“En arte es difícil decir algo mejor que no decir nada”. La frase es de Wittgenstein y su grado de contundencia resulta acorde con el de la desazón que provoca en el lector. El pensador vienés sabía bien que los problemas que le quitan el sueño al ser humano son, entre otros, los estéticos y no, por ejemplo, los científicos. Estos pueden despertar su interés, pero no llegan a apresarle con esa fuerza con la que logran volverle literalmente loco esos otros problemas que, a fin de cuentas, son solo uno: el del sentido de la vida. Una cuestión que no se juega en el terreno de la ciencia sino en el del arte, la ética y la religión.

La distinción decir/mostrar

Al tomar la decisión entre hablar de arte o guardar silencio puede resultar de ayuda la distinción entre decir y mostrar, pues permite realizar un llamado al silencio y al mismo tiempo reivindicar el discurso. Lo que puede “decirse” es todo aquello que puede ser verificado. Por lo general, todo lo que pertenece a la esfera de la ciencia natural, todo lo que tiene sentido, lo susceptible de ser verdadero o falso. Por ejemplo, el hecho de que en este momento llueva, el hecho de que en una sala de estar haya un rinoceronte o el hecho de que durante las sinapsis dos neuronas se transmitan impulsos nerviosos.

Al observarse el fenómeno, se decide si lo que se ha dicho acerca de él es verdadero o es falso, es el caso o no es el caso, como se diría en el ámbito de la lógica. Por otra parte, “mostrar” es algo distinto, aunque en principio difícil de definir justamente porque es indecible. Si se ha definido lo decible como aquello susceptible de ser verdadero o falso, lo mostrable, por tanto, no tendrá esa posibilidad.

Si alguien dijera que Guayasamín es mejor pintor que Remedios Varo y pretendiera sentar la verdad de su juicio, siempre se le podría replicar que eso no es ni verdadero ni falso. En todo caso sería un juicio valorativo que tiene que ver más con su parecer, con su gusto o con sus filias y sus fobias, que con una descripción objetiva de la realidad. Entonces ese alguien diría que la objeción no puede impedirle reafirmarse en sus palabras ni seguir hablando de Guayasamín y de su obra. Ya no lo haría en términos de verdad y falsedad, pero tampoco usando palabrería vacía, como algunos podrían sentirse tentados a creer, sino comunicando mucho más, mostrando más de lo que pudiera haber simplemente dicho.

Por ello, como decía Wittgenstein, no es ocioso aseverar que en el hipotético caso de que algún día la ciencia pudiera llegar a resolver todos sus posibles problemas, los auténticos problemas del ser humano, aquellos que apasionan y aprisionan de verdad permanecerían intactos, inmodificados siquiera en su superficie. Hablar de estética, arte u otros temas valiosos con pretensión de verdad o falsedad, usando argumentos al estilo del científico, y así tratar de enfundarnos esa vestimenta dogmática del discurso que cree poseer la verdad, no es más que transitar por un camino de ceguera y cometer un olvido fundamental: el de que la limitación del lenguaje puede ser superada por el propio lenguaje, presupuesto sin el cual todo discurso sobre arte, religión e incluso ética estaría ya viciado de origen.

Palabras, palabras, palabras…

No resulta casual que todos aquellos que adquirieron la conciencia de la existencia de esa esfera de lo valioso inaccesible para el lenguaje acabaron utilizándolo para tratar de comunicar. Buda, una vez alcanzado el despertar, la iluminación, tuvo una duda en el Parque de las Gacelas. La duda no fue otra que callarse o comunicar lo que había vivido. Quiso callarse porque aquello era tan maravilloso que ningún fragmento del discurso podría abarcarlo, pero al mismo tiempo sintió ese impulso por comunicarlo, ya que algo tan excelso no podía ser silenciado, egoístamente encerrado. Buda optó por predicar.

Al inicio del Daodejing, Laozi señala que el Dao del que puede hablarse no es el Dao verdadero. A continuación, se dedica durante 81 capítulos enteros a hablar sobre ese Dao del cual nada podía ser dicho. En el Crátilo, Platón llega a la conclusión de que el lenguaje es un instrumento inválido para conocer la realidad, refutando a naturalistas y convencionalistas.

Con todo, ello no le impidió escribir otro buen número de diálogos para intentar acceder a esa realidad que él postulaba. Asimismo, durante el Romanticismo, Friedrich Schlegel retomó el famoso individuum est ineffabile de Goethe para enarbolar la bandera de la ironía, misma que supone tener conciencia de que el ser humano, la convivencia humana y el universo son tan incomprensibles en su infinitud, que usar algo finito como el lenguaje para comprender ese todo por definición incomprensible no puede provocar otra cosa que risa… Y sin embargo lo hacemos.

Así, Wittgenstein realiza toda una declaración de intenciones al acabar su Tractatus logico-philosophicus con la lapidaria sentencia “de lo que no se puede hablar, es mejor calla”. Piensa hablar de arte todo lo que se le antoje. A la vez, invita a hacer lo mismo, si bien alerta para que no se caiga en la trampa en la que, como ya dijo Kant un siglo y medio antes, caía el metafísico que pretendía llevar su discurso por el camino de la ciencia sin tener en cuenta que se trata de dos áreas distintas.

De ahí que la distinción decir/mostrar resulte de capital importancia para entender este sentido del discurso en torno al arte, del discurso estético como un discurso que sólo tiene validez si trasciende el  o  propio de la ciencia. De hecho, la distinción decir/mostrar marca la diferencia entre lo que puede ser expresado y lo que no, con la puntualización de que lo que no puede ser expresado puede ser mostrado incluso callando, pero también a través del lenguaje.

Es menester tener muy presente que en el Tractatus se ofrece una solución al enigma de la vida, a lo que es indecible. La sorpresa es que Wittgenstein logra decirlo, lo que lleva inmediatamente a preguntarse por el estatus del discurso. Aunque la imagen de la escalera usada en el Tractatus es buena, con ella el problema del discurso no queda cerrado. Porque la obra, a pesar de no hablar de ciencia natural, está escrita, de ahí que o se abre el ámbito del mostrar al lenguaje o no tiene ningún sentido escribirla. De hecho, si se entiende el mostrar como un acto de tipo no lingüístico, el Tractatus no cabe ni en el decir ni en el mostrar.

En busca de la palabra mágica

No cabe aquí entrar a hablar de representaciones sinópticas, de ver conexiones, de percibir figuras ambiguas, de dimensiones interpretativas, de definiciones suplementarias y de los famosos parecidos de familia, conceptos clave en el pensamiento del llamado segundo Wittgenstein. Sí es posible señalar que la comprensión estética se juega en una dimensión diferente, iluminada por algunos conceptos que en un principio parecen no decir nada, pero que empleados de determinada forma adquieren una significación más allá de cualquier significación meramente descriptiva.

Cuando se dice, homenajeando a Rimbaud por aquello del color de las vocales, que el inicio de la Sinfonía India de Carlos Chávez es como la lírica de una multitud de pájaros coloridos revoloteando por el cielo, uno no se limita a dar una mera descripción ni de los acordes que abren la composición mencionada, ni del plumaje de las aves que vuelan por el cielo. Lo que se procura es dar un salto hacia otra dimensión, no desconocida pero sí mucho más profunda. En ella lo que está en juego no es una simple descripción de un estado de cosas sino el valor, aquello que tiene que ver con el sentido de la vida y del mundo en su totalidad, no desmembrado en sus parcialidades.

A raíz de ello surge la cuestión sobre si sería válido en el arte callarse y no decir cualquier cosa. El silencio puede resultar mostrador de mayor valor que decir cualquier cosa. Esto no implica que no exista alternativa, siempre que la opción no sea, por ejemplo, el uso cualquier analogía al hablar de arte. De lo que se trata es de dar un salto a otro nivel del discurso en el que poder hallar unas analogías más adecuadas que otras para expresar lo que se pretende. En el ámbito del lenguaje lógico-proposicional resultaba evidente que guardar silencio era mejor que decir cualquier cosa, pero ahora ya no. A pesar de que tener la sospecha de que no se debería decir nada, algo impele a hablar. Pero ese impulso tan vivo, tan poderoso, no puede ser defraudado usando lo primero que venga a la cabeza, sino como diría el poeta Eichendorff, encontrando la palabra mágica que haga cantar al mundo.

A pesar de su invitación al silencio, el filósofo austriaco no dejó de hablar, en toda su vida, de aquello a lo cual precisamente se refería con «aquello de lo que no se puede hablar». Sabía que hay un hablar diferente, un hablar que extiende sus tentáculos para tratar de acariciar horizontes en retirada que son los que mantienen a salvo al ser humano del ámbito de las cosas que el lenguaje captura y aquieta sin demasiado encanto. Hablar sobre lo que no se puede hablar, hablar sobre lo que parece inalcanzable, hablar sobre círculos con innumerables grietas, hablar, justamente, sobre esas grietas… hablar sobre lo que, en sentido estricto, se debiera callar.

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