No cabe duda de que la vida de Pablo Escobar daba para ser objeto de ficción. Chris Brancato, Eric Newman y Carlo Bernard, junto a Netflix, encontraron en la trayectoria del líder del cartel de Medellín durante los 80 e inicios de los 90, los ingredientes ideales para generar un argumento seductor. Creadores y productores hallaron en el narcotraficante más mediático de todos los tiempos la fórmula perfecta para recuperar la tradición gansteril en la serialidad televisiva contemporánea.

Porque más allá de una lógica y pretendida recreación histórica, Narcos (Carlos Bernard, Netflix, 2015-) es una serie que recurre a los arquetipos sublimadores de la identidad mafiosa. Aquella forma de ficción que convierte la delincuencia organizada en rebeldía contra el poder establecido. Relatos que amparan la violencia exacerbada en la fidelidad a unos principios, a una lealtad impostada que se autodestruye al paso de la rueda deshumanizadora del negocio criminal.

No cabe duda de que la vida de Pablo Escobar daba para ser objeto de ficción

No cabe duda de que la vida de Pablo Escobar daba para ser objeto de ficción || Narcos, Chris Brancato/Eric Newman/Carlos Bernard, Netflix (2015-)

Es evidente que Narcos es analizable desde su perspectiva histórica. Pero, como señala George Didi Huberman, el testimonio o el archivo de una realidad pretérita «suele ser gris, no solo por el tiempo que pasa, sino por las cenizas de todo aquello que lo rodeaba y ha ardido». El archivo es un rastro de ese pasado que, subraya el historiador y ensayista francés, supone siempre «una laguna, una naturaleza agujereada».

Por ello y por la poderosa vinculación, desde el punto de vista de la ficción, a una línea de personajes, ambientes y tramas propios de la mafia cinematográfica, así como a los complejos códigos de identificación del espectador hacia los arquetipos manifestados, las siguientes líneas se abstraerán de la Historia. Los próximos párrafos se preocuparán por investigar el Narcos más cercano a una tradición fílmica y televisiva que ha provocado el apego por el fenómeno serial.

La mafia en la serialidad. Una incómoda empatía hacia Pablo Escobar

Narcos aproxima al espectador hacia esa ambigüedad moral de la mafia catódica inaugurada con Los Soprano. Una especie de incómoda empatía del público hacia estos personajes repulsivos que, como apunta Brett Martin en su canónico libro Hombres fuera de serie (2014), luchaban «si no por hacer el bien, sí por actuar correctamente».

Narcos aproxima al espectador a un molesto sentimiento de afecto-repulsión hacia los personajes

Narcos aproxima al espectador a un molesto sentimiento de afecto-repulsión hacia los personajes || Narcos, Chris Brancato/Eric Newman/Carlos Bernard, Netflix (2015-)

 

La serie se adhiere a una fórmula ficcional que convoca al público a un conflicto de emociones fundamentado en un doble juego espacial que repercute en la construcción del perfil final del protagonista. Por un lado, el espacio exterior, público, donde Pablo Escobar se reafirma como líder del cartel de Medellín, como «patrón» y principal eje de la oposición a las fuerzas de la ley. Por otro, el espacio interior, privado y familiar, donde el gángster dulcifica su comportamiento, se domestica para convertirse en hijo, marido y padre.

Es la doble tez del mafioso: la oscuridad, la violencia e imperturbabilidad de la calle frente a la humanización, tan tierna como debilitadora, del hogar. El interior y exterior se enfrentan como dos tramas que entrecruzan emociones y comportamientos, y desarrollan su propia trayectoria narrativa para complejizar el molesto sentimiento de afecto-repulsión hacia los personajes que invade al espectador.

Masculinidad e institución familiar en Narcos: distanciarse de las referencias

Solemos hablar de los arquetipos del cine y las series de gángsters, casi siempre, desde el prisma de la masculinidad. Y es que los personajes principales de este tipo de ficción (El Padrino, Malas Calles, Uno de los Nuestros, Pulp Fiction, Los Soprano, Boardwalk Empire…) suelen ser hombres. Narraciones preocupadas por esa configuración atávica de la masculinidad que suelen representar sus protagonistas.

Vito Corleone, Paul Cicero, Tony Soprano o Pablo Escobar son jerarcas cuyas contradicciones morales no disuelven la apariencia de fidelidad a unos valores basados en la lealtad familiar. Líneas de acción, las de estos personajes, sustentadas en ese afán de liderazgo patriarcal de la mafia. La familia es en las referencias más paradigmáticas del género la institución más sagrada. Pero también la más amenazante, orbitando alrededor de ella la sospecha, el miedo a la traición.

En Narcos, la familia se convierte en un mero símbolo, apartada de su tradicional carácter amenazante

En Narcos, la familia se convierte en un mero símbolo, apartada de su tradicional carácter amenazante || Narcos, Chris Brancato/Eric Newman/Carlos Bernard, Netflix (2015-)

La serie de Netflix, sin embargo, no permite esa sombra de duda. Esa falta de alerta posible ante una insurrección consanguínea, articula la familia como mero símbolo desterrado de su clásico poder en la ficción gansteril. Escobar no encuentra resistencia e impone en el espacio íntimo lo que ya no puede ordenar en el salvaje mundo exterior. Se ensimisma y muestra su carácter impasible. Una limitación catártica en el ámbito doméstico que aleja emocionalmente al espectador del personaje que lo embaucó. Un gesto con el que la serie se distancia de esa identificación del público ante los dilemas morales de protagonistas fílmicos y catódicos antecesores, que sometían su poder al equilibrio entre los lazos de sangre y la sangre a derramar.

Narcos se redime de esa seducción constante hacia el crimen de la tradición cinematográfica a la que se adhiere, para responsabilizarse de la realidad contada. Sensibilidad final que tiende a convencionalizar una serie nacida para desalinearse de los convencionalismos. Paradojas de someter una ficción al archivo «gris» de la Historia.

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