Una experiencia entre idiomas y culturas

La memoria de vez en cuando engaña y, en muchas ocasiones, nos sentimos como sus peones, sometidos involuntariamente al teatro de la cotidianidad. A estas alturas no creo que la vida, sea la que sea, hubiera ido a moldear nuestro pensamiento, si no fuera por la segunda vida que a través de la literatura, de forma paralela, disfrutamos. A propósito de esta última vida recomiendo el libro de Sigmund Freud: Psicopatología de la vida cotidiana.

En esta obra, Freud intenta analizar el modo en el que hablamos y cómo cometemos errores al dirigirnos a los demás. Llega a la raíz del asunto cuando en este proceso de comunicación nos olvidamos, no solo de algunas palabras extranjeras, sino también de nombres y números.

Sigmund Freud || Fuente: presspublica.gr

Sigmund Freud || Fuente: presspublica.gr

La experiencia que os voy a narrar está intimamente conectada con este tema. Quizá sueñe con Freud de noche y, de día, despierte con sus enigmas… El caso es que, hace pocos días, dije a un nuevo amigo que un famoso escritor griego era amigo mío. Hablamos de sus libros y, hasta ahí, todo transcurrió de forma natural; no se lo dije para impresionarlo. Sin embargo, de repente me di cuenta de que hacía tiempo que no lo había llamado e, instantáneamente, me sentí culpable por el silencio y por el tiempo transcurrido sin saber nada de él. A pesar de esto, pasaron unos días más.

Paralelamente empecé a escribir en una página digital en francés. El mismo día que me percaté de unos errores ortográficos que había cometido en la transcripción de una entrevista, después de su publicación, me decidí a llamar a mi amigo el escritor. Aunque me sabía su número de memoria, en aquel momento no podía marcarlo. Fue imposible. Porque siempre marcaba 789 en vez del número correcto. Tras preguntar a otro amigo que teníamos en común para resolver el problema, mi memoria y yo tuvimos un encuentro para el diálogo.

Quizá estemos preparados para evaluar nuestras experiencias gracias a nuestras lecturas. En este caso, me acordé de las dos revoluciones: de la griega de 1821 y de la francesa de 1789. Hasta la fecha, mi amigo escritor está conectado con la revolución griega. Porque, en la memoria de mis juegos infantiles, el número 21 tiene que ver con él. El hecho de que yo marcara por error el 789 se produjo porque mi memoria lo relacionaba con la revolución francesa. Está claro, ahora, que se debía a mi estrés en relación con la entrevista publicada en la revista francesa.

Revolución griega y francesa

Revolución griega y francesa

Entonces, siguiendo literalmente los pasos de la Psicopatología de la vida cotidiana, fue interesante buscar el cómo y el porqué de las cosas en ese momento: el momento en el que la vida privada se encuentra con la vida cotidiana. Si la vida cotidiana es la parte objetiva y la privada la subjetiva, los números se encuentran en la frontera de esa intercomunicación. A través de esta experiencia, los números me narraron su historia también, una historia sentimental puesto que, como se sabe, una buena memoria se basa en su capacidad y carga sentimental.

Y es que tenemos la opción de observar quiénes somos a medida que nos adentramos en escenarios privados de la vida cotidiana a través del apoyo constante de la literatura y los libros. Me complace ver que nada pasa por casualidad, siempre y cuando valga la pena buscar más allá de lo obvio al evocar los recuerdos del pasado vivido. Y, en esta ocasión, tengo que admitir que para todo esto, necesitamos a nuestros amigos. Nunca conoceremos el mundo si no interiorizamos la importancia y la voz de la amistad.

Para Nanos Valaoritis,

mi querido amigo

y autor importantísimo

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