Como dice el poeta italiano Alessio Brandolini, a quien tuve el gusto de conocer este año, el mar Mediterráneo se ha convertido en una tumba en la que millones de cadáveres navegan sin rumbo alguno. Con estos refugiados han muerto las esperanzas de una vida mejor, las expectativas de dejar guerras atrás y el inquebrantable deseo de recuperar la dignidad perdida. Esta gran pérdida, que se asemeja a la de los ríos que arrastran los residuos de la vida, se sumerge en los mares, que en sus profundidades van recibiendo cada cuerpo que cae parsimoniosamente para que se lo trague el olvido.

En 2017 Gianfranco Rosi, cineasta italiano, fue galardonado por su documental Fuego En El Mar, que de forma solidaria enfoca el lente sobre la llegada de los refugiados africanos y del medio oriente a la isla de Lampedusa. Rosi en ningún momento entrevista a los afectados o los hace contar su historia. Él los pinta como una multitud con una única voz que, huyendo en medio de la perdición, se precipitó hacia el mar. El relato de Gianfranco Rosi cuenta más bien la historia de nuestra indiferencia.

En la isla de Lampedusa la vida pasa. Las madres siguen cocinando los almuerzos del domingo, los niños siguen jugando en las calles, siguen yendo a la escuela. La vida continúa su rumbo apacible y modesto. Mientras tanto, prófugos que no tienen ni voz ni cara, que son simplemente un número en los censos y conteos del fenómeno de la inmigración, siguen sufriendo. Siguen llorando con un llanto que parece muy distinto al nuestro. Rosi le da una pincelada final a esta historia, dándonos a entender que no somos tan diferentes a aquellos que están llegando. Que silenciosamente van poblando nuestras calles, van habitando nuestras casas y trabajando para el bien de nuestra sociedad.

El documental de Rosi alumbra los parajes de nuestra indiferencia o de nuestra incipiente preocupación. Pero no desvela el misterio de esos rostros extraños, que nos hablan con otra lengua, que al fin y al cabo contienen en su alma el secreto de las experiencias humanas más agudas y dolorosas. En los parajes de este fenómeno migratorio del siglo XXI, el documental de Rosi vuelca la mirada sobre nosotros mismos. Mientras, la literatura invita a conocer la otra cara de la moneda, logrando que atravesemos el túnel que nos separa del otro.

Existen valiosos recuerdos del fenómeno literario sobre los refugiados del siglo XXI. Es posible viajar por sus mentes y sus corazones a través de los libros, llegando a  comprender que la representación del prófugo en la literatura europea de nuestro siglo recoge tres experiencias. La de la desaparición súbita de la vida tal como se conocía, la de la carrera por la supervivencia y la de la reconstrucción del “yo”, de una identidad que dignifique la vida del prófugo y le permita desenvolverse en su nuevo entorno.

refugiados en el mar

Vida en medio del mar || Fuente: ghostintheblog.com

Una muerte súbita

El prófugo es generalmente la víctima de una gran avalancha, de un gran terremoto político, jurídico o económico. La violencia atrapa su vida en un solo instante, destruyendo todo lo que conocía de la noche a la mañana. La pérdida es inminente e irreversible. Una sola catástrofe, ocurrida tal vez en solo unas horas, puede inducir la fuga, a que el refugiado emprenda una carrera sin límites para salvar los restos de su identidad.

En 2015 la escritora alemana Jenny Erpenbeck publicó su novela Gehen, Ging, Gegangen. Cuenta la historia de Richard, viudo y profesor universitario, obligado a rehacerse una vida y una identidad después de jubilarse. Richard encuentra su camino ayudando a los refugiados provenientes de África. Curiosamente, se acerca a ellos por la similitud de sus circunstancias. Tanto los prófugos como Richard deben reconstruir su vida y se encuentran en ambos casos en un lugar intermedio, en el que no son quienes fueron en el pasado pero tampoco son los que viven en el futuro, adaptados del todo a su nueva situación.

Richard comienza su viaje escuchando los testimonios de fuga. Uno de los que más le conmueve es el de Awad, ghanés residente en Trípoli, que vive una vida acomodada con su padre. De repente, se ve obligado a huir de los escombros de la guerra. Además de la súbita pérdida de su progenitor, Awad por fin conoce los horrores del conflicto: “…llegó una patrulla, me obligaron a montarme en su camioneta y me llevaron a un campo lleno de chozas. Vi muchos muertos en el recorrido. Algunos asesinados con fusil, otros acuchillados hasta la muerte. Ese día conocí la guerra. Ese día conocí la guerra”.

Awad es una de las muchas representaciones de ese torbellino, de esa muerte súbita a la que el prófugo se somete, no por fuerza de voluntad sino por la fuerza mayor de las circunstancias. El libro de Erpenbeck complementa el trabajo de Rosi, alargando nuestros oídos hasta la historia de los prófugos, dándonos a conocer las circunstancias de una fuga que por nosotros mismos no podríamos comprender.

Fotograma de Fuego En El Mar

Fotograma de Fuego En El Mar

La carrera por la supervivencia

Como relataba en algún momento Primo Levi, muchos de los sobrevivientes del Holocausto se preguntaron por qué se esforzaron tanto por sobrevivir. Las consecuencias de la vida póstuma a la supervivencia eran inimaginables para los que entonces no sabían que el recuerdo los atormentaría por el resto de sus vidas. Sobrevivir, en el significado más amplio del término, implicaba necesariamente pasar por encima de la vida de los demás en muchas circunstancias. La supervivencia imponía valentía, transfiguración de la identidad. Pero ante todo, sobrepasar obstáculos que el cuerpo y la mente de ese “yo” previo nunca hubieran podido imaginar que superarían.

Giuseppe Catozzella, en su libro Correr Hacia Un Sueño, cuenta la conmovedora historia de la atleta somalí Samia Yusuf Omar. La joven lucha por ser deportista en un país marcado por el fundamentalismo, la guerra y la falta de oportunidad para las mujeres. Samia decide emprender la carrera hacia Europa para poder participar en las olimpiadas del 2012. Catozzella, con una narración tan soñadora como las palabras de Samia, cuenta todas las adversidades de esa travesía por el desierto.

En el imaginario de algunas religiones el desierto es un lugar abandonado por Dios. No solo sus tierras no rinden ningún fruto, sino que además es la metáfora más clara de la desolación interior y de la pérdida del rumbo fijo. En su forzada aventura por el Sahara, Samia no ve la hora de encontrar la frontera, de traspasar el límite que la divide  de sus sueños.

En ese tedioso pasar del tiempo durante el recorrido, Samia nunca imagina que tarde que temprano deberá enfrentarse al riesgo de muerte: “’Prepárate para lo peor’, te dicen. (…) Y tu no quieres creerlo. No puede ser verdad. Todo lo que había enfrentado hasta el momento era el infierno, nada podía ser peor. Además estaba el mar, mi mar, no podía hacerme daño. (…) En Italia nos habríamos finalmente reencontrado”.

lesbos refugees

Refugiados en Lesbos. || wikipedia

El encuentro con ese mar bravío, junto a todos los obstáculos del hambre y la sed, son otras temáticas de la fuga que desconocemos completamente. Catozzella, en ese devenir literario que va transformando la identidad de Samia durante su recorrido, nos acerca a la experiencia de la supervivencia. Incluso traspasando la frontera con los retos que esto impone, el prófugo no deja de enfrentar inquebrantables obstáculos para permanecer con vida.

Identidad transfigurada

A lo largo de estas etapas, la transformación de la identidad del prófugo es inminente. La detención súbita del tiempo por un acontecimiento adverso, el pasado que nunca va a regresar, los obstáculos de la supervivencia y otras cargas llegan junto al refugiado a la luz de la frontera. Una vez concluida su fuga, debe adaptarse a sus vestiduras de refugiado.

En el libro de Erpenbeck, los refugiados africanos viven en un continuum que no tiene fin. No son ciudadanos, no tienen permiso de trabajo, de un momento para otro pueden ser transferidos a otro país, o aún peor, deportados al suyo propio. La vida parece nunca comenzar para estas personas y el tiempo perdido viviendo en la tierra media desperdicia cada instante de vida de este nuevo comienzo.

Lo que sí es seguro es que el prófugo, una vez traspasado el límite, debe someterse a una transformación total. Está forzado a luchar con unos recuerdos imborrables, con unas marcas inéditas, con unas cicatrices histéricas que día a día le recuerdan el pasado que dejaron atrás.

Flossenbürg por Stefan Kryszak

Campo de Concentración de Flossenbürg por Stefan Kryszak (preso del mismo). || wikimedia

En Yo No Me Llamo Miriam, de la escritora sueca Majgull Axelsson, una sobreviviente de los campos de concentración intenta hacer las paces con su pasado y convencerse de que merece la cálida vida que se ha ganado. Dice Axelsson: “En el fondo vivió su vida en un país seguro, se convirtió en la madre y en la abuela de niños sanos y felices, nunca recibió un puño en la cara ni su espalda fue lastimada con un látigo de cuero. De todas formas, después de tanto tiempo, sigue preocupándose, tiene miedo de todo: camina jorobada y con los brazos pegados al cuerpo. Parece convencida de que su mundo está encerrado en una pompa de jabón, tan frágil que cualquier gesto sea capaz de borrarla”.

La culpa por haber sobrevivido, la dificultad de adaptarse a un nuevo “yo”, el tormento de no poder olvidar el pasado y, sobretodo, el miedo a perderlo todo de nuevo, hacen de la identidad de Miriam una fuerza que trastabilla a cada instante.

Este recorrido a través de la literatura contemporánea muestra las etapas a través de las cuales el prófugo debe pasar para transformarse. Además, como lectores ajenos a la situación, nos ayuda a despertar la empatía de la que carecemos. Pasando la mirada sobre la literatura contemporánea, el círculo que inicia Gianfranco Rosi se cierra: leyendo no solo volcaremos la mirada sobre nuestra propia indiferencia, sino que además aprenderemos a mirar al otro con solidaria empatía.

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