El viral Harlem Shake. La gastronomía tradicional de otra cultura, “descubierta” y reivindicada por chefs blancos. El bindi como accesorio de moda en los festivales del verano. Marc Jacobs y sus modelos blancas llevando las rastas a la semana de la moda de Nueva York. Katy Perry y su popurrí visual panasiático. Todos ellos son ejemplos de una controversia que comenzó a debatirse en Estados Unidos: apropiación cultural. La polémica ha continuado en 2017. Un ejemplo: la adaptación cinematográfica de Ghost in the Shell. Otro: el yellowface de Karlie Kloss en la edición de marzo de Vogue US.

El tema, es obvio, no pierde actualidad. La razón es sencilla: está estrechamente vinculado a cuestiones que, en pleno siglo XXI, se mantienen candentes. Cuando la exploración de otras culturas se enturbia, aparecen palabras que nadie querría oír aplicadas a sus actos: aprovechamiento, desconocimiento, racismo. ¿Qué es la apropiación cultural?
Apropiación y apreciación
Apreciar elementos culturales ajenos a la tradición, raza o nacionalidad propias nunca dejará de ser un rasgo positivo, y menos en la época actual. Internet y los avances tecnológicos han reducido distancias y ofrecido plataformas de expresión. En una era en continuo cuestionamiento de tabúes y fronteras, arte y moda ocupan la vanguardia de la experimentación visual. El interés por lo remoto se hace igualmente palpable en la oferta urbana de ocio y gastronomía.

Aventurarse fuera de la identidad propia es un acto que habla de la inquietud intelectual del ser humano. Su mejor recompensa está en la fascinación ante una vestimenta, un sabor, un lenguaje, un pueblo. Su mayor peligro, en una visión reduccionista que cosifica la cultura observada y la vacía de significado e historia. Un caldo de cultivo ideal para que una cultura, frecuentemente dominante, usurpe los elementos de otra, a menudo en situación de desventaja.
Cuando unos ganan y otros (se) pierden
Y es que la dominación y el privilegio son claves en el debate de la apropiación cultural. Cuando Kylie Jenner, blanca, llevó rastas, se consideró que mostraba una belleza natural y provocativa. Cuando Zendaya, actriz, cantante, bailarina y modelo de color, hizo lo propio en los Oscars de 2015, la reacción fue otra. Giuliana Rancic, presentadora del espacio Fashion Police, comentó que su pelo “debía oler a marihuana”.

Cuando todavía quedan quienes responden al movimiento Black Lives Matter con un fallido “todas las vidas importan”, la estética puede parecer superflua. Pero la estética es parte de la identidad. La de la comunidad negra, junto a su profesionalidad y su existencia, se ven cuestionadas a través de lo que el privilegio convierte en una mera moda para otros.
Estereotipos, usurpación y desigualdad afectan a otros pueblos y razas cuyos símbolos se venden sin beneficiarles. Así, Urban Outfitters suscitó las iras del pueblo navajo al hacer caja con artículos inspirados en las tribus nativas americanas. En su blog Intersectional Analyst, Lorraine Chuen alude a la problemática de las gastronomías “étnicas” con rigor e información. El reconocimiento y popularidad de la cocina diaria de distintas etnias, explica Chuen, depende a menudo de chefs y “expertos” blancos.
Literatura y arte no escapan a la polémica. The New York Times recogía este verano la caída en desgracia de tres editores canadienses a raíz de sus controvertidas declaraciones al respecto. La misma controversia que no abandona a la artista Dana Schutz tras la exhibición de su cuadro Open Casket en la Bienal de Whitney 2017.
Código de conducta preventiva
Hay, por supuesto, quien cuestiona la validez del propio concepto de apropiación cultural, máxime cuando atañe a las esferas creativas. Sin embargo, negarse a reconocer parece tan erróneo como el viejo argumento de “no ver razas, solo seres humanos”. La realidad actual es, desgraciadamente, bien distinta de la hermosa utopía de un mundo sin discriminación, estereotipos o dominación. Las fronteras históricas del intercambio y transformación cultural son borrosas, pero continúan los ejemplos de ofensa y equivocación.

Afortunadamente, discernir entre apreciación y apropiación cultural es un ejercicio accesible para todo aquel dispuesto a reflexionar. Las definiciones del concepto hacen hincapié en la “falta de permiso” a la hora de usar la cultura ajena. Este es un buen punto de partida. Cuando no se tenga a mano ese comodín, existen otras herramientas útiles. ¿Tiene un significado religioso la prenda que se quiere llevar? ¿Se conoce verdaderamente el elemento cultural que se reivindica como “inspiración”? ¿Qué bolsillos se benefician del consumo? ¿Se está ofreciendo crédito al incorporar lo ajeno a la expresión creativa? ¿Cuáles son los efectos de esa creación?

Un ejemplo (más o menos) claro: en el mundo del cosplay, asumir un personaje de otra etnia no tiene por qué ser un problema mientras el color de piel no se incorpore al disfraz.
La subjetividad, ciertamente, no está exenta por completo en el debate. Distintas personas contemplan un mismo caso desde distintos ángulos. La sombra de la apropiación cultural es, sin duda, alargada. Un cóctel de prudencia, sentido común, honestidad y reflexión, sin embargo, puede ayudar a sortearla.

