Cuesta admirar las cosas cuando se convive con ellas día a día. Es difícil que el ritmo de la vida y de la rutina dé el respiro suficiente como para contemplar la belleza de las cosas más pequeñas, aquellas que pasan más desapercibidas. Esa es la historia del jazz.
El jazz siempre ha pasado desapercibido. Y, precisamente pasando desapercibido, se coló en la historia de la música para llegar a ser el género de géneros y consolidar así las bases de la música moderna. El rock, el pop, la electrónica….son solo el comienzo de una larga lista de géneros musicales descendientes de las canciones populares y de trabajo africanas que llegaron a la Nueva Orleans estadounidense de los años 20. Lo hicieron de la mano de esclavos africanos y se mezclaron con trompetas insurgentes, pianos virtuosos y contrabajos inquietos, para dar lugar al blues.

Este género musical se caracteriza por una serie de elementos básicos en su identidad. El principal de todos ellos es el ritmo, el swing, un golpe especial y sincopado. El ritmo, incluso, llega a predominar por encima de la melodía y las armonías, como seña fundamental de la personalidad del jazz.
Además, otro rasgo fundamental en este género es la improvisación. Ésta es la esencia del jazz, ya que nació precisamente así, como algo espontáneo. Como una expedición por la escala interminable de bemoles en busca de nuevos sonidos y melodías vertiginosas.
Las voces femeninas del jazz
El jazz aglutina numerosos y diversos subgéneros. Algunos tienen como elemento protagonista las armonías y melodías virtuosas de instrumentos muy ligados al género. Ejemplos son la trompeta, el saxofón, el contrabajo o el piano, entre otros. Dentro de esta categoría destacan nombres como los de Louis Armstrong, Duke Ellington, Sidney Bechet o Miles Davis. Pese a ello, la gran mayoría de subgéneros tienen como actriz principal a la voz, una voz versátil y característica que aporta los matices más esenciales y sensuales a la melodía.

La historia del jazz ha estado frecuentemente dominada por nombres y voces masculinas, de la talla de Louis Armstrong, que era también cantante, Nat King Cole o Tonny Bennet. Pero la excelencia de estos artistas, así como la tradicional carencia de recursos para brillar del género femenino, ha dejado en la sombra la figura de la cantante de jazz.
Sorprendentemente, esta dinámica ha dado un giro, ya que en la actualidad, brillan con mayor frecuencia las voces femeninas del jazz. De hecho, después de las míticas Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Billie Holiday, hubo una época de menor esplendor y pesimismo sobre este género musical, al ver desaparecer a esas grandes voces. Sin embargo regresaron pisando fuerte y con un estilo regenerado y novedoso, con cierto punto de sofisticación y sentimiento, algo más cercano a la esencia del blues inicial.
Las nuevas reinas del jazz
Ellas son, por ejemplo, las ya más que consolidadas y reconocidas Cassandra Wilson, Diana Krall, Dee Dee Bridgewater o Norah Jones.
Cassandra Wilson dispone de una voz grave, un poco rota y, aunque con un estilo más mediocre, es más profunda. Lo carácterístico de Wilson es la música en la que integra su voz, ya que recrea una especie de cuento con múltiples efectos y sonidos sugerentes y narrativos en su espectáculo. Nacida en los 60 en Canadá, Diana Krall se caracteriza por una voz suave, también grave y casi susurrada, con un estilo elegante y sensual.
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En lo que respecta a Dee Dee Bridgewater se caracteriza, sobre todo, por la personalidad de su música y actuaciones, así como la gran virtuosidad de su voz, ya que dispone de un gran registro vocal. A veces recuerda a las cantantes clásicas de R&B.
Norah Jones es la voz más dulce del jazz. Su estilo se identifica con el soul más clásico, así como en ocasiones tiene giros pop. Pero de Jones, principalmente, destaca el virtuosismo y la sensualidad de su voz, desde la pureza y la dulzura que define su timbre, limpio y dúctil, así como desde matiz en que su voz se rompe en los gorgoritos.
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El elemento esencial
Las voces femeninas aportaron al jazz un gen y una esencia que la voz masculina, pese a presumir de unos timbres muy sugerentes y versátiles, hasta entonces no había explorado: la sensualidad y una gran ductilidad. El juego de intensidades, el acabado de las frases con una voz desgarrada y con aspecto a priori de dejadez, el recorrido por los bemoles con soltura y sin miedo, el aire casi afónico de algunos giros vocales al término de las palabras… Todo ello aporta ese matiz sensual y libre que ha consolidado la identidad de su estilo.
El virtuosismo de las voces juega también un papel importante. Pero más allá de los gorgoritos, las voces femeninas recrean con sencillez un clima más desenfadado y nada rígido. Una mayor libertad de movimiento de las cuerdas vocales.
Así, el género de géneros musicales modernos ha experimentado, de un tiempo a esta parte, un nuevo desarrollo. Ha alcanzado una mayor sofisticación que ha venido de la mano de estas grandes intérpretes, entre otras, y un mayor protagonismo social que esta vez corre a cargo de las chicas. Ahora el jazz se escribe en femenino.

