“Doce hombres sin piedad” y los populismos

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Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, es una de las películas con las que más acertadamente se emplea el término “clásico”. Raro es el amante del cine que no la ha visto, ya sea en la original, debut del gran Lumet, o en otras versiones posteriores. Una de las mejores, por cierto, fue la que realizó TVE en su época dorada, la de Estudio 1. Recomendable a todos los efectos, ya sea en la versión española —en este enlace— o la obra maestra de Lumet.

Y es un clásico del cine por muchos motivos. De primera mano por su gigantesca, grandiosa, calidad cinematográfica. Por su puesta en escena teatral y su magnífica dirección de actores, Henry Fonda a la cabeza. Y sobre todas las cosas por su guion que, con inmensa habilidad, va guiando al espectador hacia donde le interesa al director.

Fonda ejerce de justiciero

Y es aquí donde radicó gran parte de su importancia. Porque, desde que se estrenó en los cincuenta, esta película ha sido tomada como un ejemplo moral. Una de esas obras que se debería poner en los colegios para completar la educación de nuestros adolescentes, como otras muchas de las que ya se ha hablado en esta revista.

Porque el film de Lumet siempre ha sido tratado como un canto a la presunción de inocencia y a no tomar decisiones sobre otras personas basadas en los prejuicios. Porque, para quien no recuerde el argumento, la película trata de cómo el jurado interpretado por Fonda va convenciendo, uno a uno, a sus compañeros de jurado de la no culpabilidad del acusado de un crimen. Y es importante lo de la no culpabilidad, pues toda la trama consiste en cómo Fonda introduce la duda razonable a cada uno de los miembros del jurado, convencidos de la culpabilidad sobre todo por la extracción social del acusado.

Pero ¿y si…?

Nada que objetar. Pero, revisando la película en estos tiempos convulsos, con populismos y fake news de toda índole y espectro político, uno no puede evitar pensar en  un enfoque más cínico y perverso de la trama.

Porque, ¿y si Fonda estuviera equivocado, o mintiendo? ¿Y si el muchacho era claramente culpable del asesinato del que se le acusa? En definitiva, ¿y si Fonda fuera un Trump o un Nigel Farage, que consigue convencer de una manera ladina a sus compañeros del jurado?

Se trataría de una metáfora de la capacidad que tienen de convencer determinados populismos, del lado ideológico que sea, en base a que “una mentira contada cien veces se convierte en una verdad”. Y, dada la época, podría ser incluso una metáfora sobre cómo caló entre la población el nazismo en Alemania, o el comunismo soviético. O, incluso, el anticomunismo y la caza de brujas del Senador McCarthy en la América de los cincuenta.

Porque, viendo la película desde esta perspectiva, Fonda utilizaría el mecanismo tan clásico y sencillo que utilizan estas ideologías para abrirse paso.

Primero, sentar las bases de la duda en la población de que la verdad aceptada por el mundo no tiene por qué ser cierta. Como cuando Fonda introduce al resto de miembros del jurado la “duda razonable” acerca de la aparentemente evidente culpabilidad del muchacho de los bajos fondos.

Segundo, una vez plantada esa semilla, tergiversar esa idea preconcebida con argumentos aparentemente irrefutables, pero falacias en el fondo. Por ejemplo, Fonda usa todo tipo de argumentos —la dirección de la puñalada, etc. — para convencer al resto. Esto es, basa su argumentación en consideraciones técnicas de toda índole sin atreverse a abordar el problema de fondo. Que no es otro que el de los prejuicios raciales que sienten muchos de los miembros del jurado.

Tercero, utilizar la llamada presión de grupo. Y que los últimos disidentes opinen que no merece la pena resistirse ante la nueva evidencia. Prueba de ello es como somete a los tres últimos y más recalcitrantes convencidos de la culpabilidad del muchacho. Lo hace lanzando al resto de los miembros contra ellos, consiguiendo que mantener su visión sea poco menos que una quimera.

…pero hay muchas formas de entender una película” || Fuente: flickr.com”

Todo esto, sin embargo, son teorías con más ganas de ejercer de abogado del diablo que otra cosa. Más que nada porque el maestro Lumet no está entre nosotros para llevar la contraria a este artículo. Y porque, viendo el final de la película en la que el personaje con más prejuicios por un trauma personal se derrumba y admite que el chico es no culpable, uno se inclina a pensar en la teoría menos cínica.

Quizá se esté poniendo la primera piedra para que la verdad universalmente aceptada sobre Doce hombres sin piedad sea refutada.

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