Marcos López (Santa Fe, Argentina, 1958), tiene su propia visión de lo que sucedió en esa mítica «última cena». Un asado rico, suculento, con toda la materia prima propia de un domingo entre pibes puesta en la parrilla. Morcillas y bifes representados al estilo pop. Vino y compadreo visto desde los destellos de color de López. El artista colorea sus imágenes dónde la teatralidad pixelada protagoniza sus composiciones.

La última cena, consagrada al horror vacui del artista. Nada se escapa a su objetivo, cada gota de sudor de los comensales transmite al espectador el díscolo momento. Diversión y gula. Complicidad y colegueo de unos apóstoles domingueros son elementos plasmados en esta particular representación del sagrado momento.

Entre 1496 y 1497, Leonardo da Vinci ya tuvo su singular visión del momentazo en el que Jesús de Nazaret se reunió por última vez con sus doce discípulos. En esa ocasión, el ágape de pan y vino llenó la panza de unos barbudos hipsters propios de la época. Imagen que se ha perpetuado hasta nuestros días, con las actualizaciones propias de la contemporaneidad, tal y como lo ha demostrado Marcos López.

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La última cena, de Leonardo Da Vinci

Boludos son ahora los doce apóstoles, hostigados por el goce, el ansia y la banalidad de un encuentro cualquiera. Esta última cena es tan copiosa y contundente que las carnes churrascadas gotean la carmesí esencia de sus arterias.

Ensaladas de guarnición permanecen ignotas en insustanciales boles de plástico chino. Las morcillas negras y apretadas han tomado las riendas, ya no hay marcha atrás, ellas, ególatras del banquete. Los apóstoles de López están tan ensimismados en su festín que no dedican ni tan siquiera una fugaz mirada a su caudillo.

Cultura popular criolla y cultura sagrada

Lenguaje pop para una imagen de la cultura popular cristiana que destaca un paisaje comestible oteado desde el prisma mundano del objetivo de su autor. Un crisol de color y contraste destaca el momento relajado y disperso de una docena de sagrados amigotes concentrados en sus apetitosos platos.

Un «padre» para todos, un vaso de cada padre. Sin ningún criterio protocolario vino y cervezas yacen en frívolos recipientes. Latas parodiadas como insulsos residuos, cuchillos amenazantes para vacíos, bifes de chorizos y cómo no, para ese despatarrado ser finado, el cochinillo.

La muerte no parece acechar a los convidados, todo lo contrario, esta Santa Cena reivindica la fuerza de la vida. La energía vital en una composición teatral llena de pop. López se adentra en un mundo dinámico que vira en torno a la comida, el vino, la cerveza y el campo.

Animales domesticados comen absortos en su momento trascendental. Animosos, cargados de vitalidad. Optimistas. Un mundo vivo, colmado de tonalidades y discípulos rollizos.

El artista se aleja del lenguaje elitista de las tradicionales bellas artes, y converge irónicamente entre lo kitsch y lo real. Apóstoles futboleros simbolizan la amistad. No se advierte un Judas Iscariote, pero quizás el propio Marcos López en el centro de la imagen representado como Jesús esté a punto de anunciar la traición.

Sin embargo, no parece que el encuentro social encierre alguna cuestión incómoda. La traición de uno de los apasionados comensales no planea en esta versión de la última cena. Más bien, es la última de una semana cualquiera que precederá a otras muchas.

Banquete surrealista de realidad y ficción

Platón, en su obra literaria El Banquete trató a través de este festín el tema del amor como el deseo de la belleza. Amor que alcanza su mayor grado posible en Dios. Sin embargo, en la comilona de López, su líder es un maestro parrillero que trasmite un amor volcado en el compadreo, vehiculado por viandas y garrafas de vino. Su arenga parece ser «¡Vamos chicos, que no quede nada!».

Es el propio artista el adalid de una junta de cuñados y compinches. Que en un día dichoso de sol, dan la espalda a una idílica dehesa y se disponen abigarrados frente al objetivo. El resultado, una surrealista última cena, en la que se fusiona pintura y fotografía con colores intensos que no dejan lugar a dudas sobre el significado de su mensaje.

Marcos López titula su trabajo como «surrealismo criollo», y lo describe como un surrealismo de mala factura. En sus propias palabras «un surrealismo trasnochado que a la vez es otra forma de realismo». En definitiva, crea composiciones de gran escenografía para situaciones domésticas, que impregna de apariencia casual para luego fotografiar.

Esta reinterpretación de La última cena de Da Vinci se llama Asado en Mendiolaza, una versión cargada de ironía, elementos criollos y guachos. Una lectura sudaca de un acontecimiento supuesto.

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