«Más allá del arco iris» de Juvenal Eduardo Torres Domínguez

Por primera vez llego temprano. Hay un anuncio dando a conocer el horario de reuniones del grupo de autoayuda, es discreto pero funcional, como todo aquí; lo único llamativo en él es un pequeño arco iris dibujado en un extremo. No hay nadie en el salón aún, pero todo está preparado ya; el escritorio, la tribuna en su sitio, las sillas en semicírculo. Me siento al extremo izquierdo con la esperanza de ser el último en hablar en las deliberaciones. El arco iris del anuncio está en mi cabeza dando vueltas incesantemente.

No sé si fue ella misma la que me lo contó, pero en mi infancia escuché, y por mucho tiempo llegué a creerlo de verdad, que al final del arco iris había un tesoro escondido. Un día la curiosidad infantil me llevó a preguntarle:

-Mamá, ¿qué hay más allá del arco iris?

-Nada. -fue su parca y distraída respuesta, la cual me dio sin siquiera levantar la mirada de lo que estaba haciendo. Lo medité un momento.

-¿Nada, mamá? -repregunté con su respuesta en tono de asombro.

-¿Nada de qué? -preguntó esta vez ella, mirándome con el cuchillo en una mano y la papa que estaba pelando en la otra.

-Que si no hay nada más allá del arco iris -le aclaré.

Frunció el ceño en gesto de fastidio.

–No, no hay ni mierda, ni un más allá ni un más acá. Él solo está y a veces no; y cuando no está, solo hay lo que siempre ha estado allí. Nada cambia, y anda a hacer algo que sirva en vez de estar jodiendo aquí, preguntando pendejadas.

Me fui. Sabía interpretar muy bien por experiencia cuándo el tono y las palabras indicaban que no la debía contrariar más de lo que habitualmente estaba. Concluí, pues, que más allá del arco iris solo estaban las montañas y comencé a preguntarme, entonces, qué había más allá de las montañas. Ella continuó cocinando ese día y muchos otros, haciendo lo mejor que pudo su papel de madre en medio de sus frustraciones de mujer; me enseñó a leer, aún antes de asistir a la escuela, y muchas otras cosas útiles como lavar mi ropa y cocinar, las cuales me fueron de gran ayuda cuando la vida me llevó más allá de las montañas que rodearon mi niñez.

Ahora ya crecí. Contemplé sin descubrir otras montañas y perseguí sin alcanzar otros horizontes. Mamá se alegra mucho cuando la llamo, aunque la verdad, la mayoría de las veces es ella la que llama. Porque ahora soy yo el que lucha por sobrevivir, equilibrando mi maltrecha humanidad entre anhelos personales, deberes familiares y sociales, sueños inconclusos y dolores escondidos; atrapado en el vertiginoso torbellino de frustraciones de un mundo adulto en el que no hay espacio ni tiempo de hablar de arco iris, mucho menos de buscar tesoros escondidos, y ese niño que un día fui, permanece agazapado en algún rincón de mi alma, hilvanando sueños y preguntas sin respuesta.

Comienzan a llegar mis compañeros. Es mi sexta reunión. Te recomendamos venir a seis reuniones seguidas por lo menos, antes de decidir si sigues el programa, me dijeron la primera vez que vine. La ansiedad comienza a apoderarse de mí.

Estas últimas semanas he intentado en vano poner en orden mis recuerdos y sucumbido ante la frustración generada por la imposibilidad de hacerlo. A pesar de que el pronombre posesivo «mis», presupone la total posesión de ellos, la realidad es muy distinta. Ellos nos poseen, se apoderan de nosotros, toman el control. Tanto hemos escuchado que recordar es vivir, que ya no damos justa consideración a la profundidad de esa popular afirmación. Por experiencia puedo afirmar que los recuerdos viven por sí mismos, tienen autonomía, voluntad propia; si no, cómo se explica que a veces me esfuerce en recordar sin conseguirlo… las sabidas respuestas del examen, el número de teléfono tantas veces marcado; en no pocas ocasiones, he enfrentado el embarazoso momento en que se acerca alguien, me saluda por mi nombre, me conversa de experiencias compartidas pero no puedo recordar dónde nos conocimos, cuándo o cómo y, para mayor bochorno mío, ni siquiera el nombre. Otras veces, en cambio, sufro el desgaste emocional que produce el asedio -casi siempre doloroso- de recuerdos que no he convocado.

En medio de esa amalgama de emociones, reconozco que generalmente mi niñez es algo que no me place recordar. El primer día que llegué a una reunión del grupo me sentía muy mal y regresé a casa sintiéndome peor, pues al escuchar el compartir de otros, se abrió en mí, de par en par, la trastienda de los recuerdos. A partir de entonces no han dejado de asediarme los, a veces, torturantes recuerdos de mi niñez.

Tampoco sería justo decir que todos son recuerdos tristes y dolorosos, porque también me llegan ráfagas de esa inocencia olvidada, de los sueños, las fantasías… la fe perdida en algún recodo del camino recorrido hasta mi hoy, y aquella ingenuidad que me hacía temer a las sombras de la noche, pues ellas albergaban multitud de espectros, brujas, duendes, vampiros. Esa ingenuidad que inspiraba mis temores nutría también mis ilusiones y esperanzas. Era el eje en torno al cual giraba un mundo en el que todo era posible, desde la certeza real de encontrar tesoros en cualquier parte hasta confiar en quienes me rodeaban a pesar de los frecuentes desengaños, pero sobre todas las cosas hacía posible creer que Dios existe.

Ante esa caravana de recuerdos he reído y he llorado, tal vez porque después de mucho tiempo me permití dejar salir al niño que hay dormido en mi corazón, y es increíble la capacidad de los niños para pasar de la risa al llanto y del llanto a la risa en un parpadeo de emociones.

Ahora ya he crecido, hoy son otros los niños, los que me dicen señor… y hasta viejo… cuando creen que no les escucho. Ya no creo en espectros, duendes, brujas, fantasmas, vampiros, ya no le temo a la oscuridad. En realidad, hay pocas cosas externas que me inspiren verdadero temor. Mis temores de ahora están vinculados a cosas que hay dentro de mí y no fuera. Al crecer cambié la inocencia por la culpa, la ingenuidad por la desconfianza y los sueños rotos y gastados se trocaron en desencanto y frustraciones. Dejé de creer en tesoros escondidos al final del arco iris, porque la ciencia me enseñó que el arco iris es solo una ilusión óptica producto de la luz y el agua, y perdí la fe porque las injusticias de la vida y la maldad de los hombres me llevaron a desconfiar de Dios.

La reunión comienza. Todas las sillas están ocupadas, no ha faltado nadie, converso con ellos, pero una parte de mí hoy está ausente. Ha viajado en el tiempo vivido a explorar insondables regiones de mi alma. Sin darme cuenta apenas, he cruzado la frontera del país  de los recuerdos rememorando los distantes veranos de mi niñez.

El inclemente sol, la fuerte brisa, el terco bajareque que no cesa, acentuando un frio tenaz que entumece el cuerpo; vuelvo a trepar las ramas más altas de los cipreses que, humillados por el viento, permanecen inclinados sobre la casa que deben proteger. Creo que al menos parte de ellos sigue en pie, alardeando de la fortaleza por la que han sobrevivido a tantos veranos y por la tozudez de mi padre que se opone a que los derriben, a pesar que sus raíces han rajado el piso de la casa y sus menudas hojas obstruyen los desagües del techo. Hace cuatro veranos que no los visito, ni a mis padres ni a los cipreses.  Me he alejado tanto… es como si una parte de mí quisiera romper con el pasado y la otra le diera continuidad por la impotencia de vivir mi presente a plenitud. Estoy viviendo un día igual a ayer con la certeza de un mañana que será lo mismo… y el único futuro que puedo imaginar es la prolongación de esa agonía. Es aterrador sentir como si la vida se hubiera detenido sin detenerse en algún momento y a partir de entonces estuviera viviendo un día repetido una y otra vez con exasperante exactitud.

La reunión comenzó hace rato, he oído sin escuchar la parte protocolar de ella, trato de prestar atención a lo que dicen los demás pero una parte de mí sigue muy lejos, perdida en las profundidades de mí mismo.

Viene a mi memoria la tarde que salí a buscar el final del arco iris. Vuelvo a sentir la fuerte brisa que azota mi endeble cuerpo, el incesante bajareque, un tibio y cansado sol que se desmaya casi al final de la tarde, tiñendo de vivos colores las nubes que lo abrigan… Sonrío -pues solo un  niño es capaz de creer que el sol pueda tener frío, y que las nubes tan distantes de él puedan abrigarlo, –ya casi imperceptible, pero allí está el arco iris. Me parece más cercano que otras veces, eso me anima a emprender la aventura sin medir las consecuencias. Sin darme cuenta, me extravié en el inmenso y desolado potrero detrás de la casa, oscureció y perdí la esperanza de encontrar el camino. Tuvieron que buscarme. No les costó encontrarme, mi llanto desesperado los guió en la tarea. Me pegaron por haberme ido sin permiso y esta vez no me quedó el consuelo de la solidaridad de mis hermanos, pues a ellos, ya les habían pegado por la misma causa; es decir, por mi culpa.

La reunión continúa y yo sigo dividido. La parte mía que está aquí declina participar de las deliberaciones cada vez que me toca el turno. No sé qué decir. Me detengo en la contemplación de otro recuerdo. Ese día el tío había llegado de visita y, cada vez que lo hacía, era un ritual la entrega de una moneda de veinticinco centavos. Era el día de las fiestas del santo patrono del pueblo. Papá estaba de buenas, así que dio el dinero para el taxi y secundó el permiso para ir. Casi siempre íbamos al pueblo caminando, pero ese día esperábamos transporte. Mi pequeño tesoro cayó sobre una piedra, rebotó y en un instante la alegría se torna en llanto ante la pérdida de la moneda. Casi todos ayudan a buscarla y revolvemos infructuosamente la grava que bordea el contorno inmediato de la caseta de espera.

-Cállate el hocico, chiquillo idiota. Dice uno de mis hermanos mayores, que en apariencia ha permanecido impasible ante mi tragedia.

-Es que no saben buscar. Se busca con los ojos, no con las manos.

Me sosiego un poco. Seco mis lágrimas y limpio los mocos con la camiseta. Miro expectante cómo se acuclilla para ver mejor… pongo toda mi confianza en él. –para los niños confiar es un acto reflejo… hasta que los adultos les enseñamos lo contrario.- Mi desasosiego va en aumento hasta llevarme nuevamente al borde del llanto hasta que por fin extiende la mano y la recoge…

-Es que no saben buscar. – Recalca.

Nunca olvidé la lección; siempre que se me cae un objeto pequeño, busco con la vista primero. Bueno, tampoco pude olvidar por mucho tiempo la rejera recibida por todos al regresar, pues decidimos irnos caminando al pueblo para poder gastar el dinero del taxi en comprar algodón de azúcar y darnos el lujo de compartir una manzana bañada en caramelo.

La reunión casi finaliza. El moderador anuncia:

-Todavía está abierto el tiempo de compartir, ¿alguien más quiere hacerlo?

Dudo si ir… aquí me cuesta tanto hablar, siento una profunda ansiedad solamente de pensar en hacerlo. Puedo hablar con fluidez -aún en público- sobre cualquier cosa, menos sobre mí. No me gusta hacerlo. En verdad me aterroriza.

Poco a poco regreso de mi viaje interior, me reúno con mi otra parte y vuelvo a estar completo. Al menos lo suficiente para cuestionarme y meditar en el contenido de mis cavilaciones.

Es extraño- me digo. ¿Por qué recordé todo aquello?, ¿qué tiene que ver con mi momento actual?, o con la profunda crisis que me ha traído a refugiarme en este grupo; qué relación tiene, con mi acuciante necesidad de respuestas concretas a preguntas imprecisas.

El tiempo se agota. Hoy es mi sexta reunión y sé que tengo que hablar, dar mi veredicto, comprometiéndome o liberándome de cumplir esta tarea conmigo mismo, pero ante ellos.

¿A quién le sirve?, pregunté una vez y desde entonces he tratado de convencerme de que me tiene que servir a mí, porque siento que ya no tengo más opciones. Las manos me sudan, se me acelera el pulso… finalmente me incorporo y camino hasta la tribuna, pero no siento el piso bajo mis pies. Llego, los miro… me miran… el nudo que siento en la garganta se aprieta aún más. Siento como si todo transcurriera en cámara lenta, como si este momento estuviera suspendido en el tiempo. Yo que tengo el don de la palabra fácil, ahora  siento un miedo cerval de hablar. ¡Es tan difícil hablar de uno mismo!, no de tus cosas… sino de ti. ¡Silencio!… trato de decir algo sin saber expresarlo. No logro articular palabra alguna. El silencio se agiganta absorbiendo implacable todas nuestras emociones. Se hace más pesado y doloroso. Pero puedo leer en sus miradas que me entienden, que saben de las cosas que no puedo decir ahora, que entienden palabras aún no pronunciadas, pues también han estado aquí. Eso me reconforta y me relaja. Por fin hablo. Repito cosas ya expresadas sobre mis miedos, dudas, de mi incapacidad de seguir adelante por mí mismo, el caos de mi vida actual, mi fe perdida, mi derrota.

Otro recuerdo inconexo e inoportuno se apodera de mi mente justo ahora. Esta vez sobre un libro leído en mi adolescencia acerca de cómo un pequeño príncipe aprendió «que lo esencial es invisible a los ojos y por eso se debe mirar con el corazón».

De pronto, comienzo a comprenderlo. No he sabido buscar, pues he buscado con los ojos de mi cuerpo y no los de mi corazón. Peor aún, he buscado en lugares equivocados; en las acciones y reacciones de quienes me han rodeado, en los objetos y circunstancias externas. Por fin descubro que es dentro de mí donde debo buscar respuestas, la renovación de la fe, y sobre todo el valor y la esperanza de perseguir sueños posibles.

¡Ah!, pero cuánto cuesta comprender que aún la más dolorosa certeza es preferible a vivir en la agonía de la duda o la parálisis del miedo. Soy el último en hablar. La reunión termina. Tal vez no lograron entender las incoherencias que por fin logré decir. No importa, lo importante es haberlas dicho y como consecuencia me siento ligero… renovado y después de muchos días de desesperanza y turbulencia emocional… sereno. Nuevamente solo, permanezco sentado unos instantes en el silencioso recinto.

En ese instante abrazo a mi niño interior susurrándole al oído, que hay infinidad de tesoros por descubrir en todo cuanto nos rodea… inclusive dentro de nosotros mismos o de cualquier ser humano de los que a diario tocan nuestras vidas. Se trata de saber buscar. Existe un tesoro al final del arco iris, pero invisible a los ojos del cuerpo, solo puede verse con los ojos del alma. A fin de cuentas, ese tesoro consiste en disfrutar y contemplar una y mil veces con renovado asombro el mágico prodigio encerrado aún en las cosas simples de la vida, sin olvidar de quién procede esa dádiva,  pero sobre todo en no perder la fe en que esos tesoros y su dador existen.

Brasil, Curitiba 14 de noviembre de 2014.

Juvenal Eduardo Torres Domínguez

Sociólogo Panameño, egresado de la Universidad de Panamá en 2012, con estudios en especialización en Docencia Superior por la Universidad de Panamá 2013 y estudios de Maestría en Sociología realizados en la Universidade Federal do Paraná (UFPR) 2016.