La pasión según Ana K y Ana O

Escena: pub un sábado noche. Música a gusto del lector. Cruce de miradas perdidas entre una atractiva y anónima persona en la lejanía y el lector. La eficacia del cruce ocular depende de la condición en esos momentos de los agentes de la acción: parpadear, bizquear, mirada de acero azul…

Decía Julio Cortázar en Rayuela que el amor para muchos consiste en elegir a una mujer al azar y casarse con ella. Y afirman que la eligen. Perseveran en ello. “Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio. Vos dirás que la eligieron porque la aman. Yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”.

El amor cortés || librodearena.com
El amor cortés || librodearena.com

El amor en la Edad Media

Ese rayo que parte los huesos en la calle Corredera Baja o en el Molly Malone’s. No se distingue mucho este estado perturbación del modelo medieval de estadios del amor. Dice André de Chapelain que el amor es un afecto violento que reclama un tratamiento vigoroso. Producido por una mujer, a menudo inconscientemente, este efecto penetra en el amante por los sentidos, en particular por la vista, y va a alojarse en el corazón. Desde allí, llega al cerebro y al sexo que, con el corazón, forman los tres estadios en el hombre. Se repite constantemente en la mente, causando la obsesión y la locura de amor.

Con la primera fase ya se obra la magia, sea en el trovador del amor cortés sea en el lector y su espacio habitual de encuentros amorosos. Desde la perspectiva histórica y antropológica el amor pasional ha existido en numerosas sociedades y a través de cientos de años.

Vetusta y la maldita enfermedad

Este cosquilleo se puede demostrar a través de dos grandes obras literarias, La Regenta y Ana Karenina, escritas por autores que bien pudieron haber sido mujeres. Se dice esto por la complejidad de la psicología de sus heroínas y el perfecto tratamiento de ambas.

Santa María Magdalena leyendo || Piero di Cosimo
Santa María Magdalena leyendo || Piero di Cosimo

En la primera este delirio se efectúa por medio de las figuras de Fermín de Pas y de Álvaro Mesía. Por supuesto no tiene cabida el marido, ajado hombre, en los sentimientos que florecen en Ana Ozores. Esta heroína tilda las pasiones que padece como “maldita enfermedad”, confundiendo el pecado cristiano con la pasión humana.

Así se comprueba en este pasaje: “Ana salió tras él [Fermín], ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo”.

Y ante la imagen de Álvaro de Mesía, especie de don Juan que esboza Clarín: “sentía sudores y escalofríos…nunca, nunca accedería ella a satisfacer las ansias que aquellas miradas (las de Mesía) le revelaban…sería virtuosa siempre ¡Mas renunciar a la tentación misma! La tentación era suya, su único placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse tentar!”

Cada personaje maneja de un modo bien distinto esta atracción que siente Ana, correspondida por ambas partes. Fermín responde a ella culpándose de sus deseos: “No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en vulgar escándalo (…) Aunque la pasión que él sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar”.

En Álvaro casi se puede atisbar los golpes de pecho que se reparte felicitándose por la presa conseguida. Dice: “estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas…Esta ocasión no es ocasión”.

El idilio de una heroína

Entre la Regenta, Madame Bovary y Ana Karenina, uno puede tender a elegir su heroína favorita, al más puro estilo Atenea-Afrodita-Hera. En este caso particular se otorgaría el premio a Ana Karenina, la Ana Ozores rusa que debería vestir de lila y no de negro.

El juicio de Paris || Rubens
El juicio de Paris || Rubens

Tolstoi era un mago de la descripción y supo establecer un canon ideal en el protagonista masculino de esta obra, que haría que más de una lectora agarrara las sales. Como la reacción al ver en pantalla al señor Darcy ante los ojos de la tropa de treintañeras Jones-Shazzer-Jude. “En Vronsky no era difícil encontrar atractivos. Era un hombre moreno, no muy alto, de recia complexión, de rostro hermoso y simpático. Todo en su semblante y figura era sencillo y distinguido, desde sus negros cabellos, muy cortos, y sus mejillas bien afeitadas hasta su uniforme flamante, que no entorpecía en nada la soltura de sus ademanes”.

Cabe destacar el primer encuentro entre Ana-Vronsky, que se produce en la estación. Para aquellos que hayan leído la novela, sabrán que la imagen de la estación expande sus vías como alas de cuervo. Cuando Vronsky aparece en la entrada del vagón, se cruza con ella y siente “la necesidad de volverse a mirarla, no sólo porque era muy bella, sino por la expresión infinitamente suave y acariciadora que apreció en su rostro al pasar ante él”. Por supuesto: “Cuando se volvió, ella volvió también la cabeza”.

Ese instante efímero que muchos pueden recordar y comparar con un momento fugaz en el metro de Madrid, en el bus a Chamartín o a Bond Street. Ana se gira y “sus brillantes ojos pardos, sombreados por espesas pestañas, se detuvieron en él con amistosa atención”. El moreno personaje observa en Ana una “reprimida vivacidad que iluminaba el rostro y los ojos de aquella mujer y la casi imperceptible sonrisa que se dibujaba en sus labios de carmín». Añade:  «Se diría que toda ella rebosada de algo contenido, que se traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa”.

Lo que Tolstoi ha unido ya no se puede separar. Entre retazos de la historia de Kitty y Levin, que Eric Idle confesó en un tweet perdido que se saltaba a golpe de página esperando con ansia leer más sobre Vronsky y Karenina, se desarrolla el segundo encuentro. Se desarrolla así: “Ana miró abajo y, al reconocer a Vronsky, un extraño sentimiento de alegría y temor invadió su corazón. El permanecía con el abrigo puesto, buscándose algo en el bolsillo. Al llegar Ana a la mitad de la escalera, Vronsky miró hacia arriba, la vio y una expresión de vergüenza y de confusión se retrató en su semblante. Ana siguió su camino, inclinando ligeramente la cabeza”.

Ana reflexiona en el tren empleando una de las metáforas más recurridas que existen para describir la pasión: “Parecía como si en el hecho de recordarle una voz interior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego»”.

La alegoría de la llama

La imagen del fuego insaciable ha llegado a la actualidad de la mano de grupos como Sidonie y su “Incendio”. No debe confundirse este símil con las patéticas escenas de chimenea y pareja copulando que se traen a las manos las películas de sobremesa.

La alegoría del fuego ardiente se representa en el duro monólogo músico-confesional que mantiene el clérigo de El jorobado de Notre Dame frente a unas llamas que encarnan la figura de la gitana Esmeralda completamente desnuda: “Hellfire, dark fire, now gipsy is your turn…”

Cabe destacar a Lorca en este aspecto, cuyo fuego dejó plasmado en el poema “Llagas de amor”, que se expone íntegramente a continuación.

Esta luz, este fuego que devora.
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea.
Esta angustia de cielo, mundo y hora.

Este llanto de sangre que decora
lira sin pulso ya, lúbrica tea.
Este peso del mar que me golpea.
Este alacrán que por mi pecho mora.

Son guirnaldas de amor, cama de herido,
donde sin sueño, sueño tu presencia
entre las ruinas de mi pecho hundido.

Y aunque busco la cumbre de prudencia
me da tu corazón valle tendido
con cicuta y pasión de amarga ciencia”

A medida que los ojos del lector van asimilando las imágenes de Lorca, se pueden sentir casi esas llagas que dan título al poema. Lorca alude de este modo a la mística espiritual de san Juan de la Cruz y santa Teresa, en cuyos versos muchos han garantizado que se mezclan confusamente el éxtasis de la llama de Cristo y las descripciones de otro tipo de éxtasis. La pasión enfermiza, el delirio físico que experimenta Ana llega a hacerla dudar de su condición de ser humano: “¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?” Algo que puede comprenderse desde la perspectiva de la época. El concepto de pasión física se revolvía y combinaba con la concepción cristiana del pecado.

A pesar de luchar contra estas fuerzas, esta atracción provoca que un segundo encuentro en el tren con “Vronsky el Viril” le cause en sus entrañas unos sueños indescriptibles de gozo: “No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada doloroso. Al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente”.

Cabe puntualizar que Vronsky, como Ana, experimenta una fiebre muy similar que le lleva a no poder quitársela de la cabeza. Así lo narra Tolstoi: “Sólo presentía que sus fuerzas, desperdiciadas hasta entonces, iban a unirse para empujarle hacia un único y espléndido destino. Verla, oírla, estar a su lado, éste era ahora el único objeto de su vida”. Y el hombre tranquilo se metamorfosea en un garabato de nervios propios de un colegial. Vronski, del aspecto apacible deriva a una “expresión de temblorosa obediencia” cuando conversa con Ana Karenina. Su rostro “transparentaba una expresión que Kitty no había visto jamás en él”.

Se cierra el artículo volviendo de nuevo a la escena de la música del pub o al vagón con advertencias de altavoces de fondo. Todo aquello que siente cuando se está en estos espacios y se vislumbra una oculta mirada que hace temblar fue descrito por muchos, revisado por otros, empleado por Disney y ante todo, vivido en siglos pasados.

Out of the past || milmaticesdegris.blogspot
Out of the past || milmaticesdegris.blogspot

El amor entraba por los ojos a los trovadores y sigue entrando por ellos a los ciudadanos del siglo XXI. Solo hay que recordar a Cortázar: “Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”.

Aunque se debe agregar que el fuego también sirve para asar marshmallows, como siempre recuerdan a todo el mundo los americanos.

Alicia Louzao

Exácticamente soy licenciada en Filología Hispánica y Filología Inglesa con Máster en Literatura. Los momeraths me llevaron de Madrid a Londres. Hago mi tesis doctoral sobre la literatura de los Siglos de Oro.