Según han constatado multitud de estudios a lo largo de los años, existen una serie de atributos comunes en los genios. Unas características en su personalidad que hacen que brillen con luz propia y destaquen excepcionalmente en aquello a lo que dedican su vida. A grandes rasgos, estas personas destacan por su curiosidad, su impulsividad y dedicación casi obsesiva a cada objetivo que se propongan en el momento. Son personas muy autocríticas, solitarias e incluso neuróticas y, por encima de todo, son absolutamente pasionales. Aman lo que hacen y están dispuestos a todo por ello.
Heath Ledger reunía todos estos factores cuando se apagó hace ya 10 años. El actor australiano, nacido en Perth, pronto descubrió el mundo de la interpretación, haciendo sus primeras apariciones en televisión cuando era adolescente y mudándose a Sidney en busca de oportunidades con dieciséis años y sin nada de dinero.
Todo por un sueño
Desde esos primeros años, Heath ya destacaba y era diferente al resto. El divorcio de sus padres cuando era niño y el hecho de que ambos hicieran nuevas familias le hizo sentir apartado y probablemente marcó parte de su personalidad. Contra viento y marea, ese joven se fue abriendo camino, primero en producciones australianas y, poco después, captando la atención del cine estadounidense.
Su salto a la fama llegó con una comedia adolescente, 10 razones para odiarte. Para el papel, competía con Ashton Kutcher y Josh Harnett. Los productores vieron algo en él y no se equivocaron. La película fue un éxito y Ledger causó furor en el público adolescente. Además, mostró por primera vez sus dotes de cantante con esa célebre interpretación del «I love you baby» correteando por las gradas de la universidad.
Pero Heath Ledger estaba llamado a ser mucho más que una cara bonita para forrar carpetas y, pese a las ofertas, desechó una y otra vez el encasillarse en ese tipo de papeles. Esa valiente apuesta le valió el billete para El Patriota y, poco después, Monster’s Ball. En ambas actuaciones, estuvo más que notable en papeles secundarios en los que demostró que ahí había un gran actor en ciernes.
Un artista devorado por la fama y la obsesión
Poco después llegó Destino de Caballero (2001). No fue una gran película, pero un gran reparto y una original fusión de Edad Media con rock fue suficiente para impulsar definitivamente a Ledger al estrellato. Ocupaba portadas, aparecía en fachadas y alcanzaba una fama que nunca había querido y le superaba. Tenía 22 años.
Su personalidad arrolladora iluminaba y hacía mejor a todos los que le rodeaban mientras en soledad comenzaba a desarrollar más y más fantasmas que nunca le abandonarían. Su entrega y dedicación a sus personajes comenzó a volverse obsesión, y la exigencia consigo mismo, ilimitada. Llegaron otros rodajes y, al fin, el año que marcaría su vida. Entre 2004 y 2005 se embarcó en Casanova, El Secreto de los Hermanos Grimm, Brokeback Mountain y Los Amos de Dogtown.

Con Brokeback Mountain, uno de los hombres más deseados del momento fue capaz de dar vida a un cowboy gay en una interpretación tan cruda como impresionante. En 2005, una película que desafiaba los clichés americanos rompió todos los moldes. Para colmo, Ledger conoció en el rodaje a Michelle Williams, con la que tendría un hijo y de la que se enamoraría perdidamente.
Era la cresta de la ola y las luces ganaban sobradamente a las sombras. Ni siquiera el agotamiento extremo de embarcarse en rodajes consecutivos lastraba al australiano, al menos frente al mundo. Sin embargo, la realidad era que los problemas para conciliar el sueño y la ingesta de fármacos comenzarían pronto.
De la creatividad absoluta a un final prematuro
La vida personal de Ledger era una montaña rusa, su relación con Williams terminó, no digería el trato de la prensa y se centraba únicamente en crear. Era pura energía, no descansaba y se comprometía en todo tipo de proyectos. Era actor, pero resultaba brillante tanto delante como detrás de una cámara. Realizó proyectos propios en la industria musical, entre los que destacaron el videoclip a su amigo y cantante Ben Harper en «Morning Yearning» y la colaboración en la creación del vídeo musical de uno de sus referentes musicales, Nick Drake. La canción elegida, «Black Eyed Dog», trataba sobre la depresión.
Mientras su vida personal era cada vez más frenética y caótica, Ledger recibió la llamada de su vida. Le ofrecían el papel de Joker en El Caballero Oscuro de Nolan. Era el papel soñado por cualquier actor. Libertad creativa absoluta y un sinfín de matices de un personaje único. Ledger se encerró más de seis semanas en un apartamento para dar vida a un completo psicópata macabro y loco como nunca antes se había visto.
Como miembro ilustre de la llamada corriente de actuación del método, pensaba que la forma de alcanzar un vínculo total con el personaje pasaba por investigar, comprender e interiorizar las emociones y pensamientos a través de técnicas que, en muchos casos, resultaban muy agresivas. Se adentraba en los personajes, los absorbía y los hacía parte de él. Quizá demasiado.

En enero de 2008, poco después del éxito del Joker y mientras rodaba El imaginario del Doctor Parnassus, la estrella de Hollywood fue encontrada sin vida en su apartamento a los 28 años. Había sufrido una sobredosis accidental de medicamentos recetados, fruto de sus problemas de insomnio, ansiedad y depresión. Su dedicación extrema al trabajo, su fallido matrimonio y el coqueteo con las drogas le introdujo en una peligrosa espiral de la que no supo salir. Tras la muerte de Ledger, su familia siempre insistió en el hecho de que fue un accidente fatal y no un suicidio, si bien nunca llegó a esclarecerse del todo qué tenía en mente el actor australiano en aquellos trágicos días.
Una estrella fugaz que estaba llamado a marcar época y se apagó de forma prematura, hace ya 10 años. Se convirtió en el primer actor en ganar un Óscar a título póstumo por su papel del Joker y su reconocimiento sigue vigente. Sin embargo, su entorno todavía se pregunta qué fue lo que falló para que nadie fuese capaz de percibir la gravísima situación de Ledger y le ayudase. Se fue un genio antes de tiempo, una mente creativa y pura, única en su generación.

