“(…) esta epojé fenomenológica, o este «poner entre paréntesis» el mundo objetivo, no nos coloca, pues, frente a una pura nada. Lo que, justamente por el contrario, y justamente por este medio, nos hacemos propio (…) es mi vida pura, con todas sus vivencias puras, y todas sus cosas asumidas puras: el universo de los «fenómenos», en el sentido especial y amplísimo que tiene esta palabra en la fenomenología. La epojé es, puede también decirse, el método radical y universal por medio del cual me aprehendo como un yo puro, con la vida de conciencia pura que me es propia, en la cual y por medio de la cual el mundo objetivo entero es para mí, y es precisamente tal como es para mí. Todo lo perteneciente al mundo, toda realidad espacio-temporal, existe para mí, es decir, vale para mí, y vale para mí porque la experimento, la percibo, me acuerdo de ella, pienso de alguna manera en ella, la enjuicio, la valoro, la apetezco, etcétera “

Meditaciones cartesianas, Husserl.

Raro es empezar un texto en recuerdo de Cervantes con la cita de otro autor. No obstante, ésta es una demostración más de cuanto se ha recordado, actualizado y utilizado El Quijote en todos estos cuatro siglos que han pasado tras su grata escritura. Se sea español o alemán, se haya leído o no, El Quijote sigue resonando como referencia de lo moderno.

Don Quijote cargando contra los "gigantes" ||

Don Quijote cargando contra los “gigantes” || G. A. Harmer

La fenomenología, una interpretación quijotesca de la realidad

Husserl es el padre de la fenomenología, dicen algunos, ya que fue quien la bautizó. Esta disciplina se basa en dos conceptos fundamentales, como se puede ver en el texto, la epojé y el fenómeno. Hacer epojé es quitar todo lo que sobra. Todo lo que sobra es aquello que impide acercarnos a la experiencia pura, a la cosa misma. La cosa misma, el fenómeno, es lo que se presenta al yo trascendental como realidad.

El yo trascendental es un sujeto que tan solo ve, no hace juicios, no compara y no valora. Es el perfecto espectador que lo que ve y escucha, en efecto lo ve y lo escucha. El espectador mediocre diría: “yo veo esto porque estoy ebrio, tú ves aquello porque estás loco”. El espectador mediocre siempre busca una excusa para no enfrentarse al fenómeno. El espectador como tal es aquel que en cuanto lo ve, saca la lanza y acomete contra ello, asume el fenómeno.

Don Quijote dice a Sancho Panza en una de sus aventuras:

“-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o poco más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos la vida(…)

-¿Qué gigantes?- dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos casi de dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra y el molino.

Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.”

Don Quijote molinos realidad

Don Quijote enfrentándose a los molinos || Por ajbajnificent en deviantart.com

En este conocido relato del Quijote suele decirse que los gigantes en realidad son molinos. Se escoge a Sancho Panza como la voz de la cordura y a don Quijote como voz de la locura. No obstante, la comparación de la realidad es un paso ya muy posterior a la realidad misma. La realidad es que los gigantes son reales al presentarse como tales a los ojos de don Quijote. Y los molinos también son reales al presentarse como tales a los ojos de Sancho Panza.

Pero la cuestión que suele salir a continuación es qué es más real. Esta pregunta, aunque mal formulada, ya muy lejana a aquello que es real, se puede intentar contestar. Si fuesen más reales los molinos, las formidables aventuras del caballero andante y el escudero fiel habrían terminado aquí mismo. Qué sería de don Quijote sin el sentido final, meta vital, que hace al valeroso caballero recorrer todas sus penurias. Que sería de él, si algún lector se atreviera a decir que Dulcinea del Toboso no es real. Lo que pasaría no hay que imaginárselo ni interpretarlo. El propio Cervantes ya lo deja escrito.

La locura de la vida y la cordura de la muerte de don Quijote

Dice don Quijote, de vuelta a su aldea, ya en el lecho de su muerte:

“Yo tengo juicio ya, libre y… claro, sin las sombras calignosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. (…) Yo me siento, sobrina, a punto de la muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte.”

Don Quijote muerte

Muerte del Quijote

Tras unas pequeñas discusiones con sus más allegados, sorprendidos estos de la cordura de don Quijote, el cura del pueblo tras tomarle el pulso dice las siguientes palabras: “Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que se haga su testamento.”

En estos momentos de desesperación, su fiel escudero Sancho Panza, intenta hacerlo volver a la realidad de don Quijote. Realidad en la que sacaría la lanza para enfrentarse cara a cara con el fenómeno, con la vida. Para ello, Sancho le recuerda uno de sus últimos alocados planes antes de volver a ser Alonso Quijano el bueno, y estar muerto.

Así le habló Sancho:

“¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años más, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestido de pastores, como tenemos concertado: quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea.”

No hay momento para la tristeza en las esquizofrénicas aventuras del caballero de oxidada armadura. Ningún lector siente tristeza porque don Quijote confunda gigantes con molinos. Nadie se estremece con su combate contra el vizcaíno, por mucho que acabe con un hombro perforado por una espada de acero. Del mismo modo no preocupa al lector que don Quijote confunda un castillo con una venta de mala muerte, y a su princesa con la andrajosa dueña de la venta.

Don Quijote Calavera

Don Quijote calavera || José Guadalupe Posada / wikimedia.org

El único momento realmente terrible en la novela es el momento de su muerte. Pero no porque muera su cuerpo, sino porque muere su vida, muere el caballero andante de oxidada armadura. Y al morir él, poco después, muere el cuerpo de Alonso Quijano. Se podría volver a plantear aquí la pregunta anterior, junto a otras. Cabe preguntarse qué es real, si es aquello que le hace vivir o lo que le concede la muerte a don Quijote, si son los molinos o los gigantes lo que permite que el Quijote exista.

Hoy todos recuerdan a Cervantes gracias a que el Quijote es real, y recuerdan a don Quijote gracias a que los gigantes son reales. Si se mira como espectador mediocre, aquel que huye de los gigantes, se dirá que los gigantes son causa de la locura de don Quijote y El Quijote es causa de la escritura de Cervantes. Si se mira como espectador puro, se verá la realidad de los molinos y la realidad del Quijote desde sí misma.

Fue la apariencia lo que mantuvo con vida a don Quijote y fue la verdad lo que mato a Alonso Quijano. Es la apariencia lo que hace que hoy, aquí, El Quijote siga vivo. Es la verdad, sin embargo, lo que hace que el cuerpo sin vida de Cervantes esté enterrado en algún lugar. Y es que si algo sigue recordando a todo el mundo está obra culmen de la literatura española, es que la apariencia es la única realidad posible. Y el humor, la mejor forma de acercarse a ella.

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