Que El Quijote, obra magna de Miguel de Cervantes y de la literatura en castellano, ha inspirado casi todas las buddy movies de la historia resulta obvio. La contraposición de dos personalidades muy distintas en aras de crear un contraste entre ellas a lo largo de una aventura es uno de los recursos más utilizados en la historia del cine, con mejor o peor resultado. Desde La extraña pareja (1968) hasta La Jungla de Cristal 3 (1995), pasando por Arma Letal (1987), este modelo de película ha sido uno de los más socorridos  y rentables del cine.

También es un hecho que Álex de la Iglesia, además de un director más que competente, es un ávido fagocitador de todo tipo de cultura popular, incluida la española. No sería descabellado llamarle el Tarantino patrio, tanto por las múltiples referencias que aparecen en sus películas como por su peculiar y personal obra. Y, si nos fijamos en su segunda película —El Día de la Bestia (1995) y culminación temprana de su trayectoria, tampoco sería una quijotada llamarle el Cervantes de los 90

Porque el excelente film protagonizado por Álex Angulo y Santiago Segura bebe de la obra del Manco de Lepanto mucho más de lo que parece. Y no sólo por ser una buddy movie de manual sino por muchos detalles de su argumento, sobre todo analizando su pareja protagonista.

Sancho y Quijote, Quijote y Sancho

El personaje principal, el padre Ángel Berriartúa, es un hombre que, habiendo dedicado su vida al estudio, apartado de la civilización mientras lleva una vida célibe y solitaria, emprende un viaje y una misión que nadie le ha encomendado. Objetivo que si se hace un visionado atento de la película se entiende ficticio. Porque todos los elementos sobrenaturales de la cinta ocurren una vez ingerida la alucinógena amanita muscaria en la invocación del piso de Cavan. Misión excéntrica que, con buen criterio, nadie parece compartir con nuestro «héroe».

Cuando Don Quijote conoce a Sancho Panza

Cuando Don Quijote conoce a Sancho Panza || creativekatarsis.com

Nadie, menos su Sancho Panza particular. Chema, «satánico y de Carabanchel». Porque es en el personaje de Santiago Segura y en su relación con su improvisado compañero donde recae todo el poder cervantino de la película. Chema es un hombre sencillo, dedicado a sus cosas mundanas: su tienda, la pensión de su madre, cuidar de su abuelo e intentar tirarse a Natalie Seseña. Hasta que el padre Ángel entra en su mundo, y lo cambia por completo, como hizo Alonso Quijano con el de Sancho.

Desde ese momento, Chema se convierte en el más leal escudero del protagonista. Todo ello por pura amistad, además de por encontrar en su pareja una figura paternal, o al menos alguien de quién aprender. Y todo ello, al igual que Sancho, en una aventura que no acaba de entender y en la que ejerce la voz más materialista y de la «razón». Hasta que, como en la obra de Cervantes, las tornas se giran.

Porque llega un momento, tanto en la obra cinematográfica como literaria, en la que asistimos al cambio de papeles, o quijotización de Sancho, como se ha dado en llamar. En la película ocurre cuando el cura ha decidido rendirse, ya en las puertas de las Torres KIO —no hubiera estado mal que hubieran sido sus particulares molinos de viento, pero no fue así— y es Chema quien le anima a no cejar en el empeño de matar al Anticristo, retratado en una organización neonazi —estos sí que eran los molinos— llamada Limpia Madrid. Como se puede ver, cualquier parecido con la inmortal obra —y con la realidad— es pura coincidencia.

Alex Angulo y Santiago Segura frente a las Torres KIO

Álex Angulo y Santiago Segura frente a las Torres KIO || depetrarcaale-mail.blogspot.com.es

En defensa de la inspiración

Vaya por delante que esto no resta ni un ápice de calidad a la película de Álex de la Iglesia. Es, sin ninguna duda, una de las obras clave para entender el cine español de los últimos veinte años, tanto estilística como argumentalmente. Cualquier adjetivo elogioso se le queda corto, y el hecho de haber utilizado una referencia clásica  de una manera tan asombrosa —y sutil, pues aunque el propio director lo ha comentado en alguna entrevista, no ha sido un comentario cinéfilo habitual— hace que, de alguna manera, la película resulte más trascendente.

Ojalá todos los directores tuvieran el atrevimiento de Álex, o el de los Hermanos Coen en O Brother! (2000) con La Odisea de Homero, inspirándose en este tipo de obras, y no atiborraran la cartelera con Universos Expandidos o reboots  de sagas galácticas.

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