La modernidad tuvo su origen en un proceso histórico y global que afectó a todas las esferas de la vida. Los cambios políticos, sociales, económicos y culturales se interrelacionaron avanzando, aunque de manera desigual, hacia la configuración de la sociedad burguesa.
En el seno de la modernidad, la razón ganó la batalla a la religión. La ciencia y el humanismo reclamaron el lugar que, con anterioridad, ocupó el mito. La creación del Estado nación permitió garantizar los derechos y las libertades individuales. Tras la Revolución Industrial, el capitalismo se posicionó como el nuevo modelo económico global.
Una transformación sin precedentes
En términos sociales, la modernidad se originó al dar el paso de una sociedad preindustrial a una industrializada. Es cierto que algunos sucesos anteriores allanaron el camino hacía ese salto. El surgimiento del Renacimiento, la Reforma protestante o la revolución científica son algunos de ellos.
La Revolución Industrial se inició en Reino Unido durante la segunda mitad del siglo XVIII siendo una de las mayores transformaciones vividas por la humanidad desde el Neolítico. La renta per cápita se disparó, así como la expansión del comercio, y tuvo lugar una nueva concepción del trabajo. El surgimiento de nuevas clases sociales dio lugar a nuevas ideologías que, desde posiciones liberales, socialistas o anarquistas, defendieron los intereses de cada colectivo.
Reconocida como una época de un crecimiento global sin precedentes, sólida y férreamente cimentada, resultó herida de muerte tras la II Guerra Mundial. La modernidad, que desde la Ilustración promovió la emancipación a través de la educación y prometió la liberación de la pobreza a través de un crecimiento exponencial, había entrado en crisis.
El declive de la modernidad
Los totalitarismos, que arrasaron Europa en la primera mitad del siglo XX, dieron pie al relativismo moral. La enunciación que Nietzche hizo sobre de la muerte de Dios retumbó más fuerte que nunca. La razón instrumental se extendió más allá del campo de la economía erosionando la esfera pública y política del individuo. Las dos grandes ideologías continentales, eternamente contrapuestas, fueron puestas en entredicho.
El liberalismo, no solamente era incapaz de combatir la desigualdad sino que pareció acrecentarla en un mundo cada vez más globalizado. La imposibilidad de un crecimiento infinito en un mundo finito, planteó la problemática medioambiental. Por otra parte el marxismo, tras la caída del muro de Berlin y la denuncia del horror stalinista, dejó huérfana a la izquierda.
Ante este escenario, la modernidad tocó a su fin en la década de los sesenta. Dando paso a una posmodernidad vacilante que algunos autores, como Fukuyama, tildaron como El fin de la Historia.
Un mundo posmoderno
Fue Jean-François Lyotard, filósofo francés nacido en Versalles en 1928, quien dio nombre a la nueva era. Considerado un precursor del posmodernismo filosófico junto a otros autores como Derrida o Foucault, tomó el nombre de la jerga arquitectónica. Destacó que el rasgo particular de la posmodernidad era la caída de las grandes ideologías presentes desde la Ilustración. Siendo estas sustituidas por pequeños movimientos sociales e ideológicos que, inconexos entre ellos, eran incapaces de enfrentar a la gigantesca burocracia global.
Bauman y su modernidad liquida
Entre los teóricos de la posmodernidad, Zygmunt Bauman es una de sus personalidades más célebres. Sociólogo y filósofo nacido en Polonia en 1925, acuñó términos como modernidad líquida, amor líquido o sociedad líquida, para referirse a la era posmoderna. A través de su lectura se pueden identificar los rasgos más característicos de esa nueva sociedad, surgida tras el deshielo de la modernidad.
Tal y como señaló Sennet en El Declive del Hombre Público, la sociedad posmoderna se caracteriza por un individuo que transmuta de ciudadano a consumidor. En términos de Bauman, un homo eligens que vive en perfecta simbiosis con el mercado de consumo. En un mundo líquido, nada es duradero. Los logros personales no llegan a solidificarse y el propio ser humano pasa a ser, a su vez, un bien de producción y consumo. Desechado cuando, como un objeto, deje de ser apto para un fin.
Los vínculos solidarios se pierden, y la colectividad deja paso a la individualidad. La necesidad de de los individuos de diferenciarse del resto, les hace caer en una contradicción: forman parte de un colectivo en busca de un mismo fin, la diferenciación. Según Bauman, la sociedad de consumo justifica su existencia porque satisface esos deseos humanos individuales. Así pues, es necesario crear constantemente nuevas necesidades que se desprendan, a su vez, de una necesidad ya cubierta. En una sociedad de este tipo, señala Zygmunt, no existen valores atemporales y claros, sino más bien un relativismo moral que acaba conduciendo a la más absoluta indiferencia.




