Odio los miércoles. Mucha gente odia los lunes, pero yo odio los miércoles. Es un día asquerosamente mediocre. El lunes es el día de después del descanso, el martes hace que entres en tu rutina de trabajo, el jueves empieza a oler a viernes, y el viernes, por supuesto, es lo mejor. El miércoles es la cima de una gran cuesta de mierda. Y era un miércoles ominosamente corriente, bajo un cielo azul y unas nubes rasgadas, en el que me encontraba esperando el bus. Éramos los habituales. Un chico tímido, estudiante de tecnología, miraba concentrado su móvil a mi izquierda. A mi derecha un grupo de jóvenes ruidosos en chándal fumaban cigarrillos y hablaban a viva voz sobre mujeres y marihuana. Detrás había esa señora que cuando llega antes que yo al  bus se sienta en mi sillón habitual. Era una señora mayor de manual. Bajita, ni muy gorda ni muy flaca, pelo escaso, corto y lacado, castaño claro teñido. Vestía ropa con estampados que gritaban tercera edad y llevaba consigo un bolso pequeño de piel de reptil falsa. Pululando cerca andaban un grupo de chicas que creo conocer de mi infancia y a las que no saludo nunca. El bus partió con un minuto de retraso y rodó, tambaleante, de semáforo en semáforo y de parada en parada.

Subieron algunas caras nuevas a lo largo de las paradas urbanas. En las de la carretera del extrarradio rara vez sube o baja alguien. Se sentó un hombre de pelo corto (muy corto, rapado) que sujetaba una carpeta negra a mi lado. A primera vista me pareció amenazante, pero vi después en su cara rasgos afables. Una señora musulmana que llevaba un colorido velo subió con un carrito de bebé y el respectivo crío. En los asientos del lado del conductor se acomodó un hombre calvo con gafas y perilla que vestía una chaqueta marrón. Subieron también un par de chicas que hablaban animadamente sobre sus estudios. Siempre interrumpo lo que esté haciendo para ver quién sube. Aunque me jacte mucho de odiar el autocar, adoro el oasis musical diario que me proporciona el trayecto.

El bus abandonó la última parada de la ciudad y tomó la carretera hacia mi pueblo. Qué día tan mediocre. El vehículo enfiló como de costumbre el camino que conduce a la entrada norte del pueblo y pasó el único semáforo del municipio en verde. Se paró para ceder el paso a un coche que venía rápido por la carretera que conduce al pueblo vecino y entró en la rotonda. Se encaminó por la cuesta en la que está la última parada antes de la mía. Siempre baja muy poca gente. Es en este punto, en el que comienzo a preparar mis cosas para salir lo más rápido posible del pedazo de chatarra con ruedas que me conduce a diario a mi hogar. Quedaban ya unos escasos metros para alcanzar mi ansiada parada, cuando el hombre calvo con perilla se levantó y susurró algo al autobusero que le hizo aminorar la marcha. “Joder”, pensé, “¿qué va a querer éste ahora?”. La gente de delante del bus parecía contener un alboroto y se miraban nerviosos entre sí. El conductor soltó entonces un silbido y todo el mundo calló. “No quiero jaleo, ahora haremos lo que yo vaya indicando”, dijo el calvo de la perilla, “tengo un revólver apuntando al señor conductor, una gilipollez por vuestra parte y le pego un tiro y nos vamos todos a pique”. Me fijé y vi un revólver reluciente apretado contra el hombro del chófer. El bus se inundó de murmullos angustiosos y miradas perdidas. Una pareja que había estado besuqueándose todo el trayecto (debían de haber subido cuando estaba acomodándome en mi sitio, pues no recordaba haberlos visto entrar), se intercambiaban unos intranquilos “¿qué haremos ahora?”.

Los chulos del chándal y los cigarrillos se callaron y el espanto tomó el relevo a la bravuconería en sus rostros. A mí en particular, me venía fatal un secuestro en esos momentos. Mi madre había preparado macarrones y croquetas de la abuela para almorzar y me apetecían enormemente. Además, antes de marchar por la mañana, me había encargado de poner una cerveza en frío para disfrutarla al mediodía. Por culpa de ése imbécil llegaría tarde a la comida y estaba hambriento. Consideré por un momento hacer el acto heroico de levantarme y darle un puñetazo en la cara al secuestrador, ante el asombro de mis compañeros cautivos, luego soltaría una frase de héroe de película americana y saldría del vehículo entre vítores para ir a comerme las croquetas. Me di cuenta enseguida de que era una idea estúpida y que el secuestrador me volaría la cabeza solamente al intentar levantarme del asiento. Me resigné pues a esperar a que el calvo de la perilla terminara su paripé. La señora mayor parecía bastante afectada. Pensé que solo nos faltaría que a la vieja le diera un patatús del susto. “Como alguno de vosotros, desgraciados, intente usar el móvil para avisar a quien sea dispararé al conductor”, gritó nuestro raptor. El bus circulaba un poco lento pero incesante, no se detuvo en ningún momento y yo veía a la gente que lo esperaba en las paradas hacer muecas de rabia por mi ventana. El secuestrador se acercó al chófer, que estaba sudando a mares, para darle, supongo, algunas instrucciones que no pude escuchar dado mi distancia con ellos.

Los macarrones y las croquetas debían estar ya fríos. “A la mierda”, pensé, “voy a avisar a la policía, estoy demasiado lejos para que se dé cuenta de que estoy llamando”. El bus se acercaba, ahora a más velocidad (de hecho, iba ligeramente más rápido de lo habitual), a la carretera que llevaba a la salida del municipio, donde estaba la última parada. Si salíamos del pueblo iba a tardar aún más poder volver a casa. La policía contestó rápido y les murmuré: “secuestro autobús 554 en…”. No había tenido tiempo de dar detalles suficientes para que acudiera la policía a nuestro rescate cuando noté los ojos del secuestrador clavarse en mí. “¡La has jodido chico!” vociferó. Apretó el gatillo del revólver y la luna del vehículo se tiñó de rojo.

El bus se abalanzó a la última parada, atropellando a quienes lo esperaban allí, dio un tumbo y cayó no sé por dónde, pues yo estaba con los ojos cerrados, las rodillas recogidas y las manos cubriéndome la cabeza. Oí un enorme estruendo. Cristales rotos. Aullidos de dolor. Llantos. Cuando abrí los ojos había sangre por todas partes y gente inconsciente. Me alegré de no tener ni un rasguño. La parte frontal del bus estaba hecha trizas, y el secuestrador yacía (creo que muerto) lleno de cristales en el suelo. El hombre del pelo corto que se sentaba a mi lado y parecía también estar ileso, salió del vehículo golpeando con brusquedad la puerta, lo que le hizo soltar un bramido de dolor. Me apresuré para salir yo también. Sin mirar atrás me puse en marcha. Por suerte aún estábamos dentro del municipio y solo tendría que andar unos 10 minutos hasta mi casa. Al llegar a casa dije a mi madre que me había dormido y había bajado unas paradas después de la mía. Me senté en la mesa. Los macarrones y las croquetas estaban ya fríos. Joder, cómo odio los miércoles.

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