El pasado 8 de enero se clausuraba en el Museo Reina Sofía de Madrid la exposición Neue Slowenische Kunst (Nuevo Arte Esloveno). La muestra nos sumergía en el brutal periodo vivido en Yugoslavia durante la última fase la Guerra Fría, que son, a la vez, los últimos coletazos de los eslavos del sur unidos bajo una misma bandera.
Y todo comenzaba con un final, con un «Tito ha muerto» que no deja de resultarnos inevitablemente familiar.
Tras un funeral, al que asisten representantes de ambos lados del telón de acero, un grupo de artistas multidisciplinares se mete en el berenjenal de retratar a su manera tales intensidades y así surge uno de los colectivos artísticos más subversivos, intimidantes e incisivos de los últimos tiempos, Neue Slowenische Kunst. Su misión, según sus propias palabras, era conseguir, ni más ni menos, que el mal perdiera su valor.
Según la tesis de que «todo arte está sujeto a la manipulación política, excepto aquel que se sirve del mismo lenguaje que esa manipulación» decidieron tomarse a los regímenes políticos totalitarios; al nazismo, al comunismo y al capitalismo que ya asomaba por allí la patita; más en serio de lo que estos mismos regímenes se tomaban a sí mismos y ser más papistas que el Papa.
Y sí, el capitalismo es considerado aquí un régimen totalitario más y Laibach, el grupo musical integrante del NSK, pone blanco sobre negro preguntándose si acaso los dirigentes políticos actuales, los directivos de grandes corporaciones, los criminales de cuello blanco que pasean por Wall Street o la City de Londres tienen las manos más limpias que las de los lideres totalitarios.

Su estrategia fue la de adueñarse de la estética militar característica del nazismo, también de los símbolos ortodoxos y de la mitología yugoslava y con una cuidada estética y una puesta en escena extremadamente estudiada se pusieron manos a la obra y transformaron los éxitos musicales de los Rollling Stones en himnos nacionales o marchas militares.
La sobreimpresión de un pene cuando proyectaban imágenes del recién fallecido Tito, en una performance en la Bienal de Zagreb, llevó a la prohibición de las actuaciones del grupo durante un par de años, pero creo que se puede afirmar sin miedo a equivocarse que la buscada provocación de Laibach alcanzó su punto culmen en 2015, cuando ofrecieron un concierto ante dos mil espectadores en Pyonyang, la capital de Corea del Norte. Los miembros de Laibach protagonizaron así una de las hazañas más bizarras de la historia del rock and roll y, de paso, el primer concierto de este estilo en el país asiático. Tal pericia puede ser visionada en el documental del director Morten Traavik titulado Liberation Day.
La NSK es un colectivo de colectivos Laibach, Irwin y el Teatro de las Hermanas de Escipión Nasica (también conocido como Gabinete Cosmocinético Noordung) sin que se lleguen a conocer grandes individualidades, siendo así consecuentes con su crítica a la vanidad del genio del romanticismo. Solo la figura del hoy popular filósofo esloveno Zizek ha salido del casi anonimato que rodea al restos de sus miembros. Zizek siempre ha respaldado a Laibach cuando estos han sido acusados de fascistas por quienes se muestran ofendidos por su utilización de la estética y de la parafernalia nazi. Sale en su defensa mostrándolo como un fantástico ejemplo de sobreidentificación, ya que no se trata de hacer una parodia del nazismo, sino de sobreactuarlo para así denunciarlo.

«Para aclarar la manera en que este desnudamiento, esta escenificación pública de la esencia fantasmática del edificio ideológico suspende el funcionamiento normal de este edificio, recordemos un fenómeno de cierta manera homólogo en la esfera de la experiencia individual. Cada uno de nosotros tiene rituales privados, frases —apodos, etc.— o gestos usados solo dentro de los círculos más íntimos de parientes o amigos cercanos; cuando estos rituales se vuelven públicos, su efecto es necesariamente de bochorno y vergüenza, uno desea que se lo trague la tierra».
Si Laibach se encargaba de la música, Irwin lo hacía de las artes plásticas. El colectivo se constituyó en 1983 por cinco estudiantes de arte que compartían su gusto por la escena punk y grafitera de Ljubljana, la capital de Eslovenia. Junto con Laibach, crearon una escena alternativa alrededor de la galería Skuc y la discoteca FV. Su concepto artístico se basaba en la apropiación y reinterpretación de obras históricas del arte esloveno y mundial sin ser fieles a un único estilo.
El tercer colectivo integrante del NSK era el Gledališče sester Scipion. Cubría las artes escénicas y se fundó en 1983. En su manifiesto, con obsolescencia programada, fijaban su autodestrucción en 1987. Su principal objetivo era reactivar la escena teatral y para ello el grupo lanzó un programa de tres fases (Underground, Exorcism y Retro Classics) en las que investigó las relaciones entre las artes, la religión, el estado y el ritual.

