Recordando a Natalia Ginzburg

Ya había oído hablar de ella antes. Al pasar las páginas de El queso y los gusanos, obra cumbre del historiador italiano Carlo Ginzburg, la gente me comentaba que la excelente pluma con la que escribía el estudioso era la preciosa herencia de su madre Natalia. Muchas veces, en mis viajes por las librerías italianas había visto sus libros en los escaparates, acumulados entre otros clásicos, viviendo apretados entre la grandeza histórica de la obra de Elsa Morante, la grandilocuencia sencilla de los clásicos de Cesare Pavese, o entre las obras más reconocidas del antiteatro de Luigi Pirandello. Su nombre siempre estaba oculto, escondido, discreto, como si no quisiera llamar mucho la atención, a pesar de lo que se comentaba, como chisme de corredor, que su obra era una de las más representativas e importantes de la literatura italiana del siglo XX.

Un día, mientras curioseaba entre las librerías bogotanas para comprar mis lecturas para las vacaciones de diciembre, vi en las estanterías de «Novedades» dos de las novelas más famosas de la autora: Todos nuestros ayeres y Léxico familiar. Las portadas de estos dos nuevos productos de la editorial Lumen estaban bellamente ilustradas. En la portada de Todos nuestros ayeres había una imagen de un viejo clóset que acumulaba colchas, viejas sábanas y cobertizos. La penumbra de la imagen estaba iluminada por una bombilla que colgaba con cansancio del techo del desván. Por su parte, la portada de Léxico familiar también retrataba una imagen del interior del hogar: una bonita mesa con un mantel azul decorada con una vajilla blanca, unos pocillos floreados y una botella de cristal. Estas imágenes, con su apariencia sencilla, lograban expresar con la discreción de la autora que la grandeza de su obra estaba justamente en el retrato sincero de esa pequeña cotidianidad familiar, llena de memorias y recuerdos de una vida transcurrida en común.

Poco después, cuando empecé a investigar sobre ella, descubrí que en 2016 había sido el centenario de su nacimiento, y que Lumen, en un acto de memoria, decidió reeditar algunas de sus obras más importantes. Tan bellas ediciones, puestas con tanta delicadeza y esmero en los escaparates de las últimas novedades, sin duda llamarían la atención del público lector. Muchos estarían dispuestos a dejarse atrapar por el encanto de los libros de Natalia, tan llenos de perfumes de la comida hogareña, tan precisos en las palabras que se dicen en familia, tan parecidos a los aromas de lavanda que sentimos al abrir los cajones de la casa.

Con esta edición Lumen recuerda a Natalia, y en este contexto, debemos saber que recordar, de alguna manera, es una forma de revivir. La editorial nos invita a resucitar a esta autora, porque tal vez en tiempos de la posguerra su literatura no podía ser apreciada. Cuando los grandes cambios de la historia sobrevenían unos sobre otros Natalia escribía sobre la intimidad y sobre la vida en familia, y por este y muchos otros motivos su obra se consideró como literatura menor.

Hoy en día, 100 años después de su nacimiento y 75 años después de la publicación de sus primeros escritos, Lumen nos trae estas ediciones en el momento justo. Tal vez hoy, después de tantos bastiones derrumbados en el mundo de la historia y de la literatura, aproximándonos de nuevo al populismo y a otras corrientes extremistas de índole política, religiosa y de otros géneros, la obra de Ginzburg puede enseñarnos a recordar utilizando la nostalgia como vínculo con el secreto sincero y franco que surge desde el interior de cada quien. Sencillamente, Natalia puede ayudarnos a revivir nuestra parte más humana en un mundo lleno de alienación y fanatismo.

Estas y otras cosas pensaba mientras leía los libros de Natalia Ginzburg, acomodada en el mullido sillón de mi sala, o escuchando la lluvia que golpeaba mi ventana en las grises mañanas de domingo, mientras disfrutaba del calor de mi colcha y de la tibia alegría que sentía al tomarme mi chocolate caliente. Y es que ese calor surgía con cada palabra de los libros, que de una manera extraña me devolvían a mi misma, recordándome la esencia del amor, los hábitos pequeños de aquellos a quienes más he querido o la genuina intensidad que desde dentro surge con las decepciones más profundas o las pérdidas más arraigadas.

Natalia, con sus palabras sencillas, hacía renacer cada vieja sensación sobre mi piel, y era como si todo brotara nuevamente desde las raíces más profundas de mi memoria. Muchas veces, durante mis horas apaciguadas de lectura, sentí escalofríos cuando viejos sentimientos se reavivaban en mi. Por ejemplo, cuando leía Todos nuestros ayeres, la historia de Anna, esa niña casi insignificante que por motivos forzosos se casa con quien menos espera hacerlo, las viejas fibras que el amor había guardado en mi alma volvieron a tocarse como las notas de un arpa.

literatura Natalia Ginzburg

Todos nuestros ayeres || Fuente: twitter.com

Por un momento, imaginaba a Anna sentada en la mecedora de la cocina, mientras cosía junto a la estufa, pensando lo siguiente: «Qué difícil era ser marido y mujer, no bastaba con dormir juntos y hacer el amor y despertarse con aquella cabeza al lado (…). Ser marido y mujer quería decir convertir los pensamientos en palabras, sacar continuamente palabras de los pensamientos, entonces podía llegar a no sentirse extraña una cabeza apoyada junto a la propia en la almohada, cuando existía un libre fluir de palabras que renacía fresco todas las mañanas». Cuando leí estas frases, que florecían naturalmente de la mente de la protagonista como cualquier pensamiento brillante, pensaba que eran palabras válidas no solo para la Italia de la posguerra, sino que también podían aplicarse para todo tiempo y espacio.

Esta descripción tan fehaciente del amor cotidiano, que se construye en una amistad tejida por las sombras telepáticas de los enamorados, va más allá de cualquier referencia directa a los grandes acontecimientos históricos. Aunque la Segunda Guerra Mundial es un hecho inherente a los escritos de Natalia, sus obras alcanzan una trascendencia histórica, porque parecen capturar más el sentimiento detrás de los hechos que los hechos mismos. Al fin y al cabo, son las emociones frente a ciertas realidades lo que se vuelve inmutable y perpetuo en la obra de Natalia Ginzburg.

Es así que Natalia me recordó qué significaba amar, pero también me habló con discreción del dolor, de tantos momentos de pérdida, desilusión y expectativas sin cumplir que la Segunda Guerra le regaló a la humanidad. En las palabras de Natalia el hambre y los destrozos de la guerra pasan por alto, tal vez. Pero de todo eso, ella se queda con los recuerdos, con las memorias de aquello que fue antes del desastre. En Léxico familiar, una novela que sobrepasa todos los límites y las características de la novela autobiográfica, Natalia recuerda a su gran amigo Cesare Pavese, autor emblemático que muere en 1950: «Pavese… aquella primavera solía llegar a nuestra casa comiendo cerezas. (…) Desde la ventana lo veíamos aparecer por el fondo de la calle, alto, con su rápida forma de caminar: venía comiendo cerezas y arrojando lo huesos contra la pared con un tiro seco y fulminante. Para mí la derrota de Francia quedó unida para siempre a aquellas cerezas que él nos hacía probar cuando llegaba, sacándoselas una a una del bolsillo con su mano parsimoniosa y huraña».

literatura Natalia Ginzburg

Léxico familiar || Fuente: twitter.com

Ese retrato de Pavese surge incólume de la mente. Cuando un ser querido pasa a vivir del otro lado, usualmente lo recordamos en sus hábitos y sus gestos más sencillos, que al fin y al cabo eran aquellas cosas que lo hacían persona y que lo hacían querido ante nuestros ojos. En este recuerdo Ginzburg condensa con intensidad el dolor de la pérdida, en el que quedó representado Pavese con su gesto más característico, convirtiéndose este recuerdo más imprescindible que el mismo hecho de la derrota de Francia.

De hecho, en las grandes catástrofes lo que realmente queda es la memoria de aquellos que se han desvanecido. Una vez más, Ginzburg pasa por alto los hechos históricos para darle importancia a las emociones, sentimientos y evocaciones que los tiempos difíciles, a lo largo y ancho de esta tierra, traen consigo.

Después de haber escrito tanto, solo puedo decir que Natalia Ginzburg me ayudó a recordar cuál es el sentido auténtico de las emociones. Su obra, construida sobre el fluir inagotable de recuerdos, hace florecer en nuestra mente las mismas sensaciones que ella representa en su sencilla y franca escritura. Ella nos hace recordar que aquello que sentimos es lo que tenemos en común con el resto de seres humanos, uniéndonos a todos en una suerte de hermandad. Tal vez, en este mundo cada vez más egoísta y alienante, leyéndola podamos empezar a tener más empatía por aquellos que aman y que sufren tal y como lo hacemos nosotros.

Natalia || Fuente: twitter.com