Al norte del barrio de Retiro de la Ciudad de Buenos Aires, intercalada entre soberbios caserones, elegantes petit hôtels, y alguna que otra embajada, se erige la casa de subastas. Perfectamente camuflada entre sus pares arquitectónicos, una vez dentro no es necesario un ojo experto para apercibir que nos encontramos en uno de los microcosmos capitalinos de mayor poder adquisitivo. “Apercibir” es un vocablo que viene de la filosofía alemana, cuyo sentido aproximado es el de un principio reflexivo que se distingue de la simple percepción; no es un acto único de conciencia, sino la puesta en relación de varios actos valorativos sucesivos.

Entrar en este espacio supone apercibir, en un instante, el reducto de la alta cultura (en sentido adorniano), la liquidez financiera, la endogamia del gusto par el “ojo snob”, el diletantismo esperable de una limitada interpretación del ocio platónico, y las luchas rituales del ego (Nota: en el reino animal, la fauna puede llevar a cabo todos los movimientos de la lucha sin llegar tocarse; en etología, este comportamiento es conocido como “lucha ritual”).

Todo esto es altamente esperable, y hasta estereotípico; es inherente al mercado del arte, así como a cualquier contexto que involucre el fetichismo de la mercancía, especialmente en nuestros tiempos de habeo ergo sum. Sería irresponsable, sin embargo, ignorar ese otro aspecto, el del amor a la cultura y la belleza; quizás no desde la contemplación desinteresada, pero presente siempre donde haya arte.

Después de la exposición de las obras a ser subastadas, acontecida entre el cinco y el diez de abril del corriente, el evento en cuestión tiene lugar la noche del miércoles once. El clima es ameno y nos anima a entrar. Aunque la ocasional mirada de reojo titila un breve instante antes de continuar su paneo inquisidor hacia otras víctimas, no alcanza a interrumpir una atmósfera invitante – no en menor medida porque la cantidad de personas en la sala es ingente, y todos están demasiado ocupados en otras actividades fundamentales: encontrar un asiento vacío (los hay, pero debe ser el lugar justo), buscar amigos entre la concurrencia (o enemigos), atrapar una de las copas de alcohol, gaseosa o agua que periódicamente nacen de una puerta de servicio (antes de que la alcance otra persona: un enemigo… o peor, un amigo), etcétera.

Las taxonomías son notables en su variedad. Es un desafío digno del mismo Linneo clasificar las especies: desde altas y elegantes mujeres vestidas como para la ceremonia de aceptación del Premio Nobel, y varones rechonchos pasado su apogeo -dirán: los sesenta son los nuevos cuarenta- que intentan seguirles el paso, hasta jóvenes mal afeitados que vienen como recién salidos de jugar un partido de fútbol como amigos, y en medio todas las fisonomías y contrastes que el sol alumbra en esta tierra. Algunos, los dueños de las obras a ser subastadas – esos que salían eyectados de sus asientos en dirección a la salida cuando una u otra obra era (o no) vendida; otros, potenciales compradores -además del infiltrado que escribe ahora-.

Entre idas y vueltas, comienza la subasta: sesenta y ocho lotes al alcance del mejor postor. En realidad son sesenta y siete: una de las obras, se anuncia, ha sido retirada de la venta. Se trata de piezas interesantes, indudablemente por encima del promedio, de artistas argentinos (y algún que otro uruguayo) reconocidos en el medio, de todas las escuelas y épocas. Una heterogeneidad que responde, según nos comentó separadamente uno de los dueños del negocio, a lo que se estima tiene potencialidad de venta en el mercado, de acuerdo a esas difíciles y siempre etéreas condiciones que son el gusto y la moda: Antonio Berni, Lino Spilimbergo, Marta Marta Minujín, Gyula Kosice, María Martorell, Eugenio Daneri, Luis Fernando Benedit… hay para todos los gustos.

Pero, así como no todos gustan de todo, a veces todos no gustan de la obra que se ofrece. Y allí viene esa impredictibilidad que hace a este negocio tan interesante y exasperante a partes iguales: ¿por qué algunas piezas únicas, universalmente reconocidas, no reciben oferta alguna, y otras, apenas destacables, son peleadas con fiereza, como si entre sus pinceladas se escondiera el sentido de la vida? Algunos esgrimirán sin duda razones, teorías, datos y estadísticas: en el fondo permanece la sospecha de que, al final de la jornada, nadie entiende por qué esto un recibió el eterno ruido de ida y vuelta entre el subastador y los interesados, y esto otro el sordo rumor de los grillos en una sala que casi parecía un museo.

Es, sin embargo, una velada exitosa para la casa. Una proporción importante de las obras se venden; algunas firmes en el precio de reserva, otras escalan por encima, en diferentes grados. Indudablemente, la pièce de résistance es el “Sin Título” (1955) de Tomás Maldonado, cuyo precio de base ya anunciaba su potencial: cincuenta mil dólares, el mayor de todas las obras expuestas, y resulta en efecto por el que más se puja: se vende por ochenta mil, seguido del consabido aplauso de parte de público y subastadores por igual. Un potencial que se anunciaba asimismo en su reproducción en tapa y contratapa del catálogo, así como en su presentación a doble página en el centro del mismo. Y, nuevamente, la incertidumbre: ocupando toda la cara interna de la contratapa, aparece reproducido el exquisito Spilimbergo que también asomaba como un contendiente notable. Pero nadie oferta. El subastador hace todo lo que puede: lee la descripción entera de la obra; recalca su importancia; en un despliegue de habilidad felina cruza en un segundo la mirada con todos los muchos miembros del público; estira el final inevitable tanto como un presentador antes de anunciar al ganador de un concurso televisivo y, finalmente, hace caer el martillo, grita “Lote…” y pasa a la siguiente oferta (un bello óleo de Berni que se vende muy bien).

Termina el evento. Es una enriquecedora experiencia de la que no se sale indiferente. Afuera, una brisa leve pero fresca avisa que, detrás del microcosmos de las subastas de arte, la tierra sigue girando.

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