El Teatro La Abadía parece el perfecto escenario de tintes religiosos que una reina, hija, madre y esposa necesita para confesar las idas y venidas de una vida monárquicamente demente. El público se convierte en el confesor, Francisco de Borja que, enviado por Felipe II, debe asegurarse de que la abuela Juana sigue bajo llave y no da rienda suelta a tendencias herejes o de cualquier otra índole.

Su locura es sabida y resabida, ha pasado a la historia con el apelativo de ‘La Loca’, pero la verdad muchas veces queda oculta tras la leyenda. La obra ‘Reina Juana’, en cartel hasta el próximo 12 de noviembre, muestra a la mujer que luchó por reinar y que sufrió el desquite de todos los hombres que la rodearon.

Juventud, divino tesoro

Reina Juana Teatro La Abadia

Juana (Concha Velasco) con una imagen de Felipe de Hasburgo – Fuente: www.teatroabadia.com

En una celda solitaria, con unas sábanas por cama y una almohada donde reposar la cabeza, desquiciada, Concha Velasco viaja con su voz y sus actos por toda la vida de la no-reina.

En su juventud, educada en la realeza y conocedora de ‘las razones de estado’, acepta su destino y parte en busca de su futuro esposo: Felipe de Habsburgo (o Felipe El Hermoso). Ella acepta, ilusionada, su suerte aparente: un joven y apuesto príncipe se unirá a ella en matrimonio y la cubrirá de regalos, hijos y dolor, sobre todo, dolor. El amor es fugaz, los hijos llegan y la ambición de su marido enajena a la hija del católico.

Dos troncos y un solo corazón

La devoción por su marido se transforma en aborrecimiento hacia lo que él representa. Traicionada en su matrimonio no solo en el lecho conyugal sino también a nivel político, es doblemente traicionada por su padre que, a la muerte de Isabel, contrae matrimonio para destronar a su propia hija. La leyenda se cruza con la realidad, la vieja Juana confiesa conocer la causa de la sospechosa muerte de su marido pero, lejos de sentir pena, rememora la agonía del ambicioso cónyuge asesinado por Fernando de Aragón.

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Reina Juana (Concha Velasco) en una escena de la obra – Fuente: www.teatroabadia.com

Encierro en vida

Depresión, locura o, incluso y quizás la opción más acertada, inteligencia. Juana es encerrada, aún embarazada de su última hija, Catalina, es enclaustrada en Tordesillas donde permanecerá hasta su muerte 46 años después. Primero, por orden de su padre; después, por orden de su hijo. Los hombres de su vida la despreciaron y la tildaron de loca, Juana grita al público que sus demonios no pertenecen a la locura sino a la realidad.

Traicionada en nombre del padre y del hijo

El escenario se ve invadido por sombras, imágenes de reyés del pasado, hombres poderosos que intentaron dominar la rebeldía de una mujer a la que sólo pudieron callar con el encierro y el aislamiento. Concha Velasco crece con la historia, la debilidad se transforma en furia, la locura en cordura, la pasión en odio y el deseo en traición. Vaivenes emocionales plasmados en un texto que mezcla realidad y ficción para rescatar a un personaje maltratado por la historia.

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Reina Juana (Concha Velasco) preparada para la confesión – Fuente: www.teatroabadia.com

La muerte de su padre no acaba con su cárcel. Su propio hijo, Carlos I, continuará manteniéndola fuera de su mundo y, así, hasta la época en la que se desarrolla la confesión. Momento en el que incluso su nieto, el rey Felipe II, un monarca rodeado a su vez de leyendas oscuras y verdades a medias, desconfía de las posibles creencias luteranas de su abuela.

Mito y leyenda

Un personaje histórico recuperado por el género de la vida y de la actualidad: el teatro. Una pieza de ficción que arroja luz a un personaje femenino fuerte, una hija repudiada para el poder, una esposa utilizada para el poder y una madre vencida por el poder.

La obra, de Ernesto Caballero con la dirección de Gerardo Vera, con Concha Velasco como encarnación de la reina de Castilla, ha vuelto al Teatro La Abadía con la confesión de una mujer ignorada por la historia como lo que era: Reina de Castilla.