«Bosque cáustico» de Joan Simó

Esta historia empieza como suelen hacerlo muchas otras. Esta historia empieza un día de agosto, en un coche sin aire acondicionado que recorre una carretera solitaria. En una historia interesante, de esas que rebosan acción y misterio, dicho vehículo se hallaría en algún rincón del desierto de Nevada o quizá en un remoto punto de la geografía asiática. La historia estaría, en este preciso instante, a punto de dar un giro inesperado. De un momento a otro aparecería un apabullante tornado, una manada de forajidos o cierto extraño animal de origen desconocido.

Lo que está claro es que, en el caso de que esta fuera una historia de las buenas, de las que marcan una generación, la protagonizaría un joven apuesto armado con una camisa impoluta y unas lujosas gafas de sol y al que no le faltaría la compañía de una mujer, una gran mujer, una mujer que, seguramente, luciría un vestido rojo. No me equivoco si digo que, entre ellos dos, existiría una compleja tensión sexual que se encargaría de restar importancia a la trama principal. Habría violencia, habría tiros, sangre, un malvado villano y sus malvados cómplices y, mucho más importante, habría una conclusión, un motivo, un porqué que dotara de sentido al conjunto de la narración y permitiera al lector marcharse tranquilo y satisfecho.

Todo esto sucedería en una historia interesante, bien narrada y suficientemente entretenida, en una historia ficticia y absolutamente alejada de la realidad. Para desgracia del lector que hasta aquí haya llegado, esta no es una de esas historias.

La carretera a la que me refería carece de toda gracia o misticismo, su austero nombre se encarga de confirmarlo: AP-2. Se trata de la autopista de peaje que une Barcelona con Zaragoza. Su única similitud con las famosas rutas que aparecen en las “road movies” americanas es que gran parte de su trayecto transcurre bajo el sol de un inhóspito desierto, el Desierto de los Monegros.

Los ocupantes del automóvil distan mucho de ser los héroes de acción a los que me he referido con anterioridad, se trata de mis tíos, una apacible pareja de clase media al borde de la jubilación. Cabe destacar que la banda sonora que acompaña la escena tampoco predispone a epicidad de tipo alguno, el viejo transistor (con lector de casete incorporado) es una reliquia que supone una auténtica pesadilla para cualquier amante de la música, su limitada capacidad para captar la señal radiofónica combinada con las adversas condiciones propias del desierto aragonés solo permiten sintonizar (y no sin interferencias) Radio María, cadena dedicada a la reproducción de himnos religiosos y la cobertura en directo de celebraciones litúrgicas de todos los tipos habidos y por haber.

A tal background sonoro cabe añadirle el ruido del viento que golpea la ventanilla con un constante y molesto zumbido y la voz de mi tío que, por algún misterioso motivo, exclama el nombre de cada uno de los municipios que se indican en los carteles de la autopista con su imponente y notoria voz. Hay ocasiones en las que incluso se atreve a remarcar, con cierta ilusión, algún dato o curiosidad sobre el pueblo en cuestión, comentarios del estilo «aquí se hacen buen vino» o «de aquí es la familia de tal o cual vecino». Yo, que, pese a quererle con locura, no se qué decir o hacer en tales ocasiones, me esfuerzo por encontrar una posición cómoda en el asiento del copiloto (cosa ciertamente complicada en un VOLVO añejo) y tratar de echar una cabezada.

Despierto en una gasolinera cercana a Burgos, la AP-2 y Los Monegros ya son parte del pasado. Por cierto, había olvidado revelar el destino de nuestro particular viaje… Como ya es tradición, mis tíos y yo recorremos, año tras año, unos mil kilómetros en coche para ir de la Ciudad Condal a Galicia, tierra ancestral donde las haya. A diferencia de la mayoría de los que allí acuden siguiendo los pasos del famoso Camino de Santiago o fascinados por sus espectaculares costas y rías, nosotros vamos a un lugar mucho menos transitado, la rural y olvidada provincia de Orense. A falta de mar, turismo o reclamo comercial alguno, las aldeas aurienses, particularmente las que se sitúan cerca de la frontera con Portugal, resisten al paso del tiempo y al implacable avance de la globalización.

Paradigmático es, sin duda, el caso de Meigallo do Monte, localidad de cerca de 40 habitantes que vio nacer, mucho tiempo atrás, a mi abuelo Antonio, al que jamás conocí y del que heredé, según se comenta, un cráneo más bien grande y cierta malsana afición al tabaco. Es por todo el mundo sabido que, si hay un factor común en todos los gallegos, es el de la morriña (sentimiento de tristeza o de pena que se siente al encontrarse lejos de la tierra natal). Será que esto de la morriña es también hereditario, pues mi tía, que durante juventud visitó en contadas ocasiones el pueblo de su padre, decidió un buen día que era la hora de volver a Meigallo.

Galicia, y más aún la Galicia rural, supone para mí cierta idealizada imagen de pureza y redención. Una pureza que promete purgarme de los excesos propios de aquel que, recién cumplida la mayoría de edad, ha pasado gran parte del verano navegando entre mares de negrita, tequila y vodka con el dinero justo en la cartera y un paquete de tabaco arrugado en cada bolsillo. Cuando sudoroso, exhausto y desencajado amanecí, tras días de jarana, en un banco roñoso de la ciudad de Mataró, decidí que era el momento de poner orden en mi vida y, si era posible, entregarme a una existencia saludable. La semana en el pueblo iba a suponer una oportunidad para, entre otras cosas, apartar el tabaco de mi rutina diaria y empezar a cuidarme un poco. Así que, feliz y como renacido, emprendí con ilusión el largo viaje.

Al llegar, nos recibe una vaca que, en señal de cordial bienvenida, decide postrarse en medio de la carretera. Sus descomunales cuernos diluyen cualquier tentativa de intentar apartarla, mi tío no se atreve a apretar el claxon temiendo que, el descomunal bovino se ponga de mal humor y arremeta contra el automóvil. Esa espera, esa impotencia frente al poder de la naturaleza suponía nuestro primer encuentro con ese viejo mundo, un lugar donde el poder del hombre quedaba subyugado al de un orden superior e inquebrantable.

Como bien sabrá el lector, existen muchas clases de turismo, el cultural, el de sol y playa, el deportivo, etc. Nuestro turismo es diferente y podría ser definido como una especie de «turismo de compromisos familiares», basado, por lo general, en visitar a una infinita lista de pintorescos familiares de mayor o menor proximidad y pasar tardes enteras hablando con ellos de cualquier tema.

El ritual acostumbra a ser el mismo: llegamos, saludamos, nos invitan a pasar, a sentarnos, a comer y a beber, preguntan por nuestra familia más cercana, nosotros por la suya, se trata algún tema aleatorio y no demasiado profundo, no se llega a ninguna conclusión destacable y alguien -generalmente el más anciano de los presentes- suelta un «antes se vivía mejor» (en ocasiones la palabra «antes» puede verse sustituida por el sintagma «con Franco» dependiendo de la ideología del hablante), se produce un silencio incómodo que finaliza con la llegada del café, alguien -generalmente el más joven- mira el reloj y advierte que quizás ya es un poco tarde, acto seguido se inicia una despedida que suele durar entre media hora y tres cuartos y, finalmente, marchamos por donde hemos venido.

Soportar tal cosa sin el apoyo que supone un cigarrillo en boca puede llegar a ser un esfuerzo hercúleo, pero la perspectiva de una mejora en mi salud supone un importante aliciente en mi personal lucha interna. Una de estas rutinarias visitas la realizamos en casa del tío Eugenio -hermano de mi abuelo- y la tía Paca. Forman una pareja encantadora y, tras jubilarse, decidieron venir a pasar veranos enteros en Galicia para huir del bullicio de la metrópoli. Nos acogen en la amplia terraza que preside la entrada de su humilde casa, Eugenio nos sirve una jarra de limonada y diversas latas de cerveza.

Estando presentes sus dos hijas y los respectivos yernos, el tema que centra la reunión es el deplorable estado en que la matriarca se ha ido sumiendo en los últimos años, un envejecimiento mental fulminante que la había conducido a la demencia más pura, hecho curioso es que había olvidado totalmente la lengua castellana y se dirigía a cualquiera en un gallego de acento indescifrable. Es en ese momento en el que se produce una curiosa escena de la que me gustaría dejar testimonio y que es, en el fondo, el objetivo principal de este relato:

La conversación giraba alrededor suyo sin que su presencia resultara impedimento alguno. Por un instante me recordó a ese momento infantil en que, estando yo sentado en algún lúgubre despacho del colegio, oía a mis padres hablar con el profesor acerca de mi comportamiento en clase. La impotencia que en aquellos momentos sentía puede compararse con la que, de haber sido consciente de algo, habría experimentado la pobre Paca.

Mientras mi tío, farmacéutico de profesión, alababa las virtudes de un nuevo invento alemán capaz de mantener localizados a los abuelos dementes y olvidadizos, ella jugueteaba con el asa de un viejo farol. Su mirada perdida, combinada con una inocente sonrisilla, recordaba la expresión de una niña, de una chiquilla alegre que, ignorando la aburrida conversación de los adultos -de la que no se sabía protagonista-, se distraía con lo primero que encontrara. Aterrorizado por la posibilidad de acabar de aquella forma, de convertirme en un títere o, peor aún, en una carga, opté por encenderme un cigarro, el primero en cuatro días. La vida eterna no estaba hecha para mí.

Aquello duró horas. Horas en las que aproveché para encenderme unos cuantos cigarrillos más. El sol empezó su retirada. Lenta y paulatinamente fuimos sumidos, sin apenas darnos cuenta, en una noche oscura, más negra y oscura que de costumbre. Allá a lo lejos, los grillos insistían en su metódica melodía. A parte de eso, todo, absolutamente todo, era silencio. De repente, algo brilló en el horizonte, una luz rojiza e incandescente bailando al compás del suave viento. ¡Fuego! -se oyó- ¡Fuego! Nadie abrió la boca. Silencio, silencio y llamas. Llamas in crescendo, acercándose, cada vez más. Todos siguieron inmóviles, espectadores de aquel terrorífico circo cáustico.

Por algún extraño motivo, que no alcanzo a comprender, me sentí, en cierta forma identificado con aquel bosque en llamas, con aquellos pinos viejos que iban a ser borrados del mapa. Algo ardía dentro de mí, algo inexplicable, irracional. Algo que quemaba más que el mismo fuego, un llanto milenario, una ira desatada, un dolor agónico. Por un momento yo también fui fuego, y en cierto momento ardí, ardí hasta consumirme, para renacer, regresar a mi mismo, como el fénix caduco.

Si mis ojos brillaron con las llamas, brillaron también los de la pobre Paca. Quizá vivió aquel trágico incidente como una aventura, como una forma de salir de la decadente y arbitraria rutina en la que se había consumido día tras día desde que su débil memoria le permitía recordar. Quizá ese fuego fue, para ella, algo liberador, algo nuevo, un glorioso y estremecedor epílogo para su monótona vida.

Mañana, el dramático incendio ocuparía las portadas de diversos periódicos locales y un par de páginas en algunos rotativos nacionales, miles de hectáreas quemadas y, sorprendentemente, ningún muerto. Habría artículos en que, expertos de todas las clases, analizarían detalladamente sus posibles causas, y otros en que activistas enfurecidos pedirían responsabilidades a tal y cual cargo político. Pero os aseguro que en ninguno de ellos quedará testimonio de lo que allí vi, de aquella impresión trasnochada del apocalipsis, de los ojos incandescentes de aquella anciana, del misterio inconexo y primitivo del bosque cáustico, de los mugidos de vaca que se perderían, por siempre, en la oscura noche gallega. Pero eso, ya es otra historia…