La ciencia política está de moda. Tal vez sea porque la población está más pendiente de lo que pasa en política, por la irrupción de los Iglesias y Errejón o por ambas cosas, pero ahora los politólogos no tienen que dar explicaciones cada vez que dicen lo que son. No “molan” tanto como los médicos o los pilotos –ni mucho menos–, pero pueden significarse orgullosamente en cualquier conversación.

Sin embargo, esto es algo nuevo. Por eso, los politólogos no olvidan la ilusión que les hacía cada vez que la gran industria cinematográfica de Hollywood ponía en el centro de la acción a la ciencia política. Rara vez, pero ha ocurrido.
Como en Primary Colors (Mike Nichols, 1998), en la que un canoso John Travolta recorría Estados Unidos como candidato a unas primarias del Partido Demócrata salpicadas de escándalos sexuales, mientras sus asesores las intentaban tapar. Al mismo tiempo que buscaban la basura del rival. Mientras, su sufrida esposa, encarnada por Emma Thompson, consentía por el bien de la causa. Sólo le faltó a ella ser presidenciable años después para recordar a Bill y Hillary. Ahí se vislumbra una secuela…
Las visiones de Clooney y Redford
También de primarias demócratas trata Los idus de marzo (George Clooney, 2011). Y también de cómo un escándalo sexual puede dar al traste con todo un proyecto político. Sin embargo, hace más hincapié en una cuestión que la película anterior también tocaba: la necesidad de ser inmoral, de bajar hasta las capas más profundas del barro para cumplir los objetivos. No tener ningún reparo en ‘pisar’ a los que fueron compañeros o amigos, dejando los idealismos en segundo plano. Una pena, Ryan Gosling…

En ambas películas se escenifica la ferocidad de las primarias en los dos partidos de Estados Unidos, con largas campañas a lo largo de sus 50 Estados previas a la gran campaña por la Presidencia. ¿Alguien se imagina a Donald Trump y Marco Rubio, juntos, tomando un café tranquilamente?
Por su parte, la idea que se desprende en Leones por corderos (Robert Redford, 2007), es algo que todo el mundo ha pensado en algún momento: la valía de los gobernados está por encima de la de los gobernantes. Esa afirmación se resume en la actitud de un congresista republicano (Tom Cruise), quien en la época más belicista del segundo Bush, quiere destacar ante los medios para colocarse el primero en la carrera a la próxima Presidencia, sin importarle cómo hacerlo. Una política de “el fin justifica los medios” muy propia de Maquiavelo. O de los EE. UU.
Pero al contrario que las dos anteriores, gracias a las conversaciones de Robert Redford y Andrew Garfield, deja el regusto de esperanza de que las nuevas generaciones pueden hacer las cosas de otra forma.

La forma, y no del fondo, es el tema principal de La cortina de humo (Barry Levinson, 1997). Dicho de otra manera, la construcción de una distracción que arrastre a la opinión pública cuando la actualidad apunta a los aspectos más negativos de un político y su gestión.
En la película es una guerra completamente inventada, pero en la realidad tenemos ejemplos de todo tipo. Desde una ley más restrictiva con la inmigración, pasando por una deriva independentista o hasta un ridículo conflicto diplomático. Eso sí, el enemigo siempre tiene que venir de fuera. Sin duda, un ejercicio magistral de politología oscura la que representan De Niro, Heche y Hoffman.
Pero no todo han sido películas en color, ni películas tan intensas y descaradamente políticas. La genial Uno, Dos, Tres (Billy Wilder, 1961), se mofa de un momento tan complejo como el inicio de la Guerra Fría en un Berlín todavía sin muro. Y lo hace desde la perspectiva de una marca supranacional como Coca-Cola, cuyos intereses aparecen como una cuestión de Estado para USA. Algo que no es exclusivo de la ficción, ni tampoco de la primera potencia mundial.

Al mismo tiempo hace una sutil crítica, que podría ser premonitoria de la terrible crisis económica global de los últimos años, con una sola frase: “No llevo ni una hora como capitalista y ya le debo 10.000 dólares”.
Cinco ejemplos, cinco películas. Podrían ser alguna más, pero no muchas más. Y siempre representando al profesional de la política desde un prisma negativo. No es factible que algún guionista o escritor se imagine a un politólogo salvando el mundo con El Leviatán en una mano y El contrato social en la otra. Aunque ya lo hicieron con un simbolista, demostrando que la industria hollywoodiense hace un héroe de cualquier profesión.

