La doble vida de un espía o un superhéroe del siglo pasado palidece al lado de la diversidad de caras que cualquier individuo en la era digital muestra de manera cotidiana.
Hoy en día el ciudadano de a pie se enfrenta a la gestión de un abanico considerablemente amplio de perfiles digitales que se desarrollan paralelos a su ya casi marginal vida analógica.
No es nueva la idea de la multiplicidad de caras que acompañan en el devenir social. De hecho, la etimología de la palabra “persona” retrotrae al término latino persōna, que designaba a las máscaras de los actores del teatro en la antigüedad.

Ya en el siglo XX, se desarrolla, desde la psicología social, el concepto de rol social. De nuevo otro origen etimológico que remite a la representación y que continúa la clásica dialéctica entre el ser y el parecer. El ser humano se despliega en su vida social en diversos perfiles conductuales en los que representa un papel definido por su posición en la sociedad. Así, cada rol implica unas conductas concretas vinculadas al estatus de cada categoría , sea vecino, trabajadora, esposo, padre, tía, culé o catador de vinos.
En los últimos años, con la generalización masiva de las redes sociales en Internet, a los habituales roles que uno desempeña en la vida “sensible” se han sumado los de la vida virtual. Se diferencian de los primeros en su ubicuidad y persistencia —si el perfil está activo siempre puede ser consultado, a cualquiera hora, desde cualquier lugar—cosa que permite una gran accesibilidad. Precisamente en este característica reside el riesgo: se está siempre disponible y desprotegido; el perfil es público y la opinión libre, gratis y muy fácil de ofrecer.
Efectivamente, la cosa se complica cuando, además de mostrarse, la persona se anima a interactuar con los otros anónimos. Sea porque se quiere dar impulso a un negocio, a un perfil en búsqueda de empleo o a una afición, cada vez es más habitual solicitar la valoración externa de los usuarios, clientes o seguidores. No en vano la notoriedad en las redes sociales determina cada vez más las decisiones de compra.
Ronda entonces la turbia sombra del “qué dirán”. La maledicencia siempre se ha escondido a la vuelta de la esquina, sólo que ahora la cara que se asoma disimulada detrás de la cortina ya no es una, sino millones de potenciales y advenedizos críticos. Y así, entra en juego la reputación: una imagen externa que supera a la persona pues no depende de ella directamente. Labrada a golpe de likes, puntuaciones, comentarios, referrals, retweets y todo un cúmulo de conexiones virales impredecibles que, además, quedan registradas, para bien o para mal.

Si es para mal se puede tener la mala suerte de encontrarse con cualquier sujeto que ponga en práctica la Greater Internet Fuckwad Theory, una teoría de andar por casa que corre por las redes y que se resume en la siguiente fórmula:

O lo que es lo mismo, el desaprensivo que, protegido por el anonimato, decide dar rienda suelta a sus frustraciones en su vida fuera de la pantalla arremetiendo con furia desde su anónima IP.
Si, en cambio, el retorno es positivo, uno sigue estando en una posición de vulnerabilidad. Contar con un buen servicio, un excelente producto o ser una fantástica profesional no asegura nada, pues cualquiera puede ser juez y una opinión dista mucho de una crítica fundada. Esta última implica investigar, relacionar datos, tener en cuenta los diversos puntos de vista. La primera, en su lugar, aunque parta de una experiencia directa, a menudo se basa en las creencias y actitudes. En los prejuicios. Y , en este caso, ¿qué sabrá nadie?
http://https://www.youtube.com/watch?v=eTL0akKjEhA ¿Cuál es la defensa ante tamaña amenaza?
Algunos se esfuerzan día a día, en mostrar su mejor cara, ponerse la careta y saltar a la arena virtual a jugar el juego de los agradecimientos, de los elogios mutuos, de seguir a los influyentes. Las líneas rojas entre amabilidad y servilismo, entre diplomacia e hipocresía se desdibujan.
Otros, en cambio, se enfrentan al vulgo enajenado. Como ya decía Oscar Wilde, más vale estar en boca de los otros a que no se hable de uno. El mayor peligro para muchos es el ninguneo. Y la mala reputación puede ser una gran fuente de notoriedad.
Con todo, no se debe olvidar que en las redes se es juez y parte. Uno se muestra y expone, pero también valora continuamente. Se puede atacar pero también se puede salir muy malparado. Se impone, por tanto, la ética de la reciprocidad. Los mismos dilemas morales del mundo habitan entre las teclas. Y ante ellos, los nuevos proverbios de los teóricos geek salen en la ayuda de los usuarios concienciados. La llamada “ley de Wheaton” aplica. Promulgando la deportividad en las relaciones sociales, asevera : “don’t be a dick”.

