Palabras mudas y sordas. Hablan del ser para la muerte, tan tranquilos, tan sin lágrimas.
Ahí los dos, tan cerca uno de la otra, a una soledad de distancia.
Hablan pero no se besan, no mueren, no se besan.
Dice la novia, la concepción del tiempo cristiano, sí, claro, cómo pasa tan rápido si es que pasa. El hombre y su machismo que quiere perpetuarse a como dé lugar, quiere hijos, hijas, seguir siendo en ese pequeño de carne donde se ve a sí mismo.

Pero el novio se queda mudo, sin nada, sólo él…
Una cuestión de abrazo lo acabaría momentáneamente.
No se besan, están ahí hablando, pero no se besan.
Entre el humo y el café hacen de Heidegger su amante particular,
su cómplice de muerte, de silencio, de soledad.
Los dos ahí, tan sin prisa, tan haciéndose, tan volcado hacia ella, tan volcado hacia él, tan volcados al mundo, tan aquí y ahora, tan haciendo futuro. Ahora callan, se besan… y son más Heidegger muriéndose ya, callados entre el beso, están ahí, siendo, en éxtasis, ya sin tiempo.

