La mujer en el arte ha sido sombra y silencio. Una masacre brutal de olvido tras olvido. Es curioso, porque precisamente el arte de la escritura, y en este caso de la poesía, nació de la mano de una mujer. Puede que antes de ella ya hubiera otros autores. Pero la constancia material, la obra más antigua conservada hasta ahora, es de Enheduanna, una mujer de familia aristócrata, hija del rey Sargón I de Acadia.

Nunca se verá a Enheduanna en ningún libro de texto escolar, ni se sabrá nada de las Sinsombrero más allá de lo que la curiosidad permita. Y no porque no fueran importantes. Simplemente fueron mujeres que se salieron de sus roles de esposa, madre o hija. Afirmar que la historia está hecha por hombres es ser conocedor de la realidad tan injusta en la que se vive.

La Iglesia siempre fue buen refugio para todas las intelectuales. Clara Janes habla de ello en su libro Guardar la casa y cerrar la boca. Los conventos pasaron a ser la salvación para la mujer escritora. El ejemplo más conocido puede que sea el de Santa Teresa de Jesús. Pero hubo muchas más. Si se investiga un poco en el barroco español se encontrarán poetisas con hábito, con nombre y apellidos. Janes destaca a varias entre las que se hallan María de Santa Isabel, que decidió escribir bajo el seudónimo de María Belisarda, o la propia hija ilegítima de Lope de Vega, Marcela de San Félix.

No hace falta irse tan lejos en el tiempo. Siglo XIX. Fernán Caballero se adueña de la novela costumbrista con tintes católicos y tradicionales. El problema fue que ese tal Caballero en lugar de calzones llevaba falda y se llamaba Cecilia Böhl. Víctor Catalá configuró un universo narrativo que se basaba en la violencia y la locura. Su fuerza narrativa era tal, que jamás se dudó de que fuera un hombre el que firmaba. Sin embargo, se trataba de Caterina Albert, que conocedora de la discriminación sexista de su época, pasó a usar la mencionada firma masculina para poder escribir sin juicios machistas.

Y qué decir de la famosa Generación Beat… Kerouac, Ginsberg o Burroughs son algunos de sus máximos exponentes. Si algo caracterizó a esta generación fue la libertad sexual. ¿Y las mujeres? ¿No las hubo? En palabras del propio Gregory Corso: “En los años 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba. Hubo casos, yo los conocí. Algún día alguien escribirá sobre ellas”. Para conocerlas ha sido necesario publicar una antología bautizada como Beat Attitude .

¿Qué decir del canon? Otro de los grandes lastres del mundo de la literatura y un campo de batalla abierto para la mujer escritora.  Sin embargo es muy necesario si se toma como una lista pedagógica sin excluyentes de género.  El problema es que no se hace así. Se manipula y se olvida.

Pleno siglo XXI. Todavía se ven titulares como los del estudio de la Asociación Genialogías, que junto a Nieves Álvarez publicó Descubrir lo que se sabe: Estudio de género en 48 premios de poesía. Los hombres ganaron el 82% de los premios públicos de poesía en España entre 1923 y 2016”. Parece que la literatura sigue siendo un mundo de hombres.

Un mundo en el que no existe ni la memoria histórica ni la justicia. En el que todavía Ernestina de Champourcín, Concha Méndez o Josefina de la Torre no tienen voz. En el que las nuevas escritoras son solo caras bonitas en alguna red social, como si se estuviera en el Renacimiento y la mujer solo fuera un cuerpo que contemplar.

Dicen que no hay peor muerte que el olvido. Ellas, todas, las olvidadas de la historia, no están muertas. Viven en las nuevas voces, en las que las recitan y en las que gritan alto.

“Por vosotras, las silenciadas, las que dieron la vida para que hoy tengamos algo de voz. Por vosotras, por nosotras y por las que vendrán, por todas las mujeres para que vivamos en un mundo de justicia: Yo, paro el 8 de marzo. (Lara Peiró, redactora de Le Miau Noir)”

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