Aforismo. Máxima. Sutra. Greguería. La lista sigue y sigue. La manera de denominarlo puede cambiar, pero la idea permanece en el tiempo sin cambios en lo esencial. Allí, en la fina línea que separa el verso del párrafo, es donde el aforismo hace sus equilibrios.
Esta forma literaria entra y sale de la historia literaria con discreción. Se les ha podido encontrar en todas partes: en dedicatorias, en prólogos… A veces, en colecciones eruditas. Como forma a medio camino entre la poesía y la filosofía, los han escrito los personajes más diversos. Pero antes de hablar de él, hay que saber qué es.
Un río en dos palabras
Un presocrático configuró, hace ya muchos años, la forma básica del aforismo. Le bastaron dos palabras en áspero griego clásico: “panta rhei”, todo fluye. Heráclito expresaba de este modo críptico su filosofía del cambio permanente, o así lo dicen sus comentaristas. Como pasa siempre con la Grecia clásica, las fechas bailan y los hechos llegan imprecisos. Pero se puede decir que esa expresión, tan mínima, es la primera patada al balón de lo breve.
Los antiguos hindúes también le daban a lo breve. Sin pecar de orientalismo, parte de los escritos sagrados de su tradición pre-budista están escritos en máximas sentenciosas breves, “sutras”. Panini fue un gramático del sánscrito que escribió una serie de estos “sutras” para la enseñanza de esta lengua, clásica entre los hindúes.
Queda clara la forma del aforismo: una idea breve, expresada de manera sencilla. La magia de la traducción y de la retórica añadirán lo que falta: una pizca de poética que encandila la lectura de aforismos y que los hace tan apetecibles para las colecciones, recopilaciones e inventarios.
Ramón el greguerista

Ramón Gómez de la Serna. Vocación de humorista. “Automoribundio”, joven recalcitrante hasta que murió de viejo. Coleccionista de objetos a los que revestía de trascendencia. No podía ser otro el que rescatara el aforismo del polvo de biblioteca al que parecía destinado a principios del siglo veinte. Kierkegaard y Nietzsche lo habían rescatado ya del olvido con las diapsálmatas y los dardos de uno y otro. Ramón hará lo propio para la literatura española con sus greguerías.
Ramón no sólo aforismó en su vida literaria, pero sembró sus narraciones, su teatro y su articulismo de su verbalismo ingenioso. A veces es complicado decir qué es frase casual y qué es sentencia escondida. Puede que ahí radique una de las claves de su atractivo.
“Metáfora + humor = greguería”. Así las definió él en uno de sus aforismos, o sutra, o adagio, más famosos. Ramón incorporó a la idea breve la imagen fantástica y la risa espontánea. En su estilo vital y encendido no encontró tema que no mereciese la pena greguerizar: la muerte, la infidelidad, el tiempo… a todo supo verle un lado curioso y renovado. A todos esos temas les pasó el aguafuerte de la vanguardia y los convirtió en sentencia más o menos escandalosa para sus contemporáneos. “Bígamo: viga para sostener dos mujeres”.

El aforismo, de cabeza al futuro
Ya es un tópico señalar la velocidad con la que se mueve el mundo moderno. La expresión recuerda a la vanguardia, que siempre parece estar de vuelta, y a su obsesión con los coches de carreras y el cine. El ideario actual los ha cambiado por Internet y los teléfonos móviles, pero la idea sigue siendo la misma.
Los aforismos han vuelto. Proliferan las colecciones, las líneas editoriales. Los poetas se están reconvirtiendo a aforistas, como antes lo hicieron a novelistas. Quizá sea por Twitter y la brevedad impuesta. Se reeditan libros que fueron ya en su día colecciones dudosas de sentencias. Es comprensible. Se pueden leer en el metro, en el móvil. Son todoterreno: en unos minutos de desplazamiento ocioso se pueden tomar las pequeñas píldoras de sabiduría. La literatura se está adaptando a sus condiciones materiales. Como siempre. Los aforismos han vuelto. Quizá para quedarse.

