Decía Jorge Luis Borges que “España es una tierra donde hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno”. Con esta afirmación, el reconocido escritor argentino desvelaba la esencia más ínfima de un país de largo recorrido, con una historia intensa y de tradiciones muy ancladas. Una esencia que está, indudablemente, marcada por costumbres de diversas índoles, que son identidad de muchas regiones de España. Y es que eso “sustantivo y eterno” no es otra cosa, que sus tradiciones.
Ligada a la música, el baile, la literatura, la pintura, el teatro o el cine, España es un país que siempre ha podido presumir de una gran proliferación de representaciones artísticas y culturales. Pero ya no solo a grandes niveles, sino que numerosas festividades y celebraciones nacionales están íntimamente ligadas a todas esas facetas, especialmente a la música.
Música y danza popular
La música popular es aquella que nace del pueblo, de los ciudadanos, de las vivencias de esas personas que tienen en común un lugar, una rutina, unas costumbres, un pensamiento.
Gracias a esas canciones con letras fáciles de recordar, melodías pegadizas, rimas simples, palabras de origen… Revivir el espíritu y la historia de muchos pueblos es posible. En muchos casos, esas canciones están acompañadas de unos instrumentos determinados, y además, enriquecidas con danzas populares que bailan al son de esas melodías con pasos concretos.
Ejemplo de ello son la jota, la sardana o las sevillanas, que forman parte del folclore nacional más reconocido. Pero también existe un gran número de pueblos de todo el territorio español, hasta los más pequeños y recónditos, que encontraron en músicas y danzas populares diferentes la ocasión de expresarse, de celebrar y hasta incluso de homenajear a su propio municipio y sus gentes.
Garcinarro, la cuna de los paloteos
Este es el caso de Garcinarro. Un pequeño y tradicional pueblo manchego, de unos 300 habitantes, que se encuentra en el corazón de la provincia de Cuenca. Garcinarro posee una tradición que lo hace muy especial y que contagió a los pueblos de alrededor. Esa tradición es la danza popular, lo que los garcinarrenses llaman “el baile” o “los paloteos”.
En la actualidad, esta costumbre de música y danza popular se hace al son de dulzaina y tambores. Los danzantes y danzantas, así apodados por la gente del pueblo, visten con los trajes y colores de Castilla La Mancha, en honor a su tierra, es decir, de rojo y amarillo. El día festivo en que tiene lugar la danza por las calles del pueblo es el 15 de agosto, en honor a la festividad de la Virgen del Sagrario.
Pero esta tradición musical de Garcinarro se remonta en esencia a finales del siglo XIX, y ha ido evolucionando a lo largo de los años hasta el actual método. Al comienzo de esta costumbre, los danzantes vestían con colores y trajes diferentes a los de la actualidad, y el día grande para la danza era el 15 de mayo, por San Isidro. Sin embargo, debido a que la mayoría de los vecinos se habían mudado a Madrid, se decidió cambiar la fiesta al 15 de agosto para que todo el pueblo pudiera acudir. Así lo explica Domingo Odene, uno de los vecinos y danzantes más populares de Garcinarro.
Domingo fue danzante durante muchos años, y todavía se le van los pies cuando escucha las melodías al ritmo de tambores. Él se inició en la danza por herencia de su primo Cayo, que danzaba cuando Domingo aún tenía siete años y, junto a sus amigos, asistía a todos los ensayos de los mayores, que se preparaban para danzar el día de la fiesta. De observarles con tanta admiración y atención, en seguida aprendió a desenvolverse, y animó a los de su edad a formar un grupo y lanzarse a la aventura. Desde ese momento nunca dejó de danzar, hasta que la danza desapareció durante un largo periodo de tiempo.
“La danza iba de generación en generación, los más mayores enseñaban a los más pequeños…y así. A nosotras nos enseñaron los mayores”, explica también Lidia, una de las danzantas del primer grupo de chicas que danzó, ya que al principio solo lo hacían hombres. “Nosotras íbamos al patio de Domingo, y allí algunos danzantes nos enseñaban los paloteos, tarareándonos las canciones”, añade. Desde ese primer año, 1987, en que bailaron grupos mixtos, esta costumbre fue la estrella de Garcinarro, ya que atraía incluso a numerosos vecinos y gente ajena al pueblo solo a disfrutar de los paloteos.
Identidad cultural
Y es que esta tradición cultural tan peculiar, tan admirada y alabada por todos los garcinarrenses, de repente se paralizó. El principal motivo fue el problema de salud que sufrió el músico, también natural de Garcinarro, que tocaba la dulzaina, el instrumento protagonista de los paloteos. Esto supuso un choque brutal y un corte inmediato en la tradición, ya que no existían partituras escritas de la música que él tocaba. En ese momento, finales de los 90 principios del 2000, la danza tradicional de Garcinarro se extinguió.
Sin embargo, esa ilusión perdida recobró su vida hace cinco años. Fue entonces cuando un nuevo grupo de jóvenes acudieron a Domingo y su hermano Isidro, también garcinarrense y danzante veterano, para que les enseñaran la tradición de la danza, los pasos y paloteos, recuperando así la identidad cultural de Garcinarro.
Desde entonces, los paloteos tradicionales garcinarrenses han vuelto con intención de quedarse, y cada año son más los jóvenes, incluso también los veteranos, que se animan y unen a esta danza popular, ya sustantiva y eterna para Garcinarro.



