Los autores de una sola obra me producen vértigo, porque arrastran consigo una sensación de tiempo congelado, de muerte destilada o funeral de un día. En mayo se celebrará el centenario de Juan Rulfo, y al pensarlo he sentido ese vértigo de congelación que les confieso. La efeméride me ha hecho volver a Comala. He vuelto a leer Pedro Páramo muchos años después, he viajado por sus páginas polvorientas y con ello he sentido de nuevo que en algún momento de la historia hubiera aparecido una biblia apócrifa, un credo nuevo literariamente hablando. He admirado la maestría del autor para conseguir lo universal desde lo rotundamente local, algo bastante más difícil de conseguir de lo que la gente cree.

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«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.»

Al volver a leer Pedro Páramo me han interesado cuestiones distintas a las que recordaba, como si ahora encontrase el valor de su legado en lugares diferentes a los que guardaba en mi memoria. Volver a leer un gran texto muchos años después es como recorrer una casa que has habitado, pero en la que el tiempo ha cambiado los muebles de sitio, y aún las puertas y ventanas. Les confieso que ya no me ha entusiasmado el orden fragmentario o su tan aplaudida innovación técnica. Estoy cansado de leer obras así, supongo, o quizá solamente estoy cansado de leer a tantos autores que han hecho lo mismo después, solo que peor.

La magia de estas narraciones (ahora hablo del realismo mágico en general) ha dejado una resaca insoportable de epígonos que lo intentan pero no lo consiguen. Y la broma dura ya muchos años. De mi vuelta a Comala me ha interesado sobre todo su tremenda capacidad para hacer un producto rotundamente humano a partir de materiales sencillos, humildes. He visto el texto más cerca del mito y del símbolo que nunca.

Comala es un territorio detenido en el tiempo y eso está bien, porque te permite pensar. Pedro Páramo es el anticine, la imagen detenida, una auténtica sacudida en estos tiempos de imagen siempre móvil, parpadeante, cambiante, mutable. Construir una novela con diálogos de la manera en que Juan Rulfo lo hace es como dejar a la vida hablar, como permitir que sea ella misma quien cuente la historia mientras el escritor espera al borde del camino.

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Juan Rulfo durante una entrevista.

Siguen conectando a Rulfo con García Márquez, y no pasa nada porque los grandes siempre están cerca. Otra cosa es que se parezcan, pero con los grandes artistas ocurre como con las montañas: si uno no se fija demasiado o las contempla desde suficiente distancia, todas parecen iguales. Ese crítico agudo que es Álvaro Salvador, en una publicación reciente, rescataba una definición de Luis Harss que me encanta: «Rulfo, más que un renovador, era el más sutil de los tradicionalistas.» No solamente estoy de acuerdo con la afirmación sino que estoy convencido de que es la pista que el lector contemporáneo debe seguir para continuar disfrutándolo.

Hablar de experimentación o renovación cuando nos referimos a una obra de 1955 es una solemne tontería. La pereza de cierta crítica (nada tan contemporáneo como repetir lo oído sin intentar siquiera ofrecer una idea nueva) hará que se hable de ello ahora que andamos de centenario, pero en mi opinión no es eso lo que puede aportar al lector contemporáneo. En su momento Madame Bovary incorporó novedades técnicas salvajes, si uno la compara con otras obras de su época, pero no es eso lo que nos interesa de ella tanto tiempo después. Sigue siendo apasionante por el material humano que lleva dentro.

Con ello quiero decir que en Pedro Páramo, a partir de ahora, no hay que buscar lo nuevo, sino lo viejo. Hay que olvidar sus juegos de corta y pega e intentar localizar el valor universal, rotundamente humano, que encierra. Su habilidad para contarnos qué hacemos aquí, cuál es la épica de lo cotidiano o la magia de cualquier día. No faltaba razón a Jorge Volpi cuando, en el prólogo de una de las ediciones de la novela, insistía en que el hecho de ser considerada por todos la gran novela mexicana del siglo XX había impedido que mucha gente llegase a considerarla una de las mejores novelas del siglo, esta vez sin etiqueta nacional alguna.

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Fragmento de Pedro Páramo.

No me olvido de los cuentos de El llano en llamas. De ellos me quedo con el valor que se otorga a la predestinación, a la vida futura como historia ya contada en otra parte. Sus páginas muestran el reloj de la vida, la medición exacta del tiempo que queda para morir. Componen un memento mori de arena y viento. Quien conoce bien México dice que esas raíces profundas de la fatalidad están en el carácter de este pueblo, pero eso es porque los buenos escritores saben enseñarnos lo que somos como si fuera la primera vez que nos miramos en un espejo.

Les invito a que vuelvan a leer Pedro Páramo, pero no como un artefacto o un experimento, tal y como se hace con obras como las de Georges Perec, en las que el lector casi siempre entra a ver qué se encuentra. Buceen en su verdad, aunque esta sea triste, calamitosa, llena de rencor. Degusten cada frase y olvídense de escuelas, movimientos, epígonos, influencias, citas. Quiten la losa que la filología y la crítica cultural han puesto sobre Juan Rulfo y todo el realismo mágico.

Lean el texto sin etiquetas, sin que ningún aparato crítico les acompañe, y vibren como yo lo he hecho al encontrar pasajes como este: «Cerraron la sepultura con arena mojada; bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron: “Es tanto”. Y tú les pagaste, como quien compra una cosa, desanudando tu pañuelo húmedo de lágrimas, exprimido y vuelto a exprimir y ahora guardando el dinero de los funerales…».

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