Soñé que estaba en un hospital
y me hacía el dormido
para no saludar a las visitas.
Las paredes de mi habitación se encogían
hasta que me pareció que estaba en un nicho.
Me rodeaban paredes encaladas
con elegantes telarañas albinas en los rincones.
El doctor comentaba mi analítica.
Los resultados determinaban claramente
que padecía anemia o una dolencia hepática o tenía algún tumor o era seropositivo.
Ahora no me acuerdo.
Solo recuerdo que al final dijo
lo peor de todo esto es que es usted poeta.
Sí, un poeta marginal, respondí.
Debe usted guardar reposo y tomarse todas estas pastillas.
Me enseñó una lista ilegible que parecía los versos de «Le bateauivre» de Rimbaud.
No es para tanto repuse.
Solo soy poeta en mi tiempo libre,
casi puede decirse que es un secreto íntimo.
Recogí premios recité poemas en público hasta salí en la tele
pero ya nadie se acuerda de eso ni siquiera yo.
Debía de ser un poeta muy malo.
Ha abusado usted –siguió el doctor– del alcohol de marca blanca y la literatura barata
y durante muchos años
¿Tantos?
A partir de ahora deberá hacer una dieta de prosa
y seguir este tratamiento
aunque su enfermedad es incurable
quizá gane calidad de vida si recita sus poemas en la biblioteca pública.
Tras decir esto el doctor me estrechó la mano
y me dijo que cuando me sintiera mejor cogiera mis cosas y me fuera a casa.
Y yo volví a hacerme el dormido.

