin informarle de nada. Se levanta. Le dice al policía del mostrador que él está ahí para hacer unas comprobaciones y quiere volver a casa lo antes posible. Tiene cosas que hacer.

―Ahora mismo se ocuparán de usted. Haga el favor de permanecer sentado ―contesta el policía.

No ha estado convincente. Debía haber mostrado mayor indignación. Tenía que haber sido un poco más agresivo. Cosas que hacer… ¿A quién se le ocurre decir que tiene cosas que hacer un sábado por la noche? ¿Qué argumento es ese para exigir que se ocupen de él?

Irrumpe un agente de paisano de detrás del mostrador con una carpeta. Pasa delante de él y, a punto de enfilar el pasillo, se gira y, sin mirarle a los ojos, le hace un gesto con el dedo índice que significa «por aquí». Dani exhala un suspiro de satisfacción. Cuanto antes acabe con las dichosas comprobaciones, antes volverá a casa.

Mientras sigue al policía, piensa que le han reventado la cena. Le han fastidiado la película que quería ver. La primera de un tal Tarantino. Sus amigos se la han aconsejado. La estrenaron el año pasado pero no le dio tiempo de verla en España. Por la misma razón ha rehusado una invitación a cenar en casa de unos amigos franceses. Había planeado pasar una noche de cine, tranquilo, en casa. Y se ve ahí, detrás de un agente de paisano con Ray-ban de aviador puestas a las diez de la noche en el interior de una comisaría.

El policía abre una puerta, la última del pasillo. Dani espera encontrarse en el típico despacho con máquina de escribir y armario con archivadores. Pero no. Aquello es una sala de unos diez metros cuadrados con tan solo una mesa vieja y una silla a cada lado.

―Siéntese ―le dice el policía.

III

Al principio no se ubica. Relaciona la modestia del mobiliario con la precariedad de un país con escasos medios. Un país occidentalizado con unas fuerzas de seguridad de ingentes efectivos pero escasos recursos. Le llama la atención lo incómodo de la silla. Es como esas que se usaban en los colegios, con estructura de tubos metálicos y tablero de contrachapado. El borde del asiento se le clava en las corvas.

Interrogation Room at Alcatraz Island || Andreas Wulff Seguir
Interrogation Room at Alcatraz Island || Andreas Wulff Seguir

La iluminación es muy deficiente. No hay ventanas. La puerta metálica, medio abierta, le hace pensar que aquello podría ser una sala de interrogatorios. Recuerda que en las películas suele haber un espejo grande tras el cual otros policías presencian la escena. Pero ahí no hay ningún espejo. Es el lugar más deprimente del mundo para pasar un sábado por la noche.

Mientras esperaba en el vestíbulo, tenía que haber pedido permiso para hacer una llamada. Al consulado. ¿Pero qué iba a decirles? ¿Que unos policías le habían pedido amablemente que los acompañara a la comisaría? ¿Debería haberse negado? Él no ha hecho nada. No tiene nada de qué preocuparse. Ahora, llamar al consulado ya no tiene sentido. A estas horas no va a encontrar a nadie. Aunque no está seguro de si tendrán una permanencia para casos de urgencia. Pero lo suyo no es una alarma o un caso de fuerza mayor.

Conoce a una chica que es amiga de alguien que trabaja en la embajada. Pero tampoco tiene la suficiente confianza como para ponerla a mover relaciones por un caso banal de comprobación de datos. Ni siquiera tiene a mano su número de teléfono. Ahora ya es demasiado tarde. De todas formas, lo van a retener solo cinco o diez minutos. Y a casa. Tendrá que coger un taxi. No lo van a acompañar, seguro. Pensándolo bien, prefiere coger un taxi. Empieza a estar harto de su experiencia policial.

Huele mal y hace calor. Sus yemas se pegan al tablero pringoso. Le suda la espalda. Tiene sed. No se atreve a levantarse. El agente le ha dicho que se siente. Pero no que permanezca sentado todo el tiempo. Duda. Igual se molestan, piensa. ¿Por qué se irían a molestar? Esperar de pie no es un delito. Ni una falta de respeto. Pero decide no moverse. Solo faltaría que, al verle levantado, nervioso y agobiado, confirmaran sus sospechas de que sí ha hecho algo. Y él no ha hecho nada.

Piensa que aquella sala debe servir, a todas luces, para un tête-à-tête, un intercambio de impresiones. Un lugar para conversar con cierta privacidad. Posiblemente se hagan interrogatorios, pero a él no lo van a interrogar. Está allí porque debe colaborar con la policía para hacer unas comprobaciones.

¿De qué se podría tratar? ¿De su casero? Un tipo majo, sencillo, amable. Un poco servil, pero correcto. Bebe, eso sí. Tiene un negocio de no sé qué. Un taller textil o un taller de mecánica. No lo recuerda. No tiene ni idea. Si fuera de mecánica, podría haber importado piezas de contrabando. Pero no. No tiene pinta de dedicarse al contrabando. Demasiado peligroso. Aunque nunca se sabe. Oye pasos. Por fin.

Falsa alarma. Los pasos se alejan.

¿Tendrá que ver con el trapicheo de whisky? Es un negocio que no gusta a las autoridades del país. Pero ¿qué puede decirles a la policía sobre eso? Ha oído decir que algunos diplomáticos se lucran traficando con sus cupos de alcohol sin tasas. Pero Dani es un cooperante sin estatus diplomático. No goza de ningún privilegio y no tiene acceso al duty-free.

A Tall Glass of Water || Enid Martindale
A Tall Glass of Water || Enid Martindale

Tiene sed. Agua. Lo primero que va a pedir será un vaso de agua. Qué rabia le da haber ofrecido su última cerveza a su vecino italiano. Lo que más desearía, al llegar a casa, sería beberse una cerveza fresquita. Pero no le queda ninguna. Y es imposible comprar una a estas horas. Solo se venden en ciertos establecimientos autorizados para el comercio de alcohol o se sirven en los bares de los hoteles. Pero a esas horas ya no te dejan entrar en los hoteles si no resides en ellos.

Un robo. Debe tratarse de un robo. En su barrio viven muchos extranjeros y eso atrae a los ladronzuelos que se introducen con sigilo por las ventanas de las plantas bajas. Le enseñarán un álbum de fotos de delincuentes. No reconocerá a nadie, seguro, y le dejarán irse a casa. Adiós muy buenas. Ha sido un placer. Espero que sea la primera y última vez que ponga el pie en su espléndida comisaría.

IV

La puerta se abre. Entra un policía de paisano. Dani lo reconoce enseguida. Es el policía que ha abroncado a sus colegas en el vestíbulo, una hora antes. En el bolsillo de la camisa porta una pequeña biznaga de jazmín que desprende un agradable aroma dulzón. Deja caer en la mesa una subcarpeta marrón, de la que salen las esquinas de lo que intuye que son impresos o formularios escritos en árabe. El tipo se sienta de mala gana, se recuesta y tira de cada pernera del pantalón a la altura de los muslos. Abre la subcarpeta marrón. Sigue sin mirarlo a la cara. Le pregunta, en francés, si los datos de los que disponen son correctos: nombre, dirección, ocupación, fecha y lugar de nacimiento, número de pasaporte y fecha de entrada en el país. Dani asiente a todo. El policía se mantiene en silencio unos segundos. Solo es eso, se dice Dani. Entonces el policía dice «OK», se levanta y se marcha, cerrando la puerta metálica tras él.

En pocos minutos el aroma a jazmín se ha mezclado con el olor a rancio que ha dejado el agente y el tufo a sudor que desprende Dani. Bueno, ya está. Me puedo ir, piensa. Se levanta y se dispone a abrir la puerta. El pomo no gira. No se puede abrir por dentro. Esto es el colmo. Lo están reteniendo. Es alucinante. Medianoche de un sábado y está encerrado en un cuchitril de mala muerte de una comisaría tercermundista. Pero no, esto no le puede pasar a él. Él no ha hecho nada. Debe tratarse de un error. Habrán cerrado la puerta sin darse cuenta. La comprobación era de identidad. Controlan a todos los extranjeros que viven cerca del barrio presidencial. Es normal. Aunque no recuerda que ninguno de sus conocidos o vecinos extranjeros le hayan hablado de ninguna comprobación de identidad en comisaría. Todo esto es culpa de su casero. El borrachín ha dado mal sus datos y tienen que comprobarlo.

Empieza a aporrear la puerta. Primero con los nudillos. Demasiado flojo para que lo oigan. Después con la palma, más fuerte. Llama, grita. Nada.

La siguiente hora se le hace eterna. Está empapando la camisa en sudor. Sigue teniendo sed. Carraspea. Tose. Por momentos siente que le falta el aire. Nota una presión molesta en las sienes. Su vientre empieza a activarse. No es hambre. Son espasmos irregulares que no puede controlar. Presiona su abdomen con las palmas de las manos. Sus tripas se calman.

Mira su reloj. Es la una. Habrán cerrado la puerta sin querer. Un descuido. O quizás no han acabado. Lleva en esta comisaría demasiado tiempo. Piensa que, quién sabe, igual allí también se efectúen interrogatorios. Pero no hay mampara. Ni espejo.

A las dos no puede evitar acordarse de las películas americanas donde aparecen interrogatorios. Por lo general, en ellas los polis no se pasan con los detenidos. Es todo más psicológico que físico. Persuasión. Intimidación. Solo eso. Pero una cosa es el cine y otra la realidad.

Sobre las tres, rememora El expreso de medianoche y le invade un especial desasosiego. Su mente bascula sobre el lado oscuro de su imaginación. Encadena, sin querer, todas las imágenes de tortura que ha presenciado en el cine negro y de terror, todos los abusos denunciados por Amnistía Internacional, todos los excesos de la policía del régimen. Experimenta, de golpe, una sensación extraña. Como si su corazón se hiciera pesado, plúmbeo, y le fuera bajando del pecho al estómago. Y, acto seguido, del estómago al intestino grueso.

Al cabo de una hora, la puerta se abre.

V

Entra de nuevo el policía de la biznaga en el bolsillo. Esta vez sin carpeta ni papeles. Se sienta y lo mira a los ojos. Dani le corresponde con una mirada contrita. Empieza a pensar que algo debe haber hecho. No sabe muy bien qué. Pero algo ha hecho, sin duda. No puede pensar con claridad. Hace demasiado calor. Su mente se nubla. Sus recuerdos se embrollan. El agente le ayudará a hacer memoria. Y luego está esa presión en el vientre. Debe concentrarse en seguir apretando con fuerza el esfínter.

 ―Señor M…, lleva usted viviendo en nuestro país tres meses y medio. ¿Considera que este país lo está tratando bien?

―Sí… no tengo queja ―musita con voz temblorosa, apenas audible.

― ¿Cómo dice?

― Muy bien ―se esfuerza en recalcar― Me tratan muy bien.

―Me alegra oírle decir eso ¿sabe usted? Nos esforzamos porque la gente como usted, que es quien es y viene de donde viene, se encuentre como en casa. Ustedes en su país harían lo mismo, ¿no?

―Por… supuesto.

―Señor M…, disfrute de su estancia. Haga turismo. Hable con la gente. Pero con la gente de bien. ¿Me comprende? Sabemos que algunos elementos indeseables se le han acercado y le han contando historias grotescas sobre nuestro presidente, sobre la policía… Lo hemos traído aquí para advertirle que no es bueno para usted ese tipo de compañías. No le  van a hacer la vida más placentera, todo lo contrario. Y sería una pena.

―No se preocupe, le doy mi palabra de que no volverá a ocurrir.

―Así me gusta. Estábamos seguros de que usted iba a ser una persona razonable. Su casero nos lo aseguró. Y por supuesto en su embajada están al corriente de su visita. Tenemos buenas relaciones con la policía de su país.

El olor de los jazmines del policía le da un toque agridulce al fétido ambiente de la sala. Su vientre ha acabado por ceder y una cataplasma de heces se extiende por sus nalgas.

El policía se acerca la biznaga a la nariz, se levanta y se aproxima a la puerta.

―Puede irse a su casa.

―Agente…

―¿Sí?

―No…nada.

Al salir, una dulce brisa besa sus mejillas. El frescor de la noche lo aguarda. Siente una mezcla de alivio y vergüenza. No puede evitar fijarse en el barquito del escudo que preside la fachada y en las tres nuevas palabras que ha aprendido.

«Orden, Libertad, Justicia».

Toulouse, mayo de 2015

Federico Melis

Palma, 1967. Licenciado en Historia Antigua, ha vivido, por razones profesionales, en Túnez, Italia y Francia, país donde reside desde 2004. Algunos de sus relatos han sido recogidos en antologías.