“Tengo un insecto de oro en el corazón”
Manuel García
Sábado: Una mañana tediosa alude a un individuo abanicándose en un puerto que ya no conmueve. En lugar de atenerme a lo que sea que vaya a realizar Sara (la veo despertando, apretar los párpados, desmenuzar el claroscuro de las persianas que la disuade de moverse y accionar botones y palancas con esencias precediendo a la existencia o viceversa. No, la esencia y la existencia son incompatibles entre sí e impenetrables. Lo mismo Sara) me voy a escabullir. Hoy no la retrataré. Me niego a concatenar la despiadada improvisación de su vida. Por algo me fue de la patada en la escuela de narradores (¿quién usa la expresión “de la patada” en el 2017?), aquel tianguis donde se presumen razones o teoremas que desprestigian al de junto. “Una refutación de la refutación. Bleh. Yo narro porque es saludable. Bleh. Idiota. Se debe narrar porque es insalubre. Bleeeh. Idiotas, se debe fingir que se narra porque no existe la salud. Meh. Más idiotas. Es preciso anular la idea de que no existe la salud, es un constructo porque fingir que se narra es insuficiente. Ay”. Nunca fui ni seré un erudito de aquellos. Me interesan las bifurcaciones, nada más. Me obsesionan los párrafos contundentes y ágiles como el final del “Reino de este mundo” de Carpentier.
Ah, quisiera esculpir con tal furia, como un australopitecusninja. Me tocó la maldición del narrador insatisfactorio. Aunque hay buenas novelas insatisfactorias, en ello recae su encanto. En el engaño. Hacerle creer al lector que pudieron esbozarla mejor pero hacen como que no les salió. Qué desoladora expresión: no me salió. Como si dependiera de exprimirse el alma y no sale nada. Exprimirse el poro y no sale el punto negro. Pujar y no sale el chamaco. Se atoró. La intención no es la que cuenta el cuento. Jiji. Entonces, me desplazo lejos de Sara. Porque estoy ávido de variaciones. Veo la ciudad autoflagelarse. Queremos renunciar a nosotros cuando caminamos sin rumbo. Queremos renunciar a nosotros cuando generalizamos las maneras de renunciar. ¿Tú cómo renuncias a ti? Jugando matatenas. Inscribiéndote al mundial de matatenas. Perdiendo la semi-final contra Zimbabue. O entrando a un edificio de 50 pisos, abandonado, recorrerlo, limpiarlo, calumniarlo. O hablando por skype con un amor introvertido. O, en mi caso, comiendo algo inusual, de Rusia, de Azerbaiyán y recurriendo al cine. Fui a uno baratísimo. No compres palomitas porque atraes ratas o tucanes y te arruinan la función. Se desfigura la pantalla. Me pongo de buenas. Sin el humor estaríamos fritos. Rézale a tu sentido del humor. Querido mal humor, hoy estuvo deplorable que encararas a tu enemigo y le dijeras ¡eres mi Yolanda Saldívar!, ¡eres peor que el chayote!, ¡ojalá tus hijos salgan con elefantismo! O el otro lado. Querido buen humor, gracias por ayudarme a sortear este despreciable lunes imaginando que todos vestían mamelucos, imaginando que las calles son un balneario y matándome de la risa con el presentimiento de que nos instalarán sistemas operativos en el cerebro reptiliano y un bromista propagará un virus inigualable: lobotomía por exceso de memes y gatitos. Bueno, cómo me encanta la digresión chapucera.
Por cierto Digresión Chapucera es la banda de death metal que lideré a mediados de los noventa. Ya.Va a empezar la función. Presencié una de las mejores pelis de todos los tiempos. Y con todos los tiempos me refiero a entrada, consomé, platillo fuerte y postre (nominado al chiste del año). Cuatro tiempos. Estoy muy solo. El largometraje dura 101 minutos. Es un óleo sobre acuarela sobre atole sobre mezcal.

Ah, verdad, esto supera la vida de Sara. Hago un esfuerzo sobrehumano (extradiegético) para enfatizar el deleite de la tercera persona renunciando a la tercera persona. El film que contemplé ¡sumamente anonadado! se llama “Escamas de bronce”. AHIJOESÚ. Está en blanco y negro, así que es serio y refinado. No se rían. Dejen de reírse. Inicia con un hombre cincuentón hincado en una cantera, metiendo un montón de piedras en una bolsa de tela. Un taxista recargado en el capó fuma y comenta que saldrá más caro si no se apura. Luego cuestiona la actividad. El hombre responde arisco que no le incumbe. De vuelta a la ciudad. DF, probablemente. El hombre saca las piedras, las pule y las une con cemento en su sala con alfombra de periódicos. Vemos su cama, es un metate kingsize. Coloca una almohada hecha con los pedruscos fragmentados. Se acuesta. Corte a negros. Varios negros bailando. Corte a negro, ahora sí. Suena una canción tecno mientras el hombre cincuentón muerde la piel de una gallina cruda y la remoja en vinagre. El audio lo desespera. Saca una pistola. Toca la puerta vecina. Si no quitan esa basura los acribillo. Uno de los contertulios es policía. El hombre pasa la noche en el corralón. Lo recoge su sobrina. Entran al departamento del hombre, prende una bolsa de basura y la pone en un florero. La sobrina sale del baño sorprendida por la fetidez. Qué, es mi incienso. La sobrina llena un jarro de agua y lo aniquila. Cómo va el negocio, tío. Mal, nadie quiere imprimir al estilo de Gutenberg, les sale más caro, tengo pedidos de calendarios para tortillerías y otros negocios arcaicos, si no tuviera la pensión de la comisión de electricidad viviría en la calle. Te tengo una noticia, tío, pero no sé cómo la vas a tomar. Me subestimas, eso habla muy bien de ti. Hice una investigación minuciosa sobre tu…estado. Bueno, yo lo veo como un súper-poder, no te compadezcas. Bueno, los estudios médicos están truncos, pero supe de buena fuente que ya no la consideran una variante de la esquizofrenia. Cómo va a serlo, esquizofrenia sensitiva le decían los imbéciles que no sabían lo que era una sinestesia. Bueno, en parte se acerca más a la sinestesia pero sigue sin ser profundizada por su rareza, el punto es que hay alguien más con tu condición, casi idéntica. Eso no lo creo. Tiene 35 años, es socióloga, vive en Islandia. No puede ser. Hablé con ella, tío, tienen que conocerse. ¿De qué hablaron? Le describí lo que te pasa: las superficies duras las sientes blandas, la música es un ruido insoportable, únicamente la comida cruda o insípida te sabe bien, la basura quemada son tus flores. Mi incienso, no me digas, ¿y el día le es opaco y la noche luminosa? También. No sé, no sé. Te voy a anotar su correo y teléfono. Se difumina la escena. El hombre cincuentón se talla con un estropajo hasta sangrar. Se venda. Rememora: su padre lo obligaba a comer. Vomitaba toda la noche. Una chica lo besó, le dolieron los labios, la chica se ofendió por la cara que puso y esparció el rumor de que era coprófago. Nunca lo dejaron en paz. Escapó de su casa porque sus padres no entendían su enfermedad. Una sensibilidad invertida. Solía ir a construcciones por el estruendo de los tractores, clavos, taladros y revolvedoras. Eran sus sinfonías. Así comenzó cargando costales, untando cemento, durmiendo sobre grava a la intemperie, ascendiendo a electricista, contratado para trepar postes y arriesgarse. El único orgasmo que experimentó fue cuando unos ladrones lo apalearon. El dolor era su erotismo. Las lágrimas, su juglar. En el presente se veía el pellejo sin atreverse a tocarlo. ¿Por qué debería ir a conocerla? El hombre cincuentón en un aeropuerto, cabeceando. Pone una almohada rellena de piedras en el asiento del avión. Islandia desde el cielo. Reikiavik.

Stella sostiene un letrero con su nombre: Fernando Ochoa. Se saludan sin tacto. Mucho gusto, soy Stella. Comienza la rola Stella was a diver and she was always down de Interpol. Recorren paisajes en una camioneta los seis minutos con veintiocho segundos. Les cuesta pasarla bien. Encallan en la cabaña de Stella. Le muestra su cama de piedra volcánica, su refri con venados, conejos y mariscos escarlatas. Confiesa que guardó algo para la ocasión: una rata en descomposición y un pan hongueado. Lo huelen con fruición. Salen al traspatio. Andan sin abrigo, lo gélido es tropical para ellos. ¿Dónde aprendiste tan buen español? Las carreras de ciencias sociales están obligadas a cursar mínimo dos idiomas, en primaria supe inglés y francés, escogí otra romance, estaba entre español o portugués, me incliné por la segunda más hablada, además me interesaban las clases de Latinoamérica. Un torbellino, por allá. He leído sobre eso, me falta verlo. ¿Y por qué sociología? No, espera, musitó Stella, es mi turno. Ah, sí. ¿Qué hicieron tus padres cuando supieron de tu anomalía? Mis padres fueron impacientes, mi madre no me quería del todo así que se refugió en el trabajo, era contadora, le perdí el rastro, mi padre era absurdamente ortodoxo, me castigaba por impaciencia, no porque fuera un niño caótico, jugaba solo, pero odiaba bañarme, quizá te pasó, la sensación del agua me hacía revolcarme de agonía, forcejaba por horas. Silencio de reojo. También tenía un tocadiscos, le pedí que lo bajara o que se pusiera audífonos. La música es una migraña, añade Stella. De acuerdo, sí, pues, un sábado puso un disco de Javier Solís y cuando sonaba “Payaso” me sangró la nariz y lloré como un demonio, supongo, y arranqué el LP de la aguja y lo reventé, y pateé los otros, su preciada colección, él se oponía a la violencia, a pesar de ser testarudo, porque su padre lo maltrató mucho, pero no pudo, me propinó un cinturonazo en el pecho, aquí, como una canana me marcó, pero me hizo cosquillas, me reí, pensó que me burlaba, me empujó al cuarto, cerró con llave, no comí un día entero, decidí huir, huir nomás, ¿puedes creerlo? Lo siento, espetó Stella. Bah, cada quien sufre porque no tiene algo mejor que hacer, hay que trabajar, trabajar, hacer, y se olvida uno del sufrimiento. Eso decía mi abuelo, pero difiero bastante, conforme más me dejo llevar tengo menos deseos de entender las causas y las consecuencias, todo lo que he escrito es sobre el ocio, una teorización del pasatiempo como fuente de reconciliación con uno mismo, con la infancia y con los demás. Oh, ya. Mis padres me fueron concedidos por fortuna, pero la fortuna no lo es todo, seremos primer mundo pero sé que la comida no es tan buena como en otras partes, sé que no se baila igual, no se piensa igual, acá nos rigen las leyes del Wabi-sabi (lo explicó) pero nuestros derroteros parecieran tener menos fuerza porque ya tenemos el río, tenemos todo, metemos los pies y ya, pero ustedes en otra latitud construyen desde cero el bosque, ponen los guijarros y vierten el riachuelo, alimentándolo hasta que deviene un rápido, poseen mayor mérito, mis padres fueron comprensivos porque su chip los hizo observadores y ellos percibieron pronto que algo andaba mal conmigo, me daba fiebre cerca de la chimenea y temblaba con las colchas, me revisaron, los doctores se desalentaron al no poder diagnosticar con precisión, un psicólogo me trató hasta los 16 años, no publicaron sus ensayos porque no era creíble, nadie puede saberlo excepto nosotros, puede ser psicosomático, de ahí la confusión con la esquizofrenia de los sentidos, pero no, nadie defendía al doctor Spleent, murió hace unos meses,“ella posee escamas de otro material”, anotaba, “como un conductor eléctrico irreconocible, otro bronce, escamas de otro bronce”, poético y triste, casi todo lo es, supongo. La cámara se aleja de ellos. La conversación se torna imperceptible. Nos adentramos en las nubes. Corte a negro.

Caminan afuera del Harpa, un recinto de cristal que borbotea y refracta. Le muestra la sala de conciertos. Mira, explica Stella, esto se parece a nosotros, iridiscente por fuera con un vientre mascullando por dentro. Tu elocuencia marea un poco, Stella. Nadie piensa en las entrañas del otro, prefiero ser incomprendida, hay un cuento de un eslavo, no recuerdo el nombre, lo leí por accidente en una antología, trata de un sepulturero que organiza una convención, un congreso del sector fúnebre, el dueño del panteón local aplaude la iniciativa y llegan un montón de expertos y otros enterradores, el organizador tiene una agenda con mesas redondas pero la mayoría se siente de vacaciones y se van a cantinas y burdeles, el sepulturero se la pasa limpiando criptas y cavando, reflexiona, el poder que tiene la tierra sobre nosotros, cómo nos ata, cómo nos devora, cómo nos descompone y nos regenera o nos seda, el cuento termina devastador, el sepulturero regresa calmado a la sede del congreso al anochecer y la bola de borrachos profanan huesos y momias, los zarandean, hacen malabares y, el colmo, hacen fila para follarse un cráneo. El joven sepulturero no sabe si unírseles por la soledad e incomprensión que siente o renunciar y desvanecerse, ahí termina. Fernando aplaude, entretenido. Pues, es una analogía lejana, pero no tan dispar, ¿no crees? me agradaría ser normal porque lo desconozco, porque sería ordinario y fácil, pero teniendo la opción, prefiero por mucho nuestra excentricidad. Fernando asiente. Cambia la escena. Están en una escultura tubular con forma de barco, “viajero del sol” le pusieron. Somos “vesen”, menciona Stella, atribulada. ¿Qué es “vesen”? Ah, es una palabra intraducible, una joya lingüística islandesa, es como aquel refrán de la tormenta en el vaso de tequila. Ríen. “Vesen” es complicarse de más, sin necesidad, normalmente se le atribuye a un trámite o un melodrama, pero nuestros sentidos también son “vesen”, por alguna extraña razón. Por alguna extraña razón. Observan callados. Jaeja (se pronuncia “yi-yah”), emite Stella. ¿Qué es ese “yi-yah” que he oído por todos lados? Ah, otra locura lingüística, es una expresión para romper silencios incómodos pero también para llenar huecos en la conversación o atizarla, no tiene equivalentes. Oh, ya. Se difumina la escena. Fernando se recuesta en la sala.

Stella le pregunta por su vuelo, nerviosa. A las 14:45. Stella lo mira compungida. ¿Qué pasó? Hay algo que me faltó pedirte. Stella se aprieta las manos como si tuvieran un grifo para esconderlas. –Quiero ser madre, quiero ser madre pero ya lo intenté varias veces con in vitro y al parecer mi vientre es reducido, podría pedirle esto a una pareja cualquiera y evitarme el atrevimiento pero quiero un hijo o una hija que tenga nuestra condición, escamas de bronce, para que no se pierda nuestra experiencia, creo que es por el bien de la humanidad, esto no es una maldición, todo lo contrario, pero necesito tus genes. Fernando no reacciona. Después se enfada. Truenos. Se niega. ¡No voy a transmitir el desastre que nos concedió el azar! – una frase que ya había pensado. Stella se disculpa. Duermen. Amanece. Desayuno marchito. Stella en mutis. Fernando agradece por todo y avisa que se irá pronto, quiere comprarle un souvenir a su sobrina. Suena el timbre. Dos hombres fornidos sujetan a Fernando. Stella languidece. Se resiste, patalea, todo lo fulmina, latigazos, le bajan los pantalones, latigazos, un vaso cubre el glande. Fernando ruega. Latigazos. Stella llora como nadie ha llorado. Como extraterrestre. Pide disculpas pero es inaudible. Latigazos, sangre, orgasmo, semen, lágrimas. Fernando de rodillas gime: vesen, vesen, vesen, vesen. Stella huye. Corte a negro. Fernando entra a su departamento en México. Suenan dos rolas de Sigur Rós: Straumnes seguida de All Alright. Se acuesta en su metate. Su sobrina vislumbra en la computadora una foto de Stella con un bebé en los brazos. Frunce el ceño. Créditos.
Evacuo el cine chorreando mocos, deteniéndome para amainar el llanto. Ya. Fue demasiado. Suena mi beeper. Diantres. Está pasando algo climático con Sara y tengo que reportarlo. No hubo tiempo de discutir la peli con ustedes. Ya casi se termina mi tanque de tinta. No, no. Sara está en la azotea ensayando con Guillermo. Los escucha una chica. Sara toca el piano y canta. Guille se balancea sobre una guitarra verde. Entretejen un crescendo prepotente, a ratos irrepetible, a ratos una maraña, una liposucción, una trinchera. Creo que la letra habla de tipos de contusiones. O de lo intransferible. Se secan el sudor, desenchufan los instrumentos. Van a dar una vuelta al centro. Compran esquites. Me aburren. Regreso al cine.

