• Joder, qué cosa más rara –digo mirando la última obra de la sala.
  • Oye –exclama Sara, ofendida solo a medias–, que no estamos solos.

La idea de visitar el museo no ha sido mía, ha sido de Sara, siempre con aquel toque esnob: que si ahora esta peli, que si ahora esa exposición. Frente a mí hay una estatua o escultura o lo que sea, con una forma esférica de la que salen diferentes protuberancias, semiesféricas o cónicas. En la parte superior, donde la bola se aplana ligeramente, hay un agujero redondo del tamaño de una pelota de tenis, como un ojo vacío. Y al fondo, detrás de la escultura, está el cuadro que la acompaña. «Mujer y paisaje», dice el cartelito bajo la obra.

Yo no veo ni a la mujer ni al paisaje. La pintura parece hecha con colores infantiles, hay un cuadrado verde, una redonda amarilla, un triángulo naranja y una figura irregular negra. Salen rayas perfectamente rectas a todos lados, como si del centro emanara un poder místico o vete tú a saber qué. Inclino la cabeza hacia la izquierda para ver si identifico algo, pero nada, solo he conseguido que el cuadrado parezca un rombo. Inclino la cabeza hacia la derecha, como un perro poniendo cara de pena, pero entonces la teórica mujer me tapa el triángulo del teórico paisaje. Resoplo. Sara me da un codazo suave y repite: «Para ya, no estamos solos», justo antes de separarse de mí para ponerse a hablar con el comisario de la exposición y el artista, a los que conoce y que me presentó un día cenando en un restaurante chic de platos minúsculos y precios enormes.

El primero de ellos es uno de esos personajes de lo más cool, que parecen llevar un cartel de su modernidad, cada gesto, cada expresión, cada palabra, llama a su «qué in estoy». Todo un poco artificial, pienso. De hecho en este mundo todo me parece artificial, está de moda ser artificioso. El artista es un artista con todos los tópicos y arquetipo de manual: cabellera despeinada, casi sucia, barba de pocos días, gafas de pasta y pose de persona tímida, aprensiva, encerrada en su arte. Sara, con su boina francesa (¡qué guapa está con su boina francesa!), el cabello castaño largo y sus maneras alegres, parece de otro hemisferio. De otro planeta no, pero de otro hemisferio sí. A ella le encanta aquella gente, o eso dice, y les pone mil apelativos y adjetivos en inglés.

En toda la exposición hay exactamente tres cuadros, cuatro esculturas, diecisiete fotografías y una serie de bocetos, poemas y escritos enmarcados, así como «cartas del autor» a otros artistas o presuntos artistas. He tenido tiempo de contarlo cuatro veces. De los cuadros, el abstracto que miro ahora es, para mi gusto, el único que salvaría de una quema y eso que ni lo entiendo ni me llama la atención. De las esculturas, la única que no merece el calificativo de «simple piedra golpeada con un martillo» es también la que contemplo ahora, la de la teórica mujer, hecha de mármol negro. De todas las fotografías, entre las de caca de perro (¿son cacas de perro?), gatos atropellados en la carretera y las de sillas, me quedo con una de las sillas. Una foto en color de una silla roja en el centro de un espacio blanco. De los bocetos y poemas y cartas, si de mí dependiera, todos a la hoguera.

Vuelvo a suspirar, sonoramente, ni siquiera hay canapés, esto no se lleva, pero para mí sería más liviano. Seguro que algunos de estos pseudointelectuales de segunda tiene coca en las fosas nasales. El verdadero artista debe morir joven, de sobredosis en la bañera de un hotel. El autor de la exposición podría haberse decantado por cualquier posibilidad de suicidio antes de exponer nada. Así ahora estaría haciendo un vermú en cualquier terraza agradable del barrio.

Después de mirarme el cuadro y la escultura durante más de veinte minutos, me doy cuenta de que las líneas rectas que salen del centro de la pintura están hechas con rotulador permanente y que, en cada esquina, hay con puntillismo, las siluetas de mujeres desnudas. O quizá me traiciona el subconsciente. Viendo que Sara tiene para un rato y que, efectivamente, no hay nada para picar ni para beber, pongo el ojo izquierdo, el bueno, a la altura del agujero de la parte superior de la escultura y miro el cuadro desde allí. Me aburro mortalmente. ¿Qué hago en una exposición de arte contemporáneo un sábado al mediodía?

Si no fuera porque no influiría en nada, le diría al supuesto artista que el próximo día se fotografiara el ano, pintara su propio cuerpo en descomposición o probara la resistencia del mármol contra su cabeza, que todo eso es una tomadura de pelo y que ni ha tenido el detalle de hacernos tragar la angustia de estar allí con un triste Martini, unas tostaditas con salmón o una bandeja de rayas de cocaína.

Sara me mira y me sonríe, viendo que estoy empezando a ponerme nervioso y con la mano me señala «cinco minutos». Si no fuera por las escenas de cama y por el amor que va creciendo de mí hacia ella de forma involuntaria, me largaba. La otra noche me llevó a ver una película rusa de tres horas y cuarto, evidentemente subtitulada, en las que un tío supertriste va describiendo los lugares por los que pasa caminando, en un pueblo de Siberia o un barrio de Moscú, me perdí al cabo de unos minutos. Al menos, mientras se proyectaba la película, pude acariciar la pierna de Sara, cada vez más arriba, hasta que la masturbé suavemente. Me puse tan cachondo (las piernas de ella tienen un tacto especial, mágico, y su sexo, en la exaltación de poder ser descubiertos, pareció vibrar más que nunca) que las pasé putas para entender las letras de los subtítulos durante lo que siguió de filme. Sara se quedó suficientemente relajada como para ni plantearse devolverme el acto.

Hago un cambio de ojo, poniendo el derecho, el malo, en el agujero de la estatua. Allí, me parece adivinar que las formas geométricas están unidas por unos discretos hilos de color dorado o amarillo o anaranjado claro, entre ellas, formando al mismo tiempo una nueva figura, un pentágono. El mármol negro tiene un olor curioso, como si hubiera sido barnizado. Vaya, recordar la escena del otro día en el cine me ha activado. Si ahora me levanto se me notará la erección. Tengo que pensar en operaciones macroeconómicas y así se me pasará.

  • ¿Qué, te gusta? –me pregunta de repente el artista. Tras él está el comisario con expresión burlona.

Se dirigen a mí para demostrarme que no soy como ellos, que no sé de arte. La cara de Sara, al lado del segundo de ellos, me pide disculpas.

  • ¿Podrías decirnos qué ves? Una interpretación libre –dice el tipo.

Al comisario se le escapa una risilla. Toso teatralmente y le complazco:

  • La mujer a la que hace referencia el título es, desde luego, la escultura y, el agujero en ella es el sexo, situado en la cabeza para indicar que ellas también tienen el sexo en mente. Las diferentes protuberancias que tiene la escultura simbolizan la importancia que se da a las formas del cuerpo femenino y el artista las cambia de lugar y las deforma para denunciar la visión machista y a la sociedad que ha permitido la banalización del cuerpo de la mujer, perjudicando la verdadera belleza. Por lo que respecta al cuadro, o sea al paisaje, hay dos visiones posibles a mi modesto entender: una desde el exterior, tal y como estamos nosotros ahora, la otra desde el interior, esto es, desde el sexo de la mujer, mirando a través del agujero. En el primer caso, a pesar de ver la globalidad de la obra, esto nos impide centrarnos en los detalles del paisaje, que simboliza lo cotidiano; en el segundo caso, podemos centrarnos en los matices del paisaje, como las líneas que unen las figuras geométricas. Me atrevo a conjeturar lo que el autor quiere decir con esto y es que toda la vida, para poder ser contemplada en todos sus sentidos, debe mirarse desde un punto de vista global, pero sin perder nunca la existencia de la subjetividad y, es más, en este caso, el hecho de que la vida es gracias a la figura femenina, a la mujer.

Doy unos pasos para atrás y sin dejar que nadie replique, continúo:

  • Si nos alejamos un poco, se puede observar cómo el mármol negro, que parece contagiar frialdad, es el centro de toda la obra, envuelta por las diferentes figuras geométricas que forman un todo, por eso la línea dorada que las une, pero que son únicas a su vez, razón por la cual están pintadas en colores brillantes y básicos. Evidentemente las líneas que salen del centro son la energía que emerge del nacimiento de la vida, de la mujer como centro de esta vida, como luz, como Sol. En sí, sin embargo, la obra me parece una auténtica estupidez y, además, no han servido canapés.
Send this to a friend