«Autorretrato en blanco con Milena» de Jeff Ruiz Rave

—Vivimos en la luna estéril de un planeta distante —fue una de las últimas cosas que le escuché decir a mi esposa. Le gustaban las malas metáforas, aunque a menudo tenía razón. Ciertamente todo es blanco, brillante y silencioso aquí. Este es un sitio sin casas, sin edificios, sin restaurantes, sin tiendas, sin teatros, sin otra cosa distinta al color pálido que se extiende por doquier. Si hay algo que mi hija lamente, es no tener cerca a nadie aparte de mí. Salvo por los dos esta llanura desértica está completamente despoblada. Es un lienzo en blanco.

Milena quiere paseos por avenidas, asistir al cine en las noches, ir a jardines, cafeterías, museos, visitar todos aquellos sitios que no tenemos cerca: la ciudad está exactamente a cincuenta kilómetros. Por mucho que intento que disfrute de la belleza de este lugar, ella solo ve piedras y polvo en todas partes. Yo veo la inmensidad del mundo, veo su pureza, veo la luz del sol abrazándolo todo, dotando de vida cada grano de arena. Nada crece en este lugar, ni siquiera la maleza, y esto la abruma inmensamente, dice que le produce sofocación. Las partículas de polvo danzan todo el tiempo majestuosamente alrededor de nosotros, pero nos ensucian la ropa, lastiman nuestros ojos, en ocasiones no nos permiten respirar. A veces ocurre que Milena, que tiene el cabello negro, regresa a casa con él opaco y tan blanco como el desierto mismo. Este polvo no es el único problema. Suele ser difícil tanto llegar como salir de aquí, porque ni siquiera existe una autopista cerca. Cuando mi hija desea descansar de esto enciendo el auto e intento ir con ella a la ciudad. Pero usualmente me confundo, me extravío y ella, bajando la mirada, acaba pidiéndome que dé la vuelta. Yo giro donde debía seguir de largo, sigo de largo donde debía girar, termino regresando a las rocas, a la arena y a este polvo siempre blanco, siempre brillante, siempre silencioso. Si logramos salir de la llanura, llegar a la ciudad, y conseguimos ver las luces en las calles, respirar el olor de los rascacielos, sentir la solidez de los grandes muros, oír el ruido de los autos, Milena parece ser feliz y es como si recobrara allí un color que ha perdido desde que vivimos en el desierto. Antes de llegar a casa, sin embargo, debemos entrar al polvo, y ella lamenta tener que atravesar y rodear este paraíso de luminosidad.

Mi hija, angustiada, ya no intenta salir mucho de casa, aunque con el transcurrir de los días se ha vuelto sombría y callada: ahora solo lleva vestidos grises y me habla exclusivamente en las noches. También está de mal humor con más frecuencia y hace caras horribles cada vez que intento hablarle. De cualquier manera, en casa no se está mal. Es una vivienda roja y brillante, y está en todo el centro de la llanura, como una gota de sangre en una hoja de papel. Entramos en ella y es como estar de pronto en medio de una sala de arte minimalista. Todas las puertas, que son claras, perfectamente claras, están decoradas con un rectángulo negro y dos círculos verdes superpuestos, en cada una de las paredes se extienden cuatro líneas grises y algunas curvas naranjas, y en cada habitación hay al menos dos cuadros con figuras geométricas simples pintadas al óleo. A mí me gusta este orden artístico, la serenidad que se respira aquí, el sonido suave que produce el viento y el polvo atravesando el tejado, los pasos de Milena resonando en los cuartos y sobre todo me encanta pintar. Cada mañana abro una ventana, me quedo mirando la llanura e imagino que esta cambia de tonalidad, de extensión, de forma. El paisaje es alucinante y me produce agitaciones creativas. Cada vez que termino una obra me gusta observarla detenidamente, pasar horas delante de ella, del mismo modo que he pasado tiempo frente a la ventana. Milena odia que haga esto, siempre piensa que se pinta para ganar algo de dinero y no para crearse un espacio propio en el centro de un cuadro. Ella no es una artista, difícilmente se maquilla con destreza. Tampoco sabe apreciar una buena obra de arte. Le gustan las pinturas multicolores hechas con fuerza y trazos rápidos. La he escuchado decir:

—Admiro enormemente las corrientes artísticas nuevas que usan la pintura no para crear, sino para renovar, para irrumpir, para transgredir —“para destruir”, imagino que dirá luego, pero se queda en silencio justo allí.

Yo uso la pintura para hallar la forma pura del arte y prefiero los lienzos de un solo color sólido y uniforme. Una mañana, mientras lavo algunos pinceles, Milena aparece en el taller.

—Necesito ir a la ciudad –me dice.

No la he visto ni escuchado entrar, y su voz produce en mí el mismo efecto que un relámpago en una noche tranquila. La noto triste, cansada, delgada. Es como estar frente a un espectro.

—No podemos ir ahora, pero podemos ir mañana –contesto y ella se aleja. Más tarde la escucho abrir y cerrar la puerta principal, encender el auto, después acelerar en la arena y pasar sobre las piedras.

Mi hija no vuelve al anochecer. Yo, frente al caballete, paso las horas perfeccionando la uniformidad de una obra púrpura.

—¿Qué sucede si una pintura no logra hacer que las personas se pierdan en un pequeño pigmento? —me pregunto a mí mismo en algún punto de la madrugada—. ¿Qué ocurre si la obra no sumerge al observador en una tonalidad?

Cuando me siento nervioso hablo en voz alta para tranquilizarme.

—Si esto sucede —me respondo—, esa pintura no es una pintura en absoluto y carece por completo de valor.

Al terminar de pintar tengo la sensación de que ha transcurrido mucho tiempo desde que Milena se ha marchado. Voy al baño, tomo una ducha, me limpio el olor de los aceites, me quito la pintura de las manos, saco de mi cabeza la imagen del lienzo completamente púrpura, me alimento un poco y salgo. El auto no está y este es el único detalle que ha variado en el paisaje. Enseguida rodeo la casa, esperando ver aparecer a mi hija en algún horizonte, pero solo se distingue el polvo danzando en el aire y la luz del sol brillando en la blancura del suelo empedrado.

—Muchos creen que el blanco es el color de la ausencia total de las cosas —le oí decir a un gran maestro décadas atrás.

—¿Por qué lo cree? —le preguntó alguien—. ¿No se supone que sea al contrario?

Él respondió:

—Para mí el blanco es justamente el color de la totalidad, el color de la potencialidad universal: de él puede surgir cualquier cosa, en él pueden nacer todos los mundos posibles.

Mientras pienso en esto escalo la casa intentando llegar al tejado. Una vez allí miro alrededor, sin hallar rastros del auto o de Milena. Solo hay blancura y no puedo más que suspirar al sentirme rodeado por toda esta grandeza.

—En realidad allí puede estar Milena —digo en voz alta, como si alguien me escuchara—, si no lo está en realidad, lo está en potencia.

Probablemente se ha perdido —pienso—, no ha girado donde debió girar ni ha pasado de largo donde debió hacerlo. Se la ha tragado el desierto. Luego de que se me ocurre esto la veo en mi cabeza dando vueltas en círculos en algún lugar lejos de aquí, avanzando lentamente hacia la muerte, como un mundo orbitando alrededor de un agujero negro. Un rato después, aún sin descender del techo, imagino nuevas pinturas, planeo obras de extraños colores.

—Mi hija va a volver —me digo un poco más tranquilo—, siempre le ha gustado la ciudad. Seguramente se quedará allí unos días.

Con esto en mente vuelvo a casa y me siento frente al caballete nuevamente. Sin embargo, como si los dedos me pesaran demasiado, me siento incapaz de tomar el pincel y llevar a cabo el primer trazo. Abro la ventana, me cruzo de brazos y fijo largamente la mirada en la llanura. Después, cuando siento que lo he resuelto, que por fin puedo iniciar una nueva obra, tomo la paleta y miro el lienzo, pero este, con su palidez, con la sequedad de su superficie, me trae nuevamente la imagen de Milena perdida entre la blancura de la arena y las rocas. Me levanto, me quedo otro momento mirando hacia fuera, entonces cierro la ventana, tomo todas mis pinturas acrílicas y decido salir a buscarla.

Ha anochecido, todo lo que era blanco ha sido cubierto con un velo negro. Llevo una linterna y cada vez que doy un paso dejo caer despreocupadamente pequeñas gotas de pintura sobre las piedras, confiando en que los rastros puedan ayudarme a regresar a casa, como en aquel cuento infantil. Así avanzo durante dos horas, llamando a mi hija y alzando la linterna sobre mi cabeza, esperando ser un faro para ella en el océano de polvo. Si me detengo por unos minutos y cierro los ojos, me parece oírla, si me concentro en la soledad del desierto, me parece verla. En tres ocasiones cambio de dirección estando seguro de que un minuto después la encontraría, pero el tiempo sigue avanzando y yo sigo vertiendo colores inútilmente. La pintura que traje está a punto de terminarse, casi sin darme cuenta he dejado sobre el desierto al menos diez obras. Ahora es medianoche y el frío más intenso, por momentos siento que pierdo tiempo en cada paso, que hay cosas más importantes de las que ocuparse, y me vienen tonos a la mente, tonos profundos, suaves, resplandecientes, que crecen en mi cabeza con la idea de olvidarme de Milena y con el deseo de volver al caballete.

Cuando ya no puedo continuar, o no lo deseo, cuando me parece que ya no tiene sentido seguir, decido tomar un momento de descanso antes de regresar sobre mis pasos, pero tan pronto me reclino en el suelo observo dos ojos tenuemente iluminados mirándome desde la oscuridad. Una gran emoción me invade y corro hacia la débil luz de las lámparas del auto. Al llegar al sitio miro a través del parabrisas y veo a mi hija recostada en el volante. Puede llevar muchas horas allí dentro y lo primero que se me ocurre es que está muerta. Golpeo el cristal en repetidas ocasiones. Al ver que ella sigue inmóvil rompo una ventanilla con una roca. Milena se sobresalta de inmediato y da un grito tras otro. Yo me llevo la linterna al rostro, ella me ve, se tranquiliza al reconocerme y sale del auto.

—Un día más en este infierno blanco y me habría suicidado —dice saludándome con un abrazo.

 Milena me explica que ha ido a dar un paseo por la ciudad, que se ha perdido al regresar, y que además el combustible se terminó hace un par de días. Aunque intento no expresar mi asombro, me sorprende que haya pasado tanto tiempo. Cuando le pregunto de qué se ha estado alimentando, me señala una botella de vino vacía y empaques de comida.

Al emprender el regreso a casa no encuentro los rastros de pintura. Recuerdo que al ver las luces del auto he corrido, por lo que busco desesperadamente, con la ayuda de Milena, mis propias huellas dejadas en la arena. La idea de sucumbir allí mismo me causa una gran impresión. Como si despertara de una especie de sueño, caigo en la cuenta de cuán lejos puedo estar de casa, cuán lejos puedo hallarme de mi taller. De pronto siento que estoy dentro de una pintura, justo en medio de algo que no es real.

—¿Qué color buscamos? –me pregunta ella.

—No estoy seguro, solo derramaba pintura, no me fijaba en los detalles –noto que ella se esfuerza por contener una sonrisa malévola: sabe que los colores son el sentido de mi vida.

Por suerte el viento no ha borrado las huellas de mis zapatos y no me cuesta demasiado regresar al sitio desde el cual vi el auto: hay algunas rocas teñidas de azul.

Milena, que está débil y tiene un color de piel fantasmal, camina lentamente. Luego de una hora de seguir rastros azules, verdes y amarillos, decidimos tomar un descanso y ella se duerme. Yo miro hacia el cielo, me fijo en las estrellas y uniendo punto con punto formo las únicas constelaciones que conozco: Erídano y Centauro. Tras un momento dirijo la luz de la linterna hacia el rostro de mi hija con el fin de despertarla, pero ella permanece impasible. Tiene rastros de labial rojo, manchas de rímel negro y el cabello completamente empolvado.

—Despierta –le pido tomándola del brazo—, hay que continuar.

Ella abre los ojos, se pone de pie y se sacude el pelo.

—Falta poco –le aseguro al transcurrir otra hora, aunque no estoy seguro a qué distancia estamos de casa.

Milena guarda silencio y empieza a temblar de frío, entonces, en medio de la llanura, tras rastros de pintura roja, las manchas se detienen. Yo limpio la superficie de las rocas más cercanas, pensando que quizá el polvo ha cubierto el color, pero no encuentro otra cosa que el blanco natural que está en todas partes. No comprendemos qué sucede, estamos cansados de respirar el polvo y hemos empezado a ver con poca claridad. Mi hija se recuesta en el suelo, y al igual que yo un rato atrás, se queda con la mirada fija en el firmamento.

—¿Trajiste todas tus pinturas? –me pregunta después de unos segundos.

Yo dejo de buscar los rastros y acepto que no existe una salida.

—Sí –le contesto acercándome a ella—. Creo que he traído incluso la pintura blanca. Debí fijarme en lo que estaba derramando.

La respiración de Milena, que suspira débilmente, parece confundirse con el sonido del viento atravesando el desierto.

—Lamento no haberme fijado en los detalles –le digo acostándome a su lado.

Pensativo, miro alrededor y recuerdo el lienzo que hay en casa, evoco su palidez, su sequedad. Se me ocurre que esta noche quizá pueda pintar algo en él desde la distancia, a lo mejor una especie de autorretrato, algo así como una última obra.

—No podemos detenernos —afirmo poniéndome de pie—, es agonizar, es esperar pacientemente la muerte, es morir sin hacer nada.

Repentinamente siento una oleada de energía, de creatividad y siento como si yo mismo me observara a través de la ventana del taller.

—Apresúrate —insisto—, debemos movernos, morir haciendo algo, morir creando algo. Si caminamos hasta desmayarnos todo acabará de golpe, sin dolor, será una muerte suave como un color mate. Será bello morir juntos de agotamiento.

Mi hija lanza una especie de lamento. Luego toma rápidamente un puñado de arena, se lo lleva a la boca y empieza a masticarlo. Es una locura —pienso—, y de inmediato intento detenerla.

—No tragues —le pido desesperadamente abriéndole la boca con los dedos.

Ella acaba tragando y yo veo cómo se ahoga y se retuerce en el suelo. Cuando queda inmóvil no puedo evitar empezar a llorar. No es que quisiera evitar que muriera, morir era lo único que le esperaba, es solo que aquel ha sido un movimiento inesperado, un pincelazo rápido y torpe que ha aparecido de la nada. Ha sido una irrupción, una transgresión.

Mientras pienso qué hacer recuerdo que en una ocasión el pintor Barnett Newman aceptó que todos los artistas, los más sofisticados tanto como los más primitivos, han tenido que enfrentar alguna vez al caos.

—Ha llegado mi momento y no tengo muchas opciones —me digo entre sollozos—,no hay otra manera de remediar este trazo.

Angustiado, pero con la sensación de estar haciendo lo correcto, me pongo de rodillas y me olvido de conseguir una muerte indolora, limpia, mate y uniforme. Después acaricio la arena con los dedos, respiro hondo el polvo y sigo el camino trazado por Milena.

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