Ensayando a Montaigne

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Si Michel de Montaigne (1533-1592) levantara hoy la cabeza y observara estos tiempos revueltos, probablemente recordaría una de las citas grabadas en el techo de su biblioteca, una frase del latino Plinio el Viejo:

Solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius aut superbius.

(No hay nada cierto más que la incertidumbre, y nada más miserable y más soberbio que el hombre.)

Seguiría entonces el lema que acuñó en sus monedas (pues era noble y con posibles): Je suspends (yo me abstengo). Esta sentencia acompaño en vida al escritor, humanista y filósofo francés. Vivió en una época convulsa y violenta, con una Francia inmersa en  las guerras de religión. Con 38 años decidió retirarse de una activa vida pública (amigo del rey, dos veces alcalde de Burdeos);  se instaló en su castillo y  en la biblioteca de su torre, rodeado de libros, se dedicó a leer a los clásicos, escribir y pensarse.

Michel de Montaigne. | Fuente: Wikimedia

Sus amigos los clásicos

Montaigne creció en latín. Le criaron en esta lengua (hasta los seis años no le empezaron a hablar en francés). Teniendo en cuenta que con esa edad ya había leído Las Metamorfosis de Ovidio, es lógico que, en su madurez, citara a los clásicos como quién usa el refranero popular.

Con estos antecedentes, cualquiera temería que la obra del francés sea un tocho de mucho cuidado.  No del todo. No se puede negar que los volúmenes de su obra no son precisamente finos (107  Ensayos ocupan su espacio). Sin embargo, su contenido resulta accesible y fresco. Montaigne, si viviera en los tiempos presentes, escribiría columnas de opinión y le llamarían de los medios para ejercer de tertuliano.

Y es que fue una figura, que a caballo entre el Renacimiento y la Edad Moderna, inauguró un género profundamente actual: el ensayo. Ensayo, prueba, tentativa; la antítesis de la opinión dogmática.

Ensayándose

He aquí la modernidad de su propósito y la razón por la que sigue siendo una buena propuesta tener sus Ensayos como lectura de cabecera. ¿Qué mejor objeto de estudio y reflexión que uno mismo? “Yo mismo soy la materia de mi libro”, avisa en el prólogo. Escribir sobre uno mismo, y desde uno mismo sobre todas las cosas. Y así, escribir sobre la condición humana.

También en el artesonado de su biblioteca puede leerse esta cita del poeta latino Terencio:

Homo sum, humani nihil a me alienum puto, (Hombre soy; nada humano me es ajeno)

vigas de la biblioteca en el castillo de Montaigne. | Fuente: Mcleclat, Wikimedia.

 ¿Es él, Michel de Montaigne, el tema central de sus reflexiones? En absoluto. Los 107 ensayos de Montaigne tratan todo tipo de temas: desde asuntos trascendentales (Libro 1º. XX: “De cómo filosofar es aprender a morir”) a los más aparentemente nimios (Libro 1º.LV: “De los olores”).

Comparte su erudición como quien narra las anécdotas de un amigo.  Por ejemplo, cuando en el capítulo “Observaciones sobre los procedimientos de hacer la guerra Julio César”, valora las campañas bélicas del romano y el estilo de gestión de sus tropas. Siempre lo hace desde sí mismo, con su propia voz. Opina, pondera; describe de manera sencilla eventos históricos de la antigüedad, y los salpica de acertadas citas.

Escéptico y relativista

Montaigne, humanista, inaugura el sujeto moderno, aunque el YO de sus ensayos sea escéptico y distanciado, que no distante. Desde su atalaya bibliófila no niega, (pues no es un nihilista), pero sí duda.

Que -je-sais? (¿qué sé yo?) fue su lema. No hay respuestas concluyentes a las preguntas que le acucian. Todo lo más, respuestas más plausibles. No niega la verdad, pero desconfía de su capacidad para poder aprehenderla. Y al dudar de sí mismo, habla de la condición humana, de la capacidad individual para alejarse de lo establecido y ponerlo en suspenso.

Así hizo, por ejemplo, en uno de sus ensayos más famosos: “De los caníbales”, en el que criticaba la supuesta civilización europea frente a la barbarie de los habitantes del Nuevo Mundo, poniendo en duda quién de los dos eran más crueles y más civilizados. Stefan Zweig, en su biografía del bordelés, apuntó:

“Montaigne nos ayuda a responder a estas singulares cuestiones: ¿Cómo permanecer libres? ¿Cómo mantener la insobornable claridad del espíritu frente a las amenazas y peligros del fanatismo? ¿Cómo preservar la humanidad de nuestros corazones en medio de la bestialidad y de la barbarie?”

Guía de lectura

Probablemente la mejor manera de disfrutar con esta gran obra de la literatura es, al igual que hizo su autor en ella, no actuar con premeditación. Elegir un ensayo cualquiera y comprobar como sus reflexiones siguen siendo válidas. Es lo que tienen los clásicos, que no se agotan.

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