«Hermanos Merluza» de Manuel Fernández-Villaverde

Es martes, y como todos los martes es día de ir al mercado de Gràcia a las ocho menos cuarto de la mañana. Luego hay mucha gente. Aunque no es una mañana especialmente húmeda, es martes y es día de ponerse el polar que Antonio consiguió con los cupones de «El Mundo Deportivo». Con su escudo. Siempre ese escudo que le da alegrías y algún disgusto. El uniforme de los martes se completa con unos vaqueros anchos con entrepierna remendada y unas zapatillas «con una suela que absorbe la fuerza del impacto del pie contra el suelo» para su artrosis. Ese ha sido su último capricho. Son caras, pero las necesito por su suela gruesa, se había dicho muchas veces para convencerse del gasto. No va elegante, pero es martes, y es día de mercado.

El camino hasta el mercado es parte del ritual. Café Bar Celoni. Siempre ahí. Un café en vaso, una tostada con mantequilla, pero sin mermelada, porque la mermelada sólo puede ser de naranja y nunca tienen, un vasito de agua fresca pero no demasiado porque es muy pronto y un yogur previamente pasado por microondas para quitarle el fresco de la nevera.

Doña Paquita posiblemente no tenga el mejor pescado del mercado, piensa muchas veces, pero son ya muchos años comprándoselo todo a ella. Su puesto es pequeño. Es el primero que ves cuando entras tras comprar los encurtidos. Aceitunas rellenas de boquerón. Siempre aceitunas rellenas de boquerón. Doña Paquita es una mujer de una edad cercana a la de Antonio, con un pelo finamente dorado y una sonrisa tan nacarada que hace sospechar que es tan real como su color de cabello. Saluda con frescura, como sus sardinas.

—Buenos días, precioso —le dice a Antonio nada más verle.

—Es martes —contesta asumiendo la sorpresa de doña Paquita.

—Lo sé, precioso, lo sé.

—Es martes —vuelve a insistir Antonio.

—Vale, precioso, ya sé a lo que te refieres. Quieres tus seis merluzas, con la cabeza cortada, fileteadas y en paquetes individuales.

—Es martes —confirma el hombre con alivio.

Antonio vive con su hermano Javier en la misma casa de la calle de la Gleva en la que han vivido desde que tienen uso de razón. Es un piso de poca luz y de muebles absorbidos por el tiempo. Cuando murió mamá no se atrevieron a cambiar nada porque mamá no lo habría querido y porque qué iban a hacer con esos muebles. Tirarlos no era una opción.

Comen todos los días merluza. Cenan todos los días merluza. Normalmente al horno, a veces al vapor; cuando quieren vivir al límite le ponen ajo y cuando tienen invitados… bueno, es que nunca tienen invitados. Los domingos salen a comer fuera. Siempre una hamburguesa en “Cacho”, en la mesa de la esquina junto al ventanal por el que pueden ver subir y bajar a la gente por Gran de Gràcia. Esa gente que no son ellos.

Antonio es el que se encarga de hacer la merluza, comprarla y asegurarse de que no tenga Anisakis. A esta edad un Anisakis nos puede llevar a la tumba, le recuerda siempre su hermano.

Javier es más elegante. ¿Elegante? Siempre lleva pantalón de pinzas, una camisa de color claro y lisa, unas gafas intelectuales de los años sesenta, y lo decora todo con una cazadora de cuero marrón que debió de ser de su padre. Aunque nunca conocieron a su padre. Javier se ocupa de Pepix. Un Bichón maltés negro al que le falta una pata tras un accidente mal curado. Durante muchos meses, Pepix llevó una escayola aparatosa en la pata delantera izquierda, y por cómo la movía se podía entender que no la recuperaría. Javier lloró como si se la amputaran a él. Desde que esto ocurrió, hace unas semanas, Javier ha cambiado. Una vez se puso una camisa de cuadros. Otro día se atrevió a ponerse una de rayas. Esto solo podía acabar mal, pero pareció que todo acababa calmándose y volvió a las camisas claras y lisas. A mamá no le gustaban las camisas de cuadros, eran camisas de leñador y en su casa no entraban leñadores, les había repetido por activa y por pasiva.

Es martes y es día de mercado, así que como todos los martes, de vuelta a casa, Antonio espera a su hermano en el bar Tito. Un vermut con una rodaja de naranja y dos gotas de angostura, por favor. Siempre dos gotas de angostura. No hay aperitivo mejor, decía su madre. Qué razón tenía, ¡una santa!

Javier llegaba con Pepix y el pan mutilado, porque el primer cusco siempre es para la perrita.

—Hola, Antonio, ¿has comprado la merluza? —pregunta Javier sabiendo la respuesta.

—Es martes —confirma su hermano.

Mientras Antonio le espera en la barra, Javier inclina la cabeza y se sienta en una mesa. Deja con calma a Pepix y mira a Antonio para que le siga. Antonio no lo entiende. El vermut con angostura se toma en la barra. Así se puede aprovechar para pedir unas aceitunas y quién sabe si unas almendras, pero en la mesa todo se complica. «Javier, es martes» parece decir Antonio con extrañeza en la mirada, así que no se sienta a la mesa.  Pero no es un martes cualquiera. Javier tiene una mirada distinta en sus ojos. Antonio no entiende qué pasa, pero intuye algo. Algo que no está en sus planes. Es martes, y es día de mercado, nada más puede ocurrir un martes.

Dos sorbos largos y profundos del vermut y Javier apuñala a Antonio con sus palabras.

—Antonio, hoy no quiero merluza.

Antonio empieza a temblar, es martes, es día de mercado, balbucea. Se acalora. El escudo de su equipo en el polar no es suficiente. Busca una señal en Javier que le indique que es una broma. Pero no le gustan las bromas.

—Tenemos que avanzar, probar cosas nuevas. Ya no somos tan jóvenes- le dice Javier mientras le ofrece la mano para calmarle.

—¿No te gusta mi merluza? ¡Podría hacerla rebozada! Muchas veces he querido y creo que sería distinto. Todo sería distinto con el rebozado –responde con voz cada vez más apagada.

—No, Antonio, no eres tú, soy yo. Estoy cansado de la merluza.

Un temblor recorre el cuerpo de Antonio y le bloquea la mano, agarrada con fuerza al vaso de vermut con angostura. El tintineo del hielo da señales de urgencia, de que hay que hacer cualquier cosa rápido para evitar que pase algo peor. ¿Por qué? ¿Es que Javier no entiende que los martes no se pueden modificar? Mamá murió un martes. Qué puede haber peor que cambiar un martes. Todo está pensado para que sea un día tranquilo. Controlado. Sin duda Javier es un desalmado, piensa Antonio con ganas de llorar.

—Antonio —le dice Javier con firmeza – sigo confiando en ti. ¡Eres mi hermano! Estoy convencido de que llegaremos a una solución. ¿Quieres sentarte? —le dice mientras le ayuda a coger una silla.

—Y ¿qué hago ahora con estas merluzas? ¿Tirarlas? —se levanta de nuevo Antonio— ¿Crees que nos sobra el dinero?

—Sí, Antonio, comprendo todo lo que me cuentas. A mí también me duele. Pero ese no es el problema.

—Claro que no es el problema —dice Antonio mientras empieza a agitarse con movimientos nerviosos—. El problema es qué comer ahora. Mero…es bueno, pero complicado por su carne dura. Javier ¡mero no! —suplica—  Lenguado; podría ser una opción porque puedo hacerlo de diferentes maneras. En realidad, creo que me vendría bien porque no tardaría tanto como con la merluza. No sabes cómo pongo la cocina con la merluza. Son muy rebeldes las merluzas. Creo que no las conoces bien y por eso quieres cambiar. ¿No querrás pollo? Es un animal muy sucio y muy hormonado. Javier, no queremos pollo. No quiero pollo, Javier. ¡Pollo no! —sentencia con un tartamudeo.

—No lo sé. A mí me gusta el pollo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Dónde has comido pollo? – pregunta angustiado Antonio.

—Da igual, Antonio. Mamá hacía pollo en pepitoria. Recuerdo mancharme los dedos con el pan al untar en la salsa que hacía.

—Mamá no está, mamá no está. Yo no soy mamá, no cocino como ella – se agobia su hermano mientras se levanta de nuevo de su silla.

—Antonio, tranquilo. Ya sé que no eres mamá. Siéntate, que me estás poniendo nervioso. Además, podemos comernos estas merluzas. Podemos hacer el cambio la próxima semana, no tiene que ser ya. Podemos hablar con calma de las distintas opciones y haremos lo que más te guste a ti.

Esto calma a Antonio, que ve cómo el reinado de la merluza aún tiene una semana de esperanza. Será una semana en la que cada día cambiará la receta. Sí, así seguro que Javier vuelve a amarla, piensa. No puede dejar de comer merluza. Si esto ocurriera, ¿qué pasaría los martes? Porque los martes, como hoy, son día de mercado.

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