«El país de las piedras» de Mateo Granillo

El viento no sopla,

Grita en el país de las piedras.

La lluvia no cae en el país de las piedras,

tal vez meteoritos…

Tenemos que dejar a las palomas volverse plegarias

y desaparecer

en polvo,

adobe

y deshielo.

Las montañas púrpura de la mañana

lloran su nieve y piensan su altitud,

su crecimiento.

Los árboles de escoba en

el país de las piedras

barren el cielo con sus ramas doradas.

Aquí, el horizonte es un espejismo

de roca y nieve.

En el país de las piedras

cuando

           las palabras

                               de arena

se te salen de la sonrisa

                                como una tormenta

                                como los pétalos de una flor marchita:

Tus dientes serán piedras

tus ojos, nube de atardecer

tu noche–piel, polvareda.

En el país de las piedras

el vuelo de los pájaros hipnotiza, vuelan los segundos,

emplumados.

La muerte es una muñeca dentro de otra.

Los árboles crean sus hojas

de tierra y madera seca.

Las grandes montañas serán

           arena y piedra.

                                 Sus ojos de mantra,

vuelan en forma de avispas negras,

de pétalos de cerezo.

En el país de las piedras,

tus ojos crean los paisajes

al recorrer los caminos.

Las montañas oníricas

se forman en el trayecto que recorren hacia tus pupilas.

                  Eres el desierto,

siente el viento tocarte,

            los manzanos florecer,

            la fiebre en tu arena,

            la lenta erosión en la cara.

En el país de las piedras

             la noche es un pretexto

para descansar la creación constante de sus paisajes.

Para frenar la imaginación.

Dejar de ser luz y ser sombra

o mejor aún:

la sombra de una sombra.

El país de las piedras acaba en la lluvia

cuando los techos de tierra se vuelven lodo

y los hombres se mezclan con las dunas en una larga oración grave.

Mateo Granillo