El ser humano se halla asiduamente rodeado de muerte voluntaria, de suicidio. De desafíos a la propia existencia, de cruzadas contra la vida. Traspasar la línea en un acto tan sencillo como brutalmente complejo, más valiente que cobarde. El hombre no deja de ser un muerto viviente. Un oxímoron.

El quitarse la vida ha pasado por diferentes concepciones y entendimientos, según la etapa histórica en la que se producía el suicidio, o según el contexto social y geográfico donde tiene lugar un acto como tal. El harakiri samurái se extendió en el Japón feudal. Más tarde, acorde con el patrón del honor imperial, el cielo del archipiélago nipón se infestó de kamikazes que estrellaban sus Zeros contra acorazados americanos.

Precisamente durante la Segunda Guerra Mundial, se popularizaron las pastillas de cianuro. En este caso, el morder una de estas capsulas derivaba de causas que tenían que ver con la protección de información. Evidentemente, no por la seguridad de testigos. Entregarse a la patria, sin importar cual sea.

Suicidio Gisóstomo

Entierro de Grisóstomo de Manuel Garcia, 1862. || 3.bp.blogspot.com

Suicidio, cuando matarse está de moda

Durante el romanticismo el suicidio fue una manera de morir en tanto a noción estética, e incluso trascendió como moda. Goethe influyó terriblemente a los jóvenes alemanes gracias a Penas del joven Werther, donde se narra la historia de un mozo atormentado que decide escapar de las garras del amor pegándose un tiro. El fenómeno febril se denominó “Efecto Werther”.

Madam Bovary ingirió arsénico para dejar atrás la mediocridad. Edgar Allan Poe también ilustró la muerte por propia voluntad en el cuento William Wilson. Y, por supuesto, el hidalgo cervantino no se salvó de tratar con el suicidio. El héroe manchego siente admiración por Grisóstomo, en el pasaje donde escucha que éste se quitó la vida al no serle correspondido el amor, de nuevo el amor, de una pastora llamada Marcela.

Es inmensa la lista de celebridades que decidieron un buen día poner fin a sus tormentos y sus tinieblas. Ya sea ahorcándose o engullendo calmantes hasta conseguir un billete al otro barrio. En el universo del arte, donde incluso la espeluznante muerte se ameniza, todo vale.

suicidio muerte Sócrates

La Muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David, 1787. || .wikimedia.org

Muero, luego existo

La muerte ha sido siempre un fenómeno inquietante a la vez que atractivo. Una melodía hermosa y fatal que arrastra a algunas almas al abismo. Un hecho enigmático, tan insoslayable como bello. Algo atrayente y, claro, carne de cañón para el contenido filosófico y psicológico. He aquí los casos más sonados.

Si bien es cierto que la muerte de Sócrates es un interrogante absolutamente discutible, la historia cuenta que renunció al exilió, a su última oportunidad. Así lo testifica La Apología platónica. Por el contrario, el maestro se puso a la merced de la justicia democrática. Fue un suicidio asistido, forzado. Aquella democracia lo condenó a tomar un cóctel de cicuta. Aún así, el filósofo defendió la libertad hasta sus últimos suspiros.

Otro de los personajes enigmáticos de la historia del pensamiento clásico es Pitágoras. Como toda su escuela, fue alguien que dedicaba las horas al estudio matemático y a la contemplación de la naturaleza. Se dice que luchó contra los adversarios de su secta en Crotona hasta la inanición.        

Suicidio Séneca

El suicidio de Séneca, Manuel Domínguez Sánchez, 1871. Hoy en el museo de El Prado. || wikimedia.org

Todo es culpa de los estoicos

El máximo representante del estoicismo latino, Séneca, no dudó tampoco en abrirse, literalmente, en aras de la justicia. El gobierno de Nerón lo sentenció a la muerte. Para cuando lo encontraron en sus aposentos, Séneca ya había sufrido un final tremendamente doloroso, aunque acorde a su modo de vida. Despedirse del mundo de forma socrática suponía un colofón de cuento idóneo para pensadores como él.

Según Schopenhauer, el suicidio es una modalidad de afirmación a la vida y de la voluntad del ser. El descontento, es decir, la incomprensión de la propia existencia solo tiene una salida, la muerte. Y es la muerte la única posibilidad u opción para hallar otra vida mejor.

Algo parecido opinaba Giles Deleuze, que respiró sus últimas bocaradas en un estado de máxima libertad. Aire que le había sido privado muchos años antes, al detectársele una enfermedad respiratoria. El filósofo francés, uno de los más grandes del pensamiento contemporáneo, se lanzó a la vida un 4 de noviembre de 1974, cuando la gélida mañana lo acarició a través del ventanal que daba a la avenida de Niel. Quizá, mientras caía, se acordó de sus compañeros de profesión, que sufrieron el mismo fin. Puede que pensara en la gravedad que estaba a punto de catapultarlo hacia el elíseo. O simplemente, no pensó en nada.

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