Esto pudiera ser un relato sobre un viaje… sin serlo. Esto también pudiera reseñar los poemas de Rossy Evelin Lima, sin tampoco hacerlo. Esto pudiera ser una historia propia, o bien una compuesta por los poemas de la autora. Esto pudiera ser esto o aquello. O nada de lo anterior, intentando serlo. La verdad nunca se sabe del todo, nunca se sabe de nada. Lo digo mientras camino en el desierto de Arizona, y llevo en la mano un libro que leo: Migrare Mutare de Rossy Evelin Lima. O quizás es el libro el que me lee a mí.

«Me gustaría saber en qué lugares los lectores han leído mis libros», me confesó Rossy Evelin Lima una tarde, sin saber lo que yo tenía en mente. Lo dijo al aire, pero sumamente lúcida en una certeza: en un libro, el espacio donde este es leído es tan importante como el espacio en que se desarrolla su contenido. Porque no solamente el autor habita un mundo para el lector, sino también el lector habita un mundo para el libro. Calor, lluvia, agua, desierto, son sensaciones no solamente que leo sino que también forman parte de mi entorno, y al ser semejantes con las voces que sigo al leer los poemas, se confunden.

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El poemario de Rossy Evelin Lima lo leo en ese punto geográfico, aquella parte de Estados Unidos donde México se desborda en su vegetación, donde la frontera se disuelve, el panorama se llena de cactus y se habla en inglés; es ahí donde la naturaleza se apropia de lo inhóspito. Y en esto podría lanzar una pregunta: ¿no es verdad que recurrimos a la naturaleza para entender lo que hemos perdido? Continúo la ruta del libro dándome cuenta que el «agua es mi derecho de partida» solo para después encontrar que «el agua es la razón de nuestro constante movimiento».

En Arizona la mitad de lluvia que recibirán durante el año provendrá del portentoso mes de julio junto a sus monzones.  A esto acontece el prodigio de la vida y del agua, la reverberación y el fenómeno de la creación: la gente sale a la calle a mojarse, a ser parte de ese intimo milagro: «nuestras manos son torrentes que calmaran la sequía, porque el agua es viva vida» dice en un poema Rossy Evelin Lima.

Desde que comienzo el poemario no puedo dejar de empaparme, sumergido en el torrente, creyendo que la lluvia me moja, pero me equivoco, es la lectura. Así me mantengo a sombra, sobre la áspera y desolada tierra roja. Sin embargo me encuentro anegado: «Nacer del agua» es el título del poema que leo mientras me vuelvo liquido. «Nacer de carne es sencillo» porque es gratuito, inesperado. Somos arrojados al mundo como diría Sartre.  Sin embargo «nacer de agua» es decisión: cruzar un río y dejar todo atrás. Y en esta metáfora me encuentro inmerso, aquella que pertenece no solo a los errantes, inmigrantes, trashumantes, sino al genero humano en su totalidad.

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Migrare Mutare contiene la misma raíz latina: mei que significa cambiar, mover.  Y cuando la autora habla del desplazamiento, de una cultura a la otra, de un idioma a otro, yo pienso en ese otro movimiento: la traducción presente, del español al inglés; esos poemas que de hoja a hoja saltan como si de una frontera se tratase, compartiendo la poesía, encontrando en esa comunión la unión entre el contraste. 

Octavio Paz solía decir «en la traducción siempre hay una transmutación». Y es así como una poeta al traducirse, cambia, y al hacerlo se piensa distinto, cambia su signo y su palabra; el significado puede variar poco, como esencia, sin embargo la voz es distinta, como un acento, que cruza un río, que da la vuelta, y se escapa buscando una libertad. «Le permito a mi acento tener la libertad / que yo he perdido» escribe la autora. Y también en el lenguaje de un libro bilingüe se permite esa migración / transmutación.

Hay algo que se pierde: idioma, la libertad, el aullido, el llanto. Lo que se disipa nunca se recupera del todo, regresa incompleto. Nunca se puede sumergir en el mismo río dos veces. Algo ha cambiado, algo se extravía en el camino. Sin embargo continúa la ruta, construida a través de la poesía. La lectura de Migrare Mutare podría simbolizar eso: un transito. No es gratuito el poema «Hacia el Sur» plagado de letreros viales, crueles y mortecinos en donde cualquiera se extravía preguntando «dónde esta México», aquella tierra prometida a la que no regresamos en tanto se vuelve un recuerdo, un espejismo entre esos parajes solitarios.

Y es aquí en Arizona que encuentro a México sin estar físicamente en él, quizás en esa naturaleza que se apropia de los parajes del norte, estando en el sur, en aquello que sin importar direcciones ineludiblemente reclama su terreno. «Hacia dónde esta México» le pregunto a Rossy, ella responde en su poema…«hacia adentro».

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Llueve

¡Que caiga el agua! ¡Que inunde con esa luz amarilla los huecos que su superficie toca! ¡Que haga con su vital savia el prodigio y la ruta! Porque el flujo acuático avanza hacia el río, y en él desemboca al origen. Es el agua ese punto de contacto hacia lo antiguo, hacia lo natural, no solo como elemento primigenio, sino como raíz.

Se podrán perder cosas en el camino, pero nunca el agua, porque al igual que nosotros: cambia, transmuta y emigra. El agua es un viaje elíptico donde la supervivencia se mide en su abundancia o su carencia. El hombre busca el agua como se persigue a la salvación, como quien recuerda su primera cuna y su ultimo baño fúnebre, cuando la muerte nos despoja de toda gota. En ese cauce que no cesa, hay una metáfora importante en la poesía de Migrare Mutare: «el agua como yo, aunque es vida, se pudre cuando se estanca».

Escampa

En Arizona hace calor, la lluvia apenas dura unos cuantos minutos, el sol ha secado cualquier vestigio de precipitación.  Me acerco al libro de Rossy Evelin Lima, llenando de lluvia como luz de farola mis pasos secos, y en ellos, donde cada vez que llueve las nubes se disipan y se aclaran. Todos llevamos un desierto dentro.

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Debajo de los cerros continúo la lectura, escuchando mi corazón que hace eco en las páginas del poemario. Me doy cuenta que su figura mítica lleva consigo tres corazones:

 «uno de fuego
tleyotl,
uno de flor
yoloxochitl,
uno de agua
yolatl»

y en todos ellos «avanza» ese ser imparable, indomable, que ha atravesado y cambiado a su paso, que es imposible abatir porque no es la misma criatura.  Tres, una trinidad de comunión. El autor, la voz lirica y el lector, o yendo más allá, la unión que hay entre la lectura, la memoria y lo que observo rebasado de significados. En este momento amo la naturaleza, que aparece abundante en los poemas. Porque si algo hay que amar en ella, es que carece de fronteras, reside en la libertad.  Se honra a los elementos porque prescinden de patria. Y en ese panteísmo, se funde una religión universal: Flor, Fuego, Agua, la trinidad de lo eterno.

Migración Mutación
Movimiento Cambio

Como el río de Heráclito, en movimiento, nunca es el mismo río al que se sumerge dos veces. Nunca es la misma persona, la que se sumerge dos veces al río. Ni el río ni la persona son los mismos.  Migración/mutación. La niña de ayer, que cruzó un río, vuelve la vista atrás, sin que pueda vislumbrar, mas lo que queda en la memoria.

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Nubarrones

Hay un canto a la posteridad en los poemas de Rossy Evelin Lima. Como al querer gritar en esta tierra adolorida y solo escuchar las piedras vueltas eco o los ecos vueltos piedra. Sin embargo, en ellas continúa el grito, como las mujeres que leen su poesía a sus hijas, después a sus nietas, y así perpetuándose la estirpe de este nuevo mundo, que deja de convertirse ajeno paulatinamente sin que la naturaleza reclame su constitución:

Serpiente,
Quetzal,
Jaguar,
Axolotl,
Tortuga
Coyote
Mariposa.

No se puede leer la poesía de Rossy Evelin Lima de manera estática, sino desplazándonos, en viaje, como la corriente del río, la traslación del eco, o la libertad grácil del éxodo. Yo escojo Arizona para leerla, en medio del desierto y sus monzones y al hacerlo caigo a un hoyo de reflejos. Quizás es imprescindible leerla en una patria ambigua, en una zona árida, en el desierto, donde conviven los coyotes y la mariposas, donde podemos hacer de la naturaleza madre y canto, y es necesaria la soledad para encontrar al otroQuizás yo no soy el que leo el libro, sino el libro me escoge para leerme a mí mismo; en una poesía que se vuelca de adentro para afuera, con sus tres corazones expuestos ofrendados al lector.

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Llego al final del viaje, o al final de la página, quizás a donde algún día Rossy Evelin Lima arribó. ¿Dónde fue que leíste ese libro de tu vida? Allá donde «llegué donde dejaba de llegar», como sentenció Rulfo, sin que esto me impida creer que es tan solo el comienzo del viaje. ¿No es verdad que para conseguir lo anhelado en ocasiones es mejor buscar dentro? Sin que esto detenga el constante avance, como si de una migración o una mutación se tratase, como si la libertad pendiera de ello.

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