¿Existe la Academia Zaratustra? Es lo primero que uno se pregunta al leer los primeros capítulos del libro. Enseguida nos viene a la mente el libro de Bolaño: La literatura nazi en América. Si Bolaño inventó un buen montón de vidas de escritores, bien puede Bonilla inventarse a unos cuantos profesores de una academia dedicada a formar superhombres según las enseñanzas de Nietzsche. Por supuesto Bonilla, como Bolaño, la da a su invento tanta apariencia de realidad que nuestra imaginación, juguetona y bromista de por sí, se pone a hacer sus conjeturas y se resiste a aceptar una explicación vulgar, que esto no es más que un libro de viajes extraño, curioso, pero sin ninguna otra pretensión que trascienda el mero libro de viajes. Y en eso hay que darle la razón a la imaginación, en contra de la lógica. Pues esto no es un libro de viajes normal. Porque las preguntas salen unas detrás de otras, como gusanos puestos en fila. Y poco a poco van trepando por el tronco aparentemente sano de la realidad.

¿Si la Academia Zaratustra es un invento, si sus profesores, edificios, horarios, asignaturas y alumnos son un invento, por qué no puede todo el libro ser un gran invento? ¿El Parque de la Niebla de Dresde, por ejemplo, existe o es un invento del autor? ¿Y las inquietantes conversaciones con los camareros con los que se va tropezando? ¿Y ese tren que le lleva a Ginebra, donde ocurre un episodio sorprendente, es un tren que solo existe en su imaginación? ¿Viajo Bonilla? ¿Estuvo realmente en Basilea, estuvo realmente en Berlín? ¿O no salió de su casa y se dedicó a consultar guías de viaje, esas guías de viaje que solo aparecen en su libro cuando abandona una ciudad? En resumen, si algo es falso (la Academia), ¿qué nos impide pensar que lo demás no pueda también ser falso? O al revés… ¿Por qué no aceptar que todo es cierto, por qué no seguirle el juego al autor y aceptar, aunque sea por un rato, que esto no es un artificio literario de ficción, sino una auténtica crónica de viajes con personajes auténticos y lugares auténticos?

El libro, una vez pasada la cuarentena de las preguntas inevitables, una vez pactada una tregua entre imaginación y sentido común, entre lector y autor, se vuelve a cada línea más y más ameno, más interesante, más subyugante,  y como pasa siempre, a uno le da mucha pena que se acabe, que el viaje llegue a su fin. Y se ríe al ver que el libro empieza como acaba, con ganas de emprender un nuevo viaje, un viaje, que como ya nos advierte al principio, no lleve muchos preparativos, porque “si haces muchos preparativos entonces no estás haciendo un viaje sino una excursión, pero si haces pocos preparativos entonces no es un viaje sino una huida”.

Cercanias de Montreux, deonde vivio Navókov sus últimos años

Cercanias de Montreux, deonde vivio Navókov sus últimos años

Pero el libro no termina aquí, me refiero que no termina con el fin de un viaje que lleva inevitablemente a sentir ganas de realizar otro nuevo viaje, porque la vida del viajero es así, siempre buscando un oasis imposible entre dos desiertos. El libro tiene una segunda parte, una parte nueva, que no estaba en la edición original, un añadido que es mucho más que un simple apéndice o epílogo. ¿Qué libros lee un escritor cuando viaja? Esa es una pregunta que siempre me hago. Y Bonilla tiene la gran amabilidad de resolverme la duda… Tenemos a Orwell, tenemos a Nabókov, y tememos, claro está, el Zaratustra de Nietzsche. Que aquí se convierte en el Zaratustra de Bonilla y que será distinto, por supuesto, al Zaratustra de cualquiera de nosotros. Alguien dijo que los poemas son de quién los necesita. Pues bien, el Zaratustra que no cree en un dios que no sepa bailar nos hace mucha falta en estos tiempos, así que lo mejor es que nos apropiemos de él como mejor podamos. Y para eso no hace falta montar una academia dedicada a sus enseñanzas, para eso basta simplemente con leer y, si es posible, viajar. “Entre la huida y la excursión, el viaje. Entre la excursión y la huida, la vida. Porque dentro de la vida, hay una danza. Y hemos venido a Bailar”.

Abelardo Linares decía en una entrevista que “los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos. Basta con tenerlos cerca para sentir su protección”. Este libro es benéfico. Es benéfico cuando te acercas a él, pero es benéfico, sobre todo, cuando lo lees.

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