Nació tres meses antes del Gran Terremoto de Kantō, señal quizá del seísmo que sería su propia vida. Su muerte el pasado 13 de febrero no ocupó portadas, como tampoco lo hizo su carrera. Los fans de Seijun Suzuki no eran legión, pero incluían a aclamados cineastas como Wong Kar-Wai, Takeshi Kitano, Jim Jarmusch o el mismísimo Quentin Tarantino. Era director de películas de serie B, actor, guionista. Era un icono contracultural.

Cierta creencia japonesa afirma que toda persona tiene una razón de ser o ikigai (生き甲斐). El ikigai fortuito de Seijun Suzuki (24 de mayo de 1923 – 13 de febrero de 2017) fue el cine. Llegó a él tras su intento fallido de acceder a la Universidad de Tokio. La vida le cerró una puerta y Suzuki abrió una ventana al mundo en el que dejó su propia impronta.
Seijun Suzuki, el hombre que reía en la guerra
Seijun Suzuki era un creador irreverente y sin pelos en la lengua. Como tantos otros de su generación, fue soldado forzoso antes que cineasta. Shigehiko Hasumi reunió en la compilación Suzuki Seijun: The Desert under the Cherry Blossoms sus «poco edificantes» recuerdos de la II Guerra Mundial. La contienda le llevó de Filipinas a Taiwán, donde el glorioso ejército imperial proveía a sus soldados con prostitutas. El subteniente Suzuki se dejaba los cuartos en alcohol y mujeres y no podía evitar encontrar el lado cómico al horror. «¡La guerra es muy divertida! Cuando estás ahí metido, acabas por reír.»

Cine a contracorriente en Nikkatsu
Suzuki comenzó su carrera en el cine en 1948, como director auxiliar de la compañía Shochiku. Acabó su etapa allí bajo las órdenes de Tsuruo Iwama y emigró a la rival Nikkatsu en 1954. Lo hizo movido por el mayor sueldo, como reconocería sin ambages en posteriores entrevistas.
Su carrera como cineasta despegó allí. Dirigió un total de cuarenta cintas para Nikkatsu. La primera de ellas fue Victory Is Mine (1956), en el subgénero del kayo eiga, filmes vehículo para éxitos del pop. Satan’s Town pertenecía al género yakuza y en 1958 firmó, ya bajo seudónimo, Underworld Beauty.

El conflicto, no obstante, se gestaba. Nikkatsu quería que Suzuki fuese uno más en la retaguardia aburrida pero segura de directores de serie B. Suzuki tragaba y convertía cada guion en un ejercicio de humor surrealista y experimentación formal. En 1963 llegó Youth of the Beast, que él mismo consideró su primer largometraje oficial. Suzuki actuaba movido por el deseo de encontrar su propio estilo y destacar en los grises confines de la serie B.
A partir de ese momento, sin embargo, cada una de sus películas representó un paso más al inevitable desenlace final. Nikkatsu intentó meter en cintura a su rebelde director por todos los medios. Cuando Suzuki desoyó los avisos (Tattooed Life, 1965), llegó la reducción de presupuesto: Tokyo Drifter (1966). Después, le impusieron el blanco y negro. Un castigo ex profeso para un cineasta cuyo uso del color era uno de sus grandes puntos fuertes. Suzuki respondió con Branded to Kill (1967), que le asentó definitivamente en la Nouvelle Vague nipona y que sirvió de profundo referente para el mundo que Tarantino compuso en Kill Bill (2003). En Nikkatsu habían tenido suficiente. Suzuki fue despedido y condenado al ostracismo tras vencer en su apelación.

En dique seco
Durante la década siguiente, Suzuki quedó relegado a la televisión, delante y detrás de las cámaras. Curiosamente, fue Shochiku quien le dio la oportunidad de volver a la gran pantalla en 1977, con A Tale of Sorrow and Sadness. Sin embargo, su trilogía Taishō se hizo esperar hasta los años 80: Zigunerweisen (1980), Kagero-za (1981) y Yumeji (1991). Para entonces, el ídolo de los cineclubs estudiantiles y salas alternativas gozaba por fin de cierto reconocimiento internacional. Italia le dedicó una retrospectiva parcial en el 94. Ironías del destino, Nikkatsu hizo lo propio en 2001, homenajeando todas sus cintas en el Festival Internacional de Cine de Tokio en 2006.

Pocas películas le quedaban ya por grabar a Suzuki: Pistol Opera (2001) y Princess Raccoon (2005). Cerró en su vejez una carrera marcada por la experimentación y la vanguardia sobre la que la audiencia reflexionó más que el propio creador. Sus últimas entrevistas son las de un hombre que se manifestaba cansado, pero satisfecho. No tenía motivos para lo contrario. Seijun Suzuki, al fin y al cabo, había conquistado su libertad.

