La serie exclusiva de Netflix equilibra drama y suspense para contar la historia de una familia muy particular. Un entramado de relaciones complejas, silencios, pactos no cumplidos y recuerdos que acechan a los miembros del clan Rayburn desde el comienzo y no dejan en paz al espectador.

Bloodline series netflix

Una playa que es un paraíso. Una familia que vive en el infierno. Así están dadas las cosas desde el comienzo en Bloodline. Los Rayburn administran un complejo de bungalows en Los Cayos de Florida. Con Sally (Sissy Spacek) y Robert (Sam Sheppard) a la cabeza, son una familia poderosa y respetada por toda la comunidad.

La trama inicia un viaje sin retorno cuando deciden festejar su 45 aniversario de casados y a la fiesta llega Danny (Ben Mendelsohn), el mayor de sus cuatro hijos que había estado ausente por años. El hijo pródigo no es recibido por todos con alegría. Con Danny vuelve el pasado y una oscuridad que parecía enterrada pero que, como las olas del mar, golpea sin descanso.

Los Rayburn son una familia unida. Esta unidad que generaba lazos firmes de confianza entre los personajes se resquebraja con la llegada de Danny.

Algunos intentan sumarlo al círculo, pero el clan tiene códigos y engranajes tan aceitados que siempre lo hacen ver como un extraño. John (Kyle Chandler), el hermano del medio, es un detective con actitud conciliadora que intenta desde el principio amalgamar las diferencias entre Danny, Meg (Linda Cardellini), la única mujer y Kevin (Norbert Leo Butz), el menor, pero principalmente intenta devolverlo al núcleo familiar, roto desde hace años por su propio padre. Parece que John es el único de los hermanos que sabe lo que pasó verdaderamente entre ellos. Un enigma del que nadie habla y todos se encargan de ocultar.

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Kyle Chandler (John Rayburn) and Linda Cardellini (Meg Rayburn) in the Netflix Original Series ‘Bloodline’ || Fuente: Saeed Adyani  © 2014 Netflix, Inc. All Rights Reserved

El argumento avanza a partir de ir mostrando parcialmente una serie de secretos. Así la trama se complejiza y maneja en varios planos. El espectador se entera, casi de inmediato, de lo que la familia tiene que ocultar en el presente, pero desconoce lo que sucedió en el pasado remoto. Al misterio inicial descubierto, le siguen otros que dejan la puerta abierta para que se abran otras historias y se desarrollen los demás personajes.

Bloodline atrapa porque convence. Sus diálogos no son perfectos, pero esa imperfección es lo que les otorga credibilidad y hacen que el espectador se alimente cual voyeur de la intimidad de esta familia; las redes de confianza que se generan y traicionan. Las actuaciones están más cuidadas que los diálogos. Esto provoca un golpe de efecto aún mayor. En ocasiones parece que la brillantez interpretativa de Sam Shepard, la calidad dramática de una botoxeada Sissy Spacek, y el tono equilibrado y sombrío de Ben Mendelsohn estuvieran en las escenas para remontar ciertas mínimas lagunas de guion.

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El dolor del pasado que se tapa con más dolor. Un presente que no puede ser contado. El eterno resplandor de una mente con recuerdos, la de Robert, el patriarca entrado en años que está enfrentado a su primogénito por un odio incurable. Los restos de aquel odio que lo carcomen todo, pero en silencio. Un espeso viaje en que la culpa acompañará a todos y los depositará en las costas de un naufragio: el de sus propias vidas adosadas a la muerte. Las historias secundarias suman al argumento un espacio extra de intensidad.

El pecado en Bloodline es la confesión de lo inconfesable. Una metáfora de Caín y Abel extendida a toda la familia que deberá vivir en el paraíso a pesar de todo, en un intento desesperado por no salir de él.

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