Un hombre de ceño fruncido y vestimenta prolija fue quien salió del ascensor, y no sin fastidio, le entregó un fajo de billetes. “Contalo” dijo con cierto desprecio, como si lo estuvieran obligando a someterse a una injusticia. Nuestro protagonista no creyó necesario cumplir dicha orden y guardó el dinero en el bolsillo. Se estrecharon las manos sin mirarse a la cara y cada uno siguió su camino.
El bulto que producía el dinero en su bolsillo era imperceptible para el mundo exterior, aún así, en su interior, los engranajes del pensamiento comenzaron a convencerlo de que cualquier persona que lo cruzara podría notarlo y deducir, sin dificultad, que era dinero, mucho dinero, demasiado dinero para lucir de manera tan impune en este barrio, a esta hora.
Era flaco de brazos finos y articulaciones marcadas en las manos; inseguro, de exaltarse ante cualquier ruido extraño; de mirada incapaz de producir amenazas. Su temor y nerviosismo eran fáciles de notar y difíciles de esconder. Presa fácil, gacela herida de carnes tiernas y abundantes, rodeada de depredadores hábiles, sin piedad, hambrientos en tierra desértica e interminable. Los terrores aguzaron los sentidos, que multiplicaban el estado de alerta; en especial el sistema auditivo, dispuesto a llevar a cualquier tipo de confusiones ante el mínimo estímulo.
Las calles estaban desoladas. Las luces de LED alumbraban con timidez el dominio diurno de los vendedores de telas y artículos plásticos; pero ni su luz, ni la de la luna, eran competencia para la renegrida noche. No se escuchaban ni las alimañas nocturnas.

Un hombre pisaba su misma vereda, 20 metros atrás. Hacía ya varias cuadras seguía su trayecto. El hombre no lo miraba, tenía su vista fija en el piso; lo imaginó capaz de seguir sus huellas invisibles sobre las baldosas; experto rastreador, que detectara intuitivamente el olor de los billetes que tenía en sus bolsillos. Apuró el paso. El rastreador también, o solo era su imaginación, debatía su mente. Las sospechas ganaban, era hora de dejar de desconfiar en sus prejuicios. No soportó más el peligro; salió corriendo, dobló una esquina y luego otra. Miró hacia atrás y nuevamente estaba solo, a salvo.
Los taxis eran escasos en la zona, tenía que usar otro medio de transporte. Frenó la marcha. Con los brazos en jarra y los ojos hacía el cielo, dibujando un mapa con la mente, pudo ubicarse. No le fue difícil, conocía la ciudad por su antiguo trabajo de repartidor, pero solo la había recorrido bajo el amparo de la luz solar: Buenos Aires de día y Buenos Aires de noche eran dos ciudades diferentes, cuyos habitantes se desconocen entre sí.
Todavía distaban varias cuadras para llegar a la parada del colectivo.
En frente una vieja paseaba el perro. La anciana caminaba a paso firme, cada tanto se detenía para que su pequeña mascota marcara su presencia en los postes y medidores de gas de los vecinos.
Se distrajo un momento y la vieja y el perrito desaparecieron, se desvanecieron en la alterada cuadrícula urbana, donde calles terminaban y reaparecían sin un motivo aparente. El desamparo volvió a reinar. Aunque se sintiera ridículo, la presencia de la vieja, tan vulnerable como él, le daba seguridad.
Las ratas corrían al filo del cordón y se escabullían entre los desagües de la calle, para adentrarse en sus guaridas subterráneas.
Avanzaba con sigilo, difusos sonidos humanos corrompieron cierta calma lograda por el correr de los minutos y el acortamiento de la distancia con la parada del colectivo. Era una base de murmullo con carcajadas y gritos alternantes. No llegaban a la euforia, pero tampoco había momentos de silencios notables, como si tuvieran algún estimulo para hablar de forma ininterrumpida.
Nuestro protagonista llegó a divisarlos: era un grupo de muchachos, que tomaban cerveza y charlaban como en un reencuentro o despedida. Le atemorizó que usaran su frágil humanidad para divertirse, humillando y degradándolo; su dinero, que necesitaba con urgencia, sería dilapidado en los vicios corrientes de un grupo de matones indeseables.
De pronto estrechaban sus manos; el grupo de disgregaba: se iban dos, quedaban tres. Los dos desertores caminaban hacia su dirección. Si lo veían era improbable que ignoraran el bulto de billetes de su bolsillo y sin dudas lo arrebatarían. Tenía que esconderse. Se ubicó detrás de uno de los nuevos contenedores con los que se buscaba resolver el problema de la basura en la ciudad. Mantuvo posición de cuclillas, que si bien achicaba su silueta, no le dificultaba salir corriendo o defenderse, mientras evitaba exhalar el aire de sus pulmones cargados, para no dar señales de presencia. Pero no fue necesaria la defensa, los dos muchachos pasaron sin la mínima sospecha de que había un sujeto ridículo escondido detrás del contenedor. Para eludir a los restantes emprendió la huida, para la cual encorvó la espalda los primeros metros. En ningún momento fue notado.

La parada estaba a pocas cuadras. Un auto oscuro se acercaba por la calle, de su techo surgía una centellante y enceguecedora luz azul, que chocaba contra las sucias paredes de los comercios y las desparejas veredas, con un fin más de alarma que de fuente lumínica. Eran las patrullas por donde los policías paseaban sus miradas vigías, con semblante serio y despreciativo.
Otra vez su mente comenzaría una nueva tortura. La idea fija que ahora se afianzaba era que lo iban a detener, ya sea por deambular a estas horas, por su nerviosismo sospechoso, o por ese bulto de dinero en el bolsillo de procedencia incierta.
Optó por proceder con el recurso que esa noche le había dado mejor resultado: salir corriendo. Pero esto no hizo más que llamar la atención de la policía que aceleró la patrulla, desbordando de adrenalina su cuerpo. Dobló la esquina y se perdió dentro de las sombras que habitaban el límite entre dos edificios desalineados.
Del patrullero anunciaron la búsqueda, vía radio, a otro policía que hacía guardia estática en una cuadra cercana; éste, recorrió la vereda, en busca de rastros. Era un oficial joven, de tez morena y dientes amarillentos, que parecía no tener cuello. Sin dificultades, el policía lo encontró sollozante y asustado, mientras abrazaba sus rodillas con los brazos. No lograba dar argumentos a sus incoherentes acciones, no solo por el hecho de que su lengua parecía paralizada del miedo, sino porque eran tan absurdos, que aunque reales, no serían creíbles.
“¿Qué escondés ahí?” dijo el policía con voz tosca y atravesada. “¡Mostrame ya!” ordenó inflexible. El sospechoso cerró los ojos que comenzaban a ahogarse en lágrimas de desesperación; extendió su mano derecha que temblaba y sostenía el lícito dinero; y se lo mostró al uniformado. El policía acercó la cara al pecho, donde se encontraba la radio, y habló a través de esta, informando el hallazgo.
Lema: Paranoia de horas oscuras.

