El viento no sopla,
Grita en el país de las piedras.
La lluvia no cae en el país de las piedras,
tal vez meteoritos…
Tenemos que dejar a las palomas volverse plegarias
y desaparecer
en polvo,
adobe
y deshielo.
Las montañas púrpura de la mañana
lloran su nieve y piensan su altitud,
su crecimiento.
Los árboles de escoba en
el país de las piedras
barren el cielo con sus ramas doradas.
Aquí, el horizonte es un espejismo
de roca y nieve.
En el país de las piedras
cuando
las palabras
de arena
se te salen de la sonrisa
como una tormenta
como los pétalos de una flor marchita:
Tus dientes serán piedras
tus ojos, nube de atardecer
tu noche–piel, polvareda.
En el país de las piedras
el vuelo de los pájaros hipnotiza, vuelan los segundos,
emplumados.
La muerte es una muñeca dentro de otra.
Los árboles crean sus hojas
de tierra y madera seca.
Las grandes montañas serán
arena y piedra.
Sus ojos de mantra,
vuelan en forma de avispas negras,
de pétalos de cerezo.
En el país de las piedras,
tus ojos crean los paisajes
al recorrer los caminos.
Las montañas oníricas
se forman en el trayecto que recorren hacia tus pupilas.
Eres el desierto,
siente el viento tocarte,
los manzanos florecer,
la fiebre en tu arena,
la lenta erosión en la cara.
En el país de las piedras
la noche es un pretexto
para descansar la creación constante de sus paisajes.
Para frenar la imaginación.
Dejar de ser luz y ser sombra
o mejor aún:
la sombra de una sombra.
El país de las piedras acaba en la lluvia
cuando los techos de tierra se vuelven lodo
y los hombres se mezclan con las dunas en una larga oración grave.

