Yasunari Kawabata, nívea belleza

Todo se reduce a cerrar los ojos. No tiene más misterio. Detenerse, inspirar y espirar. Un blanco clínico, la ausencia de cualquier abalorio. Ruidos desacordes, los árboles. La primavera. Todo acaba quedando atrás. Tarde o temprano fenece el ritmo. Tan solo queda el rumor de las olas y el aroma de los cerezos. La espuma del mar acicala, consuela al espíritu guerrero. El estupor inicial se transforma en calma. Parar el tiempo. Eso es lo que consiguió Yasunari Kawabata en cada una de sus obras.

Nacido a las puertas del siglo XX, fue el primer japonés en conseguir el Premio Nobel de Literatura. Lo hizo en 1968. Tras Rabindranath Tagore, se convirtió en la segunda alma del lejano Oriente en alzarse con el apreciado distintivo.

Yasunari Kawabata insomnio
Yasunari Kawabata

La soledad marcó su vida de principio a fin. Huérfano desde los tres años y solo en el mundo a partir de los quince. Su personalidad era solitaria y melancólica. Eremita empedernido, desde temprana edad acostumbraría a aunar tanto clásicos como vanguardias. A lo largo de su etapa universitaria, comenzó a escribir en revistas y a dar forma a su estilo literario. Soltó amarras junto al clan de los neosensacionalistas con la creación de la publicación Bungei-Jidai, La Edad Artística en español.

Chicos tristes, interesados en el lirismo y el impresionismo, procurando realzar la percepción de las sensaciones en el lenguaje narrativo. Incomunicación, la angustia ante la muerte, la búsqueda de la belleza o la atracción por la psicología femenina. Todo ello expresado en un estilo simbólico y lírico. Fueron estos los temas centrales en torno a los cuales giraron grandes registros como País de Nieve o La Bailarina de Izu, entre otros.

Yasunari Kawabata
Yasunari Kawabata

A caballo entre ello se encuentra la sórdida crónica del influjo de Occidente. Plasmó esta confrontación en La Pandilla de Asakusa, comparada con Dublineses de James Joyce o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Una prosa sencilla y honda en sensibilidad, correspondiente a un pueblo derrotado tras la Segunda Guerra Mundial.

El camino al Nobel

Kawabata destaca por la vibrante delicadeza con la que se introducía en la piel de sus personajes femeninos. Prueba de ello es la novela corta La Casa de las Bellas Durmientes, de 1961. En tres historias, el autor concreta un pulcro ejercicio estético sobre erotismo y soledad. Se trata de la entrega más atrevida, más políticamente incorrecta, de Kawabata.

El testimonio de un longevo protagonista que anhela seguir disfrutando de la belleza y acude a una posada donde se le ofrece la posibilidad de contemplar, solamente contemplar, el sueño de hermosas vírgenes desnudas. Una voluptuosa ensoñación que precede a la muerte. 

Durante la década de los 60 el autor, que ya era novelista de fama internacional, impartió conferencias en varias universidades de Estados Unidos. También se dedicó a la crítica, amén del apoyo que prestó a nuevos talentos. Recibió en 1958 la Medalla Goethe en Frankfurt, antesala del máximo auge en su carrera con el Premio Nobel.

Yasunari-Kawabata

El final precipitado Kawabata

Un 16 de abril de 1972 se quitó la vida, como hiciera poco tiempo antes Yukio Mishima, su amigo y discípulo. Aquejado por la enfermedad de Parkinson y profundamente abatido, se suicidó inhalando gas en un apartamento a orillas del mar.

Como diría el mencionado Mishima: “las obras de Kawabata unen la delicadeza con el vigor, la elegancia con la conciencia de lo más bajo de la naturaleza humana; su claridad encierra una insondable nobleza. Son modernas aunque directamente inspiradas en la filosofía solitaria de los monjes del Japón medieval”.

Le fue otorgado el Nobel en 1968, año en el que la estabilidad mundial se tambaleaba. Era el año de los disturbios de París, del ímpetu y el puño en alto, del grito y la amenaza. Ese mismo año se publicó póstumamente la biografía ficticia El maestro de Go. Suavemente y sin ruido se fue el transmisor de atmósferas y conmociones. Un delicado intimista que no estaba hecho para el mundo actual. Tal vez fuera ese mundo el que no estuvo hecho para él.

Juan Ramón Rodríguez

Músico a tiempo parcial. Escritor en los días de fiesta. Sé leer y escribir, mal que pese.